Un grupo de madres cursa de tarde para terminar la secundaria en la extensión áulica que funciona en una vecinal. El horario vespertino les permite ir a clases mientras sus hijos están en la escuela.
La Eempa nació de una necesidad. Sabían que en ese sector de la zona norte de Rosario había muchas mujeres que eran madres y amas de casa que no habían podido terminar la secundaria y querían hacerlo, pero el horario nocturno de una escuela para adultos tradicional era un escollo. Desde el colectivo docente Comunidad y Educación Pública averiguaron, hicieron las gestiones y en junio arrancaron con la inscripción que dio luz a la extensión áulica de la Eempa para mujeres, que funciona en una sala de la vecinal del barrio Fontanarrosa, en la ex Zona Cero de la ciudad.
La vecinal está en la planta baja de un complejo de departamentos de Polledo al 3500, bien enfrente de un asentamiento y del merendero Caritas Felices. En el aula hay doce alumnas, la cantidad que permite la burbuja para cumplir con todos los protocolos de distanciamiento social. Es lunes y el sol de las 14 irrumpe con ganas a través de los ventanales de la sala de la subcomisión de la vecinal, donde la profe María Fernanda Montenegro da la clase de lengua a un grupo de mujeres. Sobre los bancos hay biromes, cartucheras, cuadernos y carpetas con las materias separadas con cartulinas de colores. Hay entusiasmo en este nuevo comienzo. En la puerta hay un cochecito. Una de las mujeres llevó a sus hijos al salón: mientras una compañera le cuida el bebé, ella entretiene a su nena de 2 años, que, sentada en una de las sillas, dibuja con lápices de colores.
Milena Román se ubica en el fondo, dejando espacio entre la silla y la mesa donde apoya sus útiles. Está embarazada y busca la posición más cómoda para escuchar la clase. Milena tiene 27 años, vive en barrio La Cerámica y se enteró de la escuela por un vecino suyo que es maestro y que la impulsó a finalizar sus estudios. “Me anoté en una Eempa en 2016 para poder terminar el secundario pero no pude. Tengo una nena que ahora tiene 9 pero en ese momento era más chiquita y se me complicaba, el horario era muy tarde. No lo pude terminar así que lo abandoné”, dice Milena. Es el primer día de clases y no puede —ni tampoco quiere— disimular su emoción de volver a estudiar. El horario —dice— la ayuda “un montón” para concretar ese sueño que había quedado trunco y tener una oportunidad real, acorde a sus tiempos y necesidades, de poder finalizar la secundaria.
“Terminar es más que nada un logro para mí, es algo que siempre quise pero siempre tuve «peros»: la nena, el horario o la escuela. Hoy en día es algo que yo necesito terminar, para cerrar una etapa de mi vida. Mi hija me reclama «mamá, vos me estás obligando y no terminaste». Con esto voy a poder decirle «yo sí la terminé»”.
Una respuesta
Cintia Pérez es maestra de plástica en la Escuela Nº 133 de Nuevo Alberdi e integrante de Comunidad y Educación Pública, un grupo de docentes de la zona norte con fuerte inserción en el territorio, abocados a tareas sociales y de acompañamiento cercano a las familias de sus alumnos. De hecho el año pasado, en medio de la pandemia y frente a la necesidad de sostener el vínculo pedagógico y afectivo con sus alumnos, arrancaron un programa de radio por una FM barrial. Fue en ese trabajo cotidiano que surgió la idea de avanzar hacia una Eempa para esas mujeres del barrio, y sobre todo en un horario que les quede cómodo para cursar. Que puedan asistir y estudiar mientras sus hijos e hijas están en la escuela. En los alrededores de la vecinal están las primarias Nº 1.400, la Nº 1.226 Gesta de Mayo y la 133 de Nuevo Alberdi. También la secundaria Nº 539 de Zona Cero y la Nº 1.289 de barrio Rucci.
Comunidad y Educación Pública hizo los trámites correspondientes en el Ministerio de Educación provincial y encontró en el local donde funciona la subcomisión de la vecinal Fontanarrosa el sitio ideal para que concretar este sueño. La vecinal les dio el OK y adaptaron el salón para arrancar.
“Dentro de nuestro proyecto —cuenta Cintia— estaba el de la Eempa para mujeres, que lo presentamos hace un tiempo y ahora salió. Y el horario es genial para esas mamás que tienen niños y niñas en la escuela, es ideal para que puedan venir sin mayor problema. Porque a las 22, que es cuando se sale en otros lados, es más complicado”.
Extensión áulica
La resolución 531 del Ministerio de Educación provincial, de junio pasado, es la que establece el régimen de habilitación del modelo organizacional de extensión áulica para la educación de jóvenes y adultos “en ambientes de la comunidad social, cooperativas, empresas, comunidades religiosas, gobiernos locales, vecinales y sindicatos”, entre otros espacios. Allí se establece que las extensiones áulicas dependerán administrativa y pedagógicamente de una Escuela de Enseñanza Media Para Jóvenes y Adultos (Eempa).
La extensión áulica de la vecinal Fontanarrosa depende de la Eempa 1.312, una escuela para jóvenes y adultos que comparte edificio con la Gesta de Mayo y que además posee un anexo en Ibarlucea. Verónica García es la directora de la Eempa y destaca el tema del horario como clave para entender el interés de las vecinas del barrio: “Esto requiere de una organización familiar diferente a la que tenemos nosotras en el horario de la Eempa, que es de 19 a 21.50. A esa hora es difícil para las mamás salir”.
