La expansión de las plataformas de transporte en Santa Fe suma un nuevo capítulo. Uber confirmó que a partir del 2 de febrero comenzará a operar en Rafaela, ampliando su presencia en la provincia en un contexto atravesado por tensiones regulatorias y reclamos de conductores.
El anuncio incluye también el inicio de operaciones en San Francisco, consolidando una estrategia de crecimiento en ciudades intermedias, donde la empresa busca incorporar nuevos socios conductores y extender su cobertura territorial. La convocatoria está abierta a autos particulares, taxis y motos, bajo el esquema de trabajo flexible característico de la aplicación.
Para acompañar el desembarco, la empresa lanzó un incentivo económico por tiempo limitado. Según informó, los primeros cien conductores que completen 30 viajes durante el período promocional accederán a ganancias adicionales, con montos diferenciados según el tipo de vehículo. La promoción estará vigente hasta el 15 de marzo y se aplicará exclusivamente dentro de las zonas de cobertura de ambas ciudades.
El movimiento se produce en un momento sensible para la plataforma en Santa Fe. En las últimas semanas, choferes de Uber en la capital provincial protagonizaron un “apagón” de la aplicación como forma de protesta por tarifas consideradas bajas y comisiones calificadas como excesivas. La medida expuso un malestar que atraviesa a distintos puntos del territorio y que pone en discusión la sostenibilidad económica del modelo para quienes conducen.
Ese conflicto no es aislado. La llegada de Uber a nuevas ciudades vuelve a tensionar la relación con los sistemas de transporte tradicionales y reabre el debate sobre la necesidad de reglas claras. En varias localidades santafesinas, la actividad de las aplicaciones continúa operando en un marco normativo difuso, con regulaciones municipales parciales o directamente inexistentes.
En Rafaela, el anuncio despierta expectativas contrapuestas. Por un lado, amplía la oferta de movilidad y genera oportunidades de ingresos para quienes decidan sumarse como conductores. Por otro, introduce interrogantes sobre el impacto en el transporte local, la competencia con taxis y remises y las condiciones bajo las cuales se desarrollará la actividad.
La estrategia de Uber parece clara: avanzar territorialmente aun cuando el debate regulatorio no esté cerrado. La discusión, entonces, ya no gira solo en torno a la llegada de la aplicación, sino a cómo se ordena su funcionamiento en ciudades donde la demanda crece más rápido que las normas que la regulan.


