Ofelia Fernández reaparece con un formato menos combativo y más introspectivo. En “Cómo ser feliz”, publicado en el canal Corta, deja el ring político para preguntarse por el malestar detrás del mandato de felicidad permanente. A mitad de camino entre documental y ensayo audiovisual, el trabajo propone una tesis simple: no hay bienestar posible sin lenguaje para el cansancio, y eso también es política.
El inicio marca el tono. Fernández se expone sin personaje, habla en primera persona y rompe la distancia del púlpito. No analiza a su generación: se incluye en ella. Esa decisión cambia el registro: la convierte en narradora de un desconcierto colectivo donde los slogans del progreso ya no alcanzan. La cámara no busca épica; busca verdad emocional. Lo que ofrece no es consuelo sino contexto.
El relato se ordena en tres ejes. Primero, la saturación digital: la exigencia de mostrarse feliz en tiempo real y la ansiedad que produce la comparación constante. Después, el trabajo: la precariedad laboral, el multitasking y la idea de que descansar es una culpa. Por último, el lenguaje emocional: la necesidad de decir “no puedo más” sin traducirlo en hashtags ni diagnósticos exprés. Cada bloque combina humor seco, datos y testimonios breves que reconstruyen la escena de una generación agotada y lúcida a la vez.
El principal acierto es el tono. Fernández evita el panfleto y la confesión. La narración mantiene distancia, pero sin cinismo. En vez de respuestas, ofrece pausas. La película sostiene la atención porque se permite dudar: algo raro en tiempos donde todo contenido busca convencer. Visualmente, el montaje es limpio, los silencios están bien usados y la música acompaña sin subrayar emociones. Esa sobriedad, paradójicamente, la vuelve más política.
El límite está en la escala. La mirada se concentra en experiencias urbanas y conectadas, sin desarrollar del todo los contextos periféricos o rurales. Falta una conversación más amplia con las instituciones —salud, educación, trabajo— que traduzca la sensibilidad del film en políticas tangibles. Sin embargo, el gesto de correrse del discurso militante para explorar el ánimo de época abre un espacio nuevo: el de la política que se pregunta antes de hablar.
Para Santa Fe y el interior, la película resuena por motivos propios. Los efectos del cansancio, la ansiedad laboral y la sobreexposición no son exclusivos del AMBA: se repiten en docentes, empleados públicos, trabajadores de servicios y jóvenes que estudian y sostienen su casa a la vez. “Cómo ser feliz” pone palabras a esa mezcla de presión y vacío que atraviesa la vida cotidiana y que, en provincias grandes, se agrava por falta de redes de atención mental y oportunidades estables.
El aporte más valioso es comunicacional. Fernández demuestra que otra forma de narrar es posible: sin impostar autoridad, sin gritar ni buscar aplausos. En lugar de fabricar titulares, busca sentido. En un ecosistema dominado por el corto plazo, ese gesto se vuelve contracultural: una invitación a escuchar antes de responder.
En definitiva, “Cómo ser feliz” no enseña a serlo. Lo que hace es devolverle densidad pública al malestar y transformar la vulnerabilidad en argumento político. Si ese lenguaje sale de YouTube y llega a escuelas, radios y políticas juveniles, el giro de Ofelia Fernández habrá cumplido más que una búsqueda personal: habrá probado que la empatía, bien contada, todavía puede ser una forma de acción.