“Esto se encuadra en la necesidad de brindar un espacio a estas mamás. Y es por eso que el Ministerio de Educación hace este convenio con esta asociación de docentes (por el colectivo Comunidad y Educación Pública). Para que las mamás puedan estudiar mientras sus hijos van a la escuela. Ese es el objetivo. Y se enmarca dentro de las políticas de género. Son asignaturas pendientes que les quedan, que en su momento no pudieron concretar y esta oportunidad la tienen que aprovechar”, sostiene la directora.
Noelia Fernández es otra de las alumnas de la Eempa para mujeres. Tiene 34 años, vive en La Cerámica y dejó la secundaria en el 2000, cuando quedó embarazada. “La dejé y no retomé más. Temas de trabajo, cuestiones laborales. Ahora tengo los chicos más grandes. El más chiquito tiene 5, pero mi mamá que no trabaja me puede dar una mano en cuidármelo para que yo pueda terminar mi secundaria, que es lo que me reclaman mis hijos también”, dice Noelia. A su lado Milena asiente cómplice. Son los chicos, sobre todo los más chiquitos, los que más las interpelan para culminar la educación obligatoria. “Una los obliga a estudiar —dice Noelia— y ellos te dicen «¿Por qué?, si vos no terminaste». Entonces, es terminar quinto año para cerrar una etapa, para una salida laboral, porque en todos lados te piden el secundario completo. Y para que ellos vean que la madre también pudo”. Se ríe cuando recuerda que su nene más chico, cuando se enteró que se había anotado en la Eempa, le preguntó: “¿Ahora vas a ir a la escuela que ya sos vieja?”.
Historias de mujeres
Cuando empezaron a anotar, por WhatsApp y redes sociales difundieron un flyer que decía: “Eempa para mujeres. Terminá tus estudios secundarios. Turno vespertino”. Y debajo la dirección de la vecinal. La noticia se viralizó por el barrio y tuvieron más de 200 inscriptas, pero por cuestiones de espacio solo pudieron anotar a 36. La Eempa funciona en tres burbujas de 12 alumnas: una con las de primero, otra con las de 2º y 3º año, y otra con las de 4º y 5º año.
“Cuando nos tocó inscribir cada una tenía una historia. Por eso decimos que la Eempa emociona”, dice Cintia Pérez. La maestra reconstruye aquellos días donde el proyecto comenzó a concretarse con nombres y rostros de las alumnas provenientes de los barrios Fontanarrosa, Cristalería, Olímpico y Nuevo Alberdi: “Algunas habían dejado porque quedaron embarazadas y no pudieron continuar, para otras el horario de trabajo hace que no puedan estudiar, o tienen que empezar a trabajar desde muy chicas y no pueden terminar el secundario. Una a los 14 tuvo que salir a trabajar”. Pero allí Cintia también se topó con testimonios de chicas que expresaban su deseo de terminar la escuela para poder seguir enfermería. “Tienen sus proyectos que quedaron trucados por cuestiones que las atraviesan”, reflexiona.
Verónica, la directora, agrega que también se encontraron con historias de violencia de género. Y por eso el espacio de la Eempa “es para ellas, un momento donde puedan venir a la escuela a compartir con las compañeras y el docente, para construir saberes y conocimiento, y que eso les sirva de andamiaje para lo que ellas quieran hacer”. En la ventana de la vecinal hay un cartel blanco con un mensaje en letras fucsia que dice: “3J. Vivas, libres y sin miedo. #NiUnaMenos”.
Adentro del salón la clase continúa y la profe de lengua saca un papel y lee “Los colores”, un cuento desgarrador de Juan Solá incluido en Épica Urbana (Editorial Sudestada). “—¡Vos tenés que aprender a decir que no, mamita! Quince años, tenés. ¿Sabés quién es el padre de este, por lo menos?”, dice una de las protagonistas de un crudo relato sobre abusos familiares, silencios y escuchas. O la falta de ella. El texto conmueve y deja al salón sumido en un breve silencio. Después se abre el debate y se disparan testimonios que hablan de situaciones de violencia obstétrica. “Ya vas por el séptimo mamita, tendrías que estar acostumbrada”, “lo tenés que escupir”, “Mamita, ya estás grande”. En la clase de lengua se escuchan relatos tan fuertes y dolorosos como los del cuento de Juan Solá.
Llega el recreo y Macarena Domínguez se queda en el salón. Es la mamá de los dos chiquitos que hay en el aula: Teo de un mes y Yetsiah de 2 años. Sus otros hijos —una nena de 7 y un nene de 5— están ahora en su casa. Ella se enteró de la Eempa por una foto que le llegó por WhatsApp. Le dijeron que el horario era muy accesible y no lo dudó. Se anotó —como dice— con el deseo de “poder terminar para el día de mañana superarme a mí misma”. Cuando sale de la escuela atiende el kiosco de su casa, pero dice que le gustaría el día de mañana poder terminar el secundario que dejó inconcluso en la Escuela Nº 579 Julieta Lantieri y seguir alguna carrera. En su momento soñaba con estudiar abogacía. “Con algo más cortito me conformo, capaz que no abogacía, pero con un título estaría bien. Hoy me encuentro con cuatro chicos y se me dificulta muchísimo venir, pero hoy dije voy. Sé que se puede. Es difícil y complicado pero voy a terminar mi secundaria”.





