En 10 segundos:
Qué pasó: un hombre de 57 años fue asesinado a tiros en barrio Las Flores Sur, en la zona sudoeste de Rosario.
Qué cambia desde hoy: el caso quedó bajo investigación de la Unidad de Violencias Altamente Lesivas y volvió a poner en escena la persistencia de homicidios con mecánica de ejecución en la ciudad.
A quién le pega: a los vecinos del sudoeste rosarino, pero también a una ciudad que sigue midiendo su seguridad por escenas de violencia extrema a plena vista.
Qué mirar ahora: si la investigación confirma el móvil, si hubo robo o ataque dirigido, y qué revela la escena de la Kangoo abierta junto al cuerpo.
Rosario, 14 de marzo de 2026.
La escena apareció a primera hora del sábado, en una de esas franjas urbanas donde Rosario suele mostrar su costado más crudo: un cuerpo tirado sobre la colectora José María Rosa, frente al inconcluso Hospital Regional Sur, y a pocos metros una Renault Kangoo abierta, con las llaves puestas. La víctima fue identificada como Juan Carlos Baini, de 57 años, con domicilio en Villa Gobernador Gálvez. Tenía múltiples impactos de arma de fuego en la espalda.
El dato no describe solo un homicidio. Describe una modalidad. Las primeras informaciones coinciden en que Baini habría sido ejecutado por la espalda y que el hallazgo se produjo en la zona de 5 de Agosto y José María Rosa, cerca de la Escuela Secundaria 407 y frente a una obra pública que lleva años funcionando más como símbolo de demora estatal que como equipamiento de salud terminado.
La violencia rosarina suele producir un efecto doble. Por un lado, el hecho puntual: un hombre muerto, una investigación abierta, una escena preservada. Por el otro, una sensación repetida de desgaste público: otra vez el crimen como postal matinal, otra vez la pregunta sobre cuánto de excepcional queda en hechos que empiezan a parecer parte del paisaje urbano. Esa es la dimensión política del caso, incluso antes de que se conozcan los detalles judiciales.
Fuentes periodísticas señalaron que Baini era ex prefecto y que trabajaba como chofer de Uber durante la madrugada. Esa línea introduce una hipótesis que los investigadores deberán confirmar o descartar: si el ataque estuvo vinculado con un viaje, con un robo o con una emboscada previamente dirigida. Por ahora no hay una respuesta cerrada. Sí hay, en cambio, elementos llamativos: la camioneta abierta, las llaves colocadas y, según los primeros reportes, la ausencia inicial de vainas servidas en la escena.
Ese detalle no es menor. Cuando en una escena faltan rastros evidentes, la investigación se desplaza rápido hacia la reconstrucción de recorridos, contactos previos y últimos movimientos. En otras palabras, el expediente deja de mirar solo el lugar del hallazgo y empieza a mirar la secuencia. Quién lo citó, de dónde venía, si levantó a alguien, si hubo seguimiento previo, si el vehículo fue parte del ataque o apenas quedó como resto de una rutina cortada de golpe.
La intervención quedó a cargo de la Unidad de Violencias Altamente Lesivas. Hasta el mediodía no se habían informado detenciones.
Hay otro dato que vuelve más incómodo el episodio: según El Litoral, se trata del tercer crimen cometido en Rosario en los primeros 14 días de marzo y del homicidio número 15 en lo que va del año en el departamento Rosario. La cifra por sí sola no explica la complejidad del mapa criminal, pero sí confirma que la ciudad sigue sin salir del todo de una lógica donde cada asesinato vuelve a funcionar como termómetro de la seguridad pública.
El punto de fondo no pasa solo por la estadística. Pasa por el tipo de muerte que sigue apareciendo. No es lo mismo un homicidio en medio de una discusión que un cuerpo acribillado por la espalda junto a un vehículo abandonado. Lo segundo instala de inmediato una idea de planificación, de mensaje o de vulnerabilidad absoluta. Y cuando esa escena aparece en la calle, de día, cerca de una escuela y frente a una obra emblemática inconclusa, el hecho deja de ser únicamente policial: se vuelve lectura urbana.
Rosario viene intentando mostrar, desde hace meses, una mejora relativa en algunos indicadores de violencia. Pero estos crímenes sostienen otra verdad, más difícil de administrar políticamente: la mejora nunca termina de consolidarse mientras subsistan episodios capaces de reactivar, en una sola mañana, la memoria completa del miedo.
La investigación dirá qué pasó con Juan Carlos Baini. Pero el dato que ya quedó instalado es otro: incluso cuando baja el volumen general de la violencia, Rosario todavía no consigue salir del régimen de impacto que produce un homicidio ejecutado en plena vía pública. Y mientras esa escena siga siendo posible, la discusión sobre seguridad no se va a medir solo por números, sino por la persistencia de imágenes que la ciudad conoce demasiado bien.

