Entre las muchas formas de la injusticia de la sociedad en que vivimos, hay una particularmente irritante: la constante exhibición de la superficialidad y la estupidez. Es una felicidad ver el film de Darío Doria y comprobar que no siempre es así. En un documental íntimo y sensible se nos muestra la vida cotidiana de un «hombre afortunado» como el que describe el enorme John Berger en su indispensable libro. Imágenes y sonidos de una belleza profunda y sin estridencias nos permiten ingresar en el mundo de un médico rural. Acá nadie grita, no hay raptos de egomanía, sino la humildad y la ternura de alguien que sabe lo que hace y no necesita montar el patético espectáculo de su narcisimo para hacerse ver. Doria nos abre la puerta a lo más profundo de la personalidad del Dr. Arturo Serrano. A su ejercicio profesional a plena consciencia, a su ternura humana a flor de piel. La empatía es la habilidad de ponerse en el lugar del otro y de hacer algo para ayudarlo. No se trata de una mera preocupación intelectual sino de una intervención activa y solidaria. En este admirable film eso se nos muestra con una dimensión estética cargada de silencios y de claroscuros que renuncian al vértigo superfluo de la histeria colectiva. Es una película indispensable, no solo si es usted médico, estudiante o paciente, es imperativo verla con nuestros hijos para ofrecerles una mirada diferente acerca de qué significa darle sentido a la existencia. En medio del dolor y del padecimiento de la enfermedad hay un hecho paradójico y contradictorio, es ésta una obra cargada de esperanza. Una crónica real y bellísima de algo que el alarido tóxico de la comunicación que nos invade se encarga de ocultar: que es la buena gente la que hace mejor al mundo.
Sinopsis & Trailer:
Un pequeño pueblo santafecino, un hospital rural y allí un médico que atiende a sus pacientes, que los ausculta, que les controla la presión y les ajusta la medicación, pero por sobre todo un médico que se sienta a charlar largo y tendido con ellos. Llevando consigo todo lo que necesita, maletín en mano, el doctor Serrano también visita a quienes no pueden llegarse hasta el hospital. Cada consulta en el hospital, cada visita domiciliaria cuenta una pequeña historia y todas ellas, ensambladas, conforman éste film documental.
EL MEDICO
Arturo Serrano nació en San Juan en 1954, estudió la carrera de medicina en la Universidad Nacional de Córdoba e hizo la residencia en la ciudad de Santa Fe.
Es especialista en medicina generalista y de familia, fue docente de Epidemiología y Medicina Preventiva en la UDA – Universidad Nacional de Rosario. Además ha sido el fundador y presidente de Asociación Santafesina de Medicina General y Familiar ASMGyF y de la Federación Argentina de Medicina General. Ha participado y disertado en infinidad de congresos y publicado estudios científicos en varias oportunidades.
Desde 1986 trabaja en el Hospital de Santo Domingo donde vivió junto a su familia hasta el año 2001 cuando se mudó dos cuadras del hospital. Tiene dos hijos: Juan que estudia música en la ciudad de Santa Fe y Mariano que padece autismo. Silvia, su esposa, falleció hace unos pocos años atrás.
EL PUEBLO
Según Censo Nacional de 2010 Santo Domingo cuenta con una población estable de 1742 habitantes. Está ubicado en el centro de la provincia, dista 80 km de la ciudad de Santa Fe y 50 km de la ciudad de Esperanza, ciudad cabecera del departamento de “Las Colonias”, (nombre que deviene por los colonos europeos que se afincaron en la zona a fines del siglo 19).
El pueblo cuenta con una escuela agrotécnica, una escuela primaria, un jardín de infantes, un instituto terciario de industrias lácteas, un centro de día para personas con discapacidad y un centro de jubilados. La economía de la zona se basa principalmente en actividades agropecuarias.
EL HOSPITAL
Inaugurado en junio de 1944, este centro de salud atiende sin restricción alguna las demandas espontáneas y programadas de los habitantes de Santo Domingo, Progreso, María Luisa, Providencia, Cululú, La Pelada y otras localidades vecinas de la región. Actualmente es considerado por el Ministerio de Salud como un “Centro de Salud Comunitario”, pero para la comunidad es el “Hospital” o el “SAMCo”.
Según las normas de la O.M.S. tiene una complejidad de nivel III (siendo I el de menor complejidad y X el de mayor).
El hospital Rural n° 24 cuenta con un pequeño quirófano, sala de partos, sala de internación transitoria y de recuperación, sala de rayos X, sala de enyesado y de kinesiología, laboratorio de análisis bioquímicos y área de consultorios externos.
El equipo de salud está integrado por dos médicos generalistas, tres enfermeras, un odontólogo, una técnica radióloga, una bioquímica, un administrativo, un chofer de ambulancia y dos personas para servicios generales.
