Rosario, 18 de febrero de 2026.
La escena fue brutal en su quietud. Una frazada extendida frente a la terminal, algunas prendas dobladas a un costado y una mancha de sangre seca que nadie había limpiado durante horas. El cuerpo de Carlos Medina apareció tendido dentro del cajero automático del Banco Nación, sobre Santa Fe al 3100, en una zona que durante el feriado de carnaval amaneció casi desierta.
No hubo forcejeo. No hubo signos de ataque. El preinforme de la autopsia descartó la intervención de terceros. La causa, que primero se caratuló como muerte dudosa, volvió al ámbito de Homicidios Culposos del Ministerio Público de la Acusación. En términos judiciales, el caso se encamina a cerrarse como una muerte sin delito.
Pero una vida no se explica sólo con una carátula.
Carlos era conocido por vecinos y estudiantes de las facultades de Odontología y Ciencias Médicas de la Universidad Nacional de Rosario. Lo veían en la zona, con sus pocas pertenencias, ocupando rincones que ofrecieran algo de resguardo. El cajero automático era uno de esos lugares: una puerta que nunca se cierra del todo, un techo, una luz encendida de madrugada.
En la Argentina urbana, los cajeros automáticos se han convertido en refugios improvisados. Espacios diseñados para la circulación rápida del dinero que, de noche, terminan alojando cuerpos que no tienen otro lugar donde ir. Allí, la frontera entre lo público y lo privado se vuelve difusa. Son espacios tolerados, no aceptados.
La muerte de Carlos expone una tensión que la ciudad suele administrar en silencio. La presencia de personas en situación de calle genera incomodidad, miedo o indiferencia, pero rara vez una respuesta estructural. Los operativos policiales aparecen cuando hay conflicto. Los programas sociales llegan de forma fragmentada. Las historias personales quedan diluidas en estadísticas.
Rosario, como otras grandes ciudades, arrastra un crecimiento sostenido de personas que duermen en veredas, plazas o entradas de edificios. Detrás de cada frazada hay trayectorias de ruptura: trabajos perdidos, vínculos familiares quebrados, consumos problemáticos, enfermedades no tratadas. No existe una causa única. Existe una acumulación de vulnerabilidades.
El detalle que más impactó a quienes pasaron por el lugar no fue sólo la sangre. Fue la escena intacta durante horas. La frazada seguía allí. La bolsa negra colgada para cubrir la visual del cuerpo desde la vereda parecía un gesto improvisado de ocultamiento. Como si el problema pudiera resolverse tapándolo.
La autopsia despeja sospechas penales, pero no responde la pregunta central: ¿qué redes fallaron antes? ¿Qué instancias de contención no llegaron? Vivir en la calle implica una exposición permanente a la intemperie, a la enfermedad, a la violencia y al desgaste físico extremo. Morir en un cajero automático no es un accidente aislado; es el último eslabón de una cadena de exclusión.
La ciudad sigue su ritmo. Las facultades reabren. El cajero volverá a funcionar. El episodio quedará archivado en un expediente judicial y en la memoria breve de quienes lo conocían por su nombre. Pero durante unas horas, en pleno macrocentro, la fragilidad quedó a la vista.
Carlos Medina no murió en una pelea. Murió en un espacio de tránsito, bajo una luz artificial que no estaba pensada para cuidar a nadie. Esa es la escena que interpela. Porque cuando una persona convierte un cajero automático en su dormitorio, el problema ya no es individual. Es colectivo.
Y cuando muere allí, la ciudad entera debería preguntarse qué significa haber llegado a ese punto.


