En 10 segundos:
• Qué pasó: Crece la chance de que Axel Kicillof presida el PJ bonaerense por propuesta de Máximo Kirchner.
• Qué cambia desde hoy: El debate interno se acelera y desplaza la discusión de la unidad hacia el poder real.
• A quién le pega: Al Movimiento Derecho al Futuro y al equilibrio con el kirchnerismo.
• Qué mirar ahora: Si Kicillof acepta o rechaza un rol que redefine su estrategia hacia 2027.
Provincia de Buenos Aires, 31 de enero de 2026.
La discusión por la conducción del Partido Justicialista bonaerense dejó de ser un trámite partidario y pasó a convertirse en una decisión estratégica de primer orden. La posibilidad de que Axel Kicillof asuma la presidencia del PJ provincial, impulsada por la actual conducción que encabeza Máximo Kirchner, abrió una serie de cortocircuitos al interior del Movimiento Derecho al Futuro (MDF) y reactivó tensiones que parecían contenidas.
En sectores del MDF el escenario imaginado era otro. La construcción venía orientada a disputar poder interno, incluso a través de una interna partidaria, con avales ya reunidos en las ocho secciones electorales y una fecha marcada en el calendario. La posibilidad de una definición por arriba, sin competencia, altera ese plan y obliga a recalcular posiciones.
La resistencia no es homogénea, pero existe. Intendentes del interior bonaerense expresaron reparos ante la idea de que Kicillof quede al frente del PJ, con un argumento recurrente: el riesgo de que la estructura partidaria funcione como un mecanismo de desgaste para una figura con proyección nacional. En esa lectura, la presidencia del partido aparece menos como una herramienta y más como un anclaje.
El propio funcionamiento del círculo de confianza del gobernador refuerza esa percepción. Son pocos los dirigentes que participan de las decisiones políticas sensibles, y el hermetismo es parte del método. La definición sobre el PJ no escapa a esa lógica: se trata de una decisión personal, con costos y beneficios que exceden largamente el organigrama partidario.
El antecedente inmediato pesa. En discusiones clave como el desdoblamiento electoral, el armado de listas o la relación con el kirchnerismo, Kicillof optó por sostener una línea propia, incluso frente a presiones explícitas de La Cámpora. Ese historial alimenta la idea de que podría volver a marcar distancia, aunque el contexto ahora es distinto.
Desde el kirchnerismo, el argumento es inverso. Controlar el PJ bonaerense implica manejar la principal estructura opositora de la provincia con mayor peso electoral del país. En esa mirada, no hay plataforma más sólida para una eventual candidatura presidencial que la conducción partidaria. El ofrecimiento a Kicillof busca cerrar filas y, al mismo tiempo, ordenar una interna que amenaza con desbordarse.
La dificultad está en los nombres alternativos. Verónica Magario logró respaldo de intendentes del conurbano y se movió con la lógica de “ir por la herramienta del PJ”, pero nunca terminó de convencer al kirchnerismo. Mariel Fernández, intendenta de Moreno, se posicionó como candidata propia y recorrió distritos con ese objetivo, profundizando la fragmentación. Federico Otermín apareció como figura de diálogo, aunque sin consenso pleno y con el límite de su corta gestión municipal.
En ese escenario, la figura de Kicillof emerge como síntesis forzada. No por consenso natural, sino por descarte. Esa condición explica parte del malestar interno: aceptar la presidencia del PJ no sería el resultado de una estrategia diseñada desde el MDF, sino la salida a una negociación trabada.
El trasfondo es más profundo. El MDF nació con la ambición de construir una referencia política que excediera al dispositivo partidario tradicional. Su lógica fue siempre más amplia que el PJ, con la mirada puesta en un armado federal y en la construcción de una alternativa competitiva frente al gobierno nacional. Atar ese proceso a la conducción del PJ bonaerense introduce una tensión difícil de resolver.
Algunos dirigentes del espacio lo dicen sin rodeos: Kicillof necesita despegarse de la interna permanente del peronismo provincial para consolidar un perfil nacional. Otros, en cambio, consideran inevitable pasar por esa instancia y convertir al PJ en una base de poder antes que en un obstáculo.
La jugada de Máximo Kirchner aceleró los tiempos. Lo que parecía una discusión para marzo se volvió una definición inmediata. En ese apuro se explica el nerviosismo y las señales contradictorias que recorren al kicillofismo. Nadie quiere quedar expuesto como responsable de una ruptura, pero tampoco como quien resigna margen de maniobra.
El dato central es que la presidencia del PJ bonaerense ya no se discute como un cargo, sino como un gesto político. Aceptar implica asumir el control de la estructura, pero también cargar con sus conflictos. Rechazar supone preservar autonomía, a costa de profundizar la tensión con el kirchnerismo.
La decisión, todavía abierta, va a marcar el tono del año político. No solo dentro del peronismo bonaerense, sino en la forma en que Kicillof proyecte su liderazgo más allá de la provincia. En esa encrucijada, el PJ aparece menos como un refugio y más como una prueba de fuego para su estrategia de poder.


