En 10 segundos:
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Qué pasó: Comenzaron las sesiones extraordinarias y el oficialismo empuja la reforma laboral en el Senado.
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Qué cambia desde hoy: Se activan negociaciones finales con bloques dialoguistas clave.
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A quién le pega: Gobierno nacional, senadores provinciales y gobernadores.
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Qué mirar ahora: La postura de la UCR, el PRO y los votos provinciales sueltos.
Buenos Aires, 2 de febrero de 2026.
El Congreso retoma actividad con un clima más tenso de lo que sugiere el calendario estival. El inicio de las sesiones extraordinarias encuentra al Gobierno decidido a avanzar con la reforma laboral, un proyecto que condensa su estrategia política y expone, al mismo tiempo, los límites de su poder parlamentario.
El oficialismo llega a esta instancia con un dictamen aprobado, pero sin los votos asegurados para llevarlo al recinto. La clave está en el Senado, donde la aritmética es implacable: el bloque libertario no alcanza por sí solo y necesita apoyos externos para habilitar quórum y sanción. En ese escenario, los espacios dialoguistas vuelven a ocupar el centro de la escena.
La figura de Patricia Bullrich, como jefa del bloque oficialista en la Cámara alta, concentra la negociación política. Su rol no es solo ordenar a los propios, sino administrar una negociación fina con sectores que no comparten la lógica ideológica del Gobierno, pero sí evalúan costos y beneficios concretos para sus provincias.
El calendario es ajustado. Con una ventana que se extiende hasta fines de febrero, el Ejecutivo busca acelerar definiciones antes del inicio del período ordinario. La fecha tentativa de sesión se mueve entre el 11 y el 12 del mes, pero el número final dependerá menos de la agenda formal que de la señal que envíe la Casa Rosada a los aliados potenciales.
En ese tablero, la Unión Cívica Radical aparece como actor decisivo. Su bloque reúne votos suficientes para inclinar la balanza, pero también acumula demandas que exceden el texto laboral. La negociación no se limita a artículos y comas: incluye compensaciones políticas, gestos hacia los distritos y, sobre todo, certezas sobre el impacto fiscal.
La variable económica atraviesa toda la discusión. La preocupación por la coparticipación y el reparto de recursos tensiona la relación entre Nación y provincias. Para muchos senadores, el dilema no es ideológico, sino territorial: cómo sostener gobernabilidad local en un contexto de ajuste prolongado. Esa tensión explica silencios, dilaciones y mensajes cruzados.
El PRO, con una representación menor pero estratégica, juega su propio partido. Sus votos no garantizan por sí solos la sanción, pero sí aportan volumen político y una señal de respaldo institucional. La conducción del bloque observa el movimiento del Ejecutivo con cautela, consciente de que cada apoyo tiene costo.
El kirchnerismo, en cambio, opta por un perfil bajo. Su estrategia parece ser dejar que el oficialismo y los dialoguistas expongan sus contradicciones, sin ofrecer una confrontación frontal que unifique al resto. Ese silencio no implica neutralidad, sino cálculo: intervenir solo cuando el escenario esté definido.
Detrás de la reforma laboral se ordena una disputa más amplia. El Gobierno necesita mostrar capacidad de sancionar reformas estructurales para sostener su narrativa de cambio. El Congreso, por su parte, busca preservar márgenes de influencia en un contexto donde el Ejecutivo gobierna con minoría parlamentaria.
Las sesiones extraordinarias funcionan así como un laboratorio político. Cada movimiento es observado, cada voto se negocia y cada demora tiene lectura pública. La reforma laboral no es solo un proyecto de ley: es una prueba de fuerza para un oficialismo que aún construye poder.
En los próximos días, la atención estará puesta en las reuniones reservadas y en los gestos que trasciendan los comunicados formales. Más que los discursos, serán las señales hacia los senadores indecisos las que definan el desenlace.
Si el Gobierno logra articular una mayoría, habrá demostrado que puede convertir iniciativa política en resultado legislativo. Si no, quedará expuesto el límite de una estrategia que depende, inevitablemente, de aliados que no controla. En ese margen estrecho se juega buena parte del clima político del inicio de 2026.


