En Santa Fe, el fenómeno es visible sin encuestas: más perros en balcones, más gatos en edificios, más paseos con correa, más veterinarias, más refugios saturados y más publicaciones de adopción en redes. En Argentina, la tenencia es masiva y el crecimiento de la convivencia con gatos viene consolidándose: no es una moda, es un cambio de composición del hogar urbano.
Ese avance, sin embargo, trae un reverso que la provincia ya no puede tratar como anécdota. En 2025 se notificaron casi mil casos de mordeduras de perros en territorio provincial, con concentración en zonas urbanas. Una cifra así no habla de un “perro malo”: habla de circulación sin control, tenencia imperfecta y un Estado que todavía llega tarde al conflicto.
En paralelo, en Rosario se registró durante 2025 una intervención municipal en más de 1.300 situaciones vinculadas a maltrato animal, con un salto fuerte respecto del año anterior. Cuando la denuncia se multiplica, hay dos lecturas posibles: o creció la violencia hacia los animales, o creció la disposición ciudadana a no naturalizarla. En ambos casos, el dato marca época.
En Santa Fe capital, el tema también aparece por otro lado: la ciudad lleva un registro de perros considerados de manejo especial (“razas consideradas peligrosas”) con más de 500 inscriptos, mientras las propias áreas municipales estiman que hay muchos más sin registrar. Es el tipo de brecha que explica por qué la norma, sola, no ordena la calle: sin identificación, fiscalización y hábitos compartidos, el papel queda despegado de la vereda.
La Provincia y los municipios vienen apostando a una herramienta concreta: castración y vacunación antirrábica masivas. En Santa Fe capital se informó un volumen anual de intervenciones que, por escala, muestra que el problema ya se aborda como política pública y no como voluntarismo. La lógica es simple: menos reproducción no planificada, menos abandono, menos animales sueltos, menos conflicto futuro.
Hasta acá, los hechos. Ahora, la tesis.
Santa Fe está entrando en una etapa donde la convivencia con animales se vuelve un indicador de calidad cívica. No alcanza con quererlos. Se necesita infraestructura social y reglas operativas. Y eso se mide en tres planos.
El primero es el de la responsabilidad individual, que no es una consigna moral sino una lista corta de conductas: identificación, castración cuando corresponde, correa en la calle, bozal en casos de riesgo, y un criterio básico de cuidado para que el animal no sea un problema para otros. Cuando esa lista falla, el costo lo paga la guardia del hospital, el vecino mordido y el animal que termina señalado.
El segundo plano es el del espacio público. Santa Fe está más “pet friendly”, pero todavía es desigual: hay barrios con plazas que son de los chicos a la mañana y de jaurías a la tarde, veredas donde el paseo es convivencia y otras donde es tensión. La ciudad que integra animales de compañía sin conflicto no es la que suma carteles simpáticos: es la que diseña circuitos, define reglas claras y las hace cumplir.
El tercero es el del sistema de adopción y refugios, el punto más frágil. Los rescates crecen, el voluntariado crece, la sensibilidad crece; pero también crece el dato incómodo: muchas adopciones no se sostienen. Cuando una parte importante de las adopciones “no funciona”, el problema no es solo del adoptante: es de evaluación previa, acompañamiento, educación y capacidad real de los refugios para sostener procesos, no solo urgencias.
En ese cruce, la provincia enfrenta una disyuntiva que va a crecer: tratar el tema como agenda emotiva o asumirlo como agenda urbana. La primera produce indignación y ciclos cortos. La segunda produce resultados: menos mordeduras, menos maltrato, menos animales sueltos, más adopciones sostenidas y una calle menos áspera.
Lo que viene, probablemente, es una convivencia más reglada. La discusión legislativa sobre tenencia y control de perros de riesgo ya empezó a asomar en la política provincial y, con datos en mano, es difícil que se detenga. Cuando el vínculo con animales se masifica, la regulación aparece tarde o temprano: la pregunta no es si llega, sino si llega bien diseñada o empujada por un caso extremo.