Sumado a la asistencia a pacientes también se desarrollan actividades de docencia recibiendo residentes y rotantes de medicina general y de familia de todo el país e incluso del extranjero.
Entrevista al Director
Darío Doria: “me estaban dejando filmar algo muy íntimo y tenía que ser muy cuidadoso”
-¿Cómo surgió la idea para la película y por qué elegiste a Arturo, a este médico en particular?
En primera instancia, yo hace quince años conocí a un médico rural en la Patagonia y la charla con él, a pesar de que fue de sólo un par de horas, quedó en mi cabeza durante muchos, muchos años, con lo que fue creciendo la idea de hacer un documental sobre un médico rural. En segundo lugar, cuando mueren mi tío y mi viejo, me doy cuenta que yo no sabía cómo acompañar a las personas enfermas, por lo que necesitaba aprender eso. Entonces me acerqué a una unidad de cuidados paliativos en Buenos Aires, pero eso al final no se pudo concretar. Entonces recordé lo del médico rural y empecé a buscar a uno que me permitiera aprender eso de cómo es acompañar. Googleando, Arturo fue el primer médico que encontré y tuve muchísima suerte, porque es un personaje muy bueno.
-Llama la atención que en gran parte de la película, a través de los planos, vas dejando fuera de campo a Arturo y lo que privilegiás son los cuerpos fragmentados de los pacientes, enfocando las piernas, los brazos, las manos. ¿Cómo fue esa decisión estética?
Yo creo que Arturo, incluso a través de la voz, está presente en toda la película, entonces enfocarlo todo el tiempo a él era un poco reiterativo. Además, yo quería ver a la gente, a los pacientes de Arturo, porque a él le importan sus pacientes, con lo que yo creía que a la cámara también le debían importar los pacientes. Lo de los fragmentos se dio porque me gustaban esos encuadres, pero también porque los consultorios son muy pequeños y no había demasiado espacio para otro tipo de planos. Ya éramos cuatro o cinco personas en ese cuarto y se hacía lo que se podía.
-¿Por qué decidiste filmar la película en blanco y negro?
Durante la investigación para el film leí un libro de John Berger, titulado Un hombre afortunado, sobre un médico rural inglés, que contenía texto acompañado por fotos blanco y negro de la época. Cuando yo fui al hospital donde atendía Arturo, me hizo recordar muchísimo a ese libro y quise que la película se pareciera de alguna manera a esas fotos que había visto. Otra razón, más práctica, es que al mostrarle lo que había filmado a otras personas, las escenas donde había sangre, cuando era en color, todos giraban la cabeza y evitaban mirar. En cambio, cuando lo ponía en blanco y negro, estaba todo bien. Igual puede gustar o no, es algo muy subjetivo.
-Los pacientes que aparecen en pantalla parecieran no notar la cámara. ¿Cómo lograste esa familiaridad con el dispositivo cinematográfico que los estaba filmando?
Eso, que te puede asombrar a vos o al público, me sigue asombrando a mí. Yo no estaba escondido, estaba ahí, con las cámaras, con el micrófono, con todo. Y sin embargo, por sorprendente que parezca, la gente actúa así. En este caso, confían mucho en Arturo y transferían esa confianza hacia mi persona.
-A mí me llamó la atención especialmente el caso de la chica que cuenta la depresión que tenía. Es muy íntimo y personal lo que cuenta.
Y yo estaba ahí. Ojo, dejé de lado otras escenas donde se contaban cuestiones familiares, que no daba para que quedaran en el corte final. Pero creo que la gente se abre porque confían en Arturo.
-La película en cierto modo se contagia de la delicadeza de Arturo, por la forma en que elige contar determinados aspectos de la práctica médica. ¿Cómo trabajaste ese tono, esa aproximación a lo que filmabas?
En realidad todo empieza con el material de cámara. Yo sentía que me estaban dejando filmar algo muy íntimo y tenía que ser muy cuidadoso. Durante el rodaje mismo, elegía una posición de encuadre determinado y me quedaba quieto, sin moverme. Creo que ese material, al ser rodado así, implicó un montaje similar. También el montaje adquiere ese ritmo porque así se maneja Arturo. Había que acompañar su labor y en realidad fue totalmente natural que saliera así. No es que yo impuse algo: tenía que salir así, no quedaba otra alternativa.
-¿Te das cuenta que la película no sólo habla de Arturo, sino también de un pueblo y hasta de una forma de vida?
Sí, y por eso el film se llama Salud rural y no Un médico rural, como se iba a titular en un momento de la producción. En realidad está hablando de la salud de una ruralidad. De una salud entendida como la discapacidad que hay, como la depresión, como la muerte… Entonces sí, en el centro hay un médico, pero ese médico me permitió contar algo más.
Entrevista Orginial de Rodrigo Seijas para FANCINEMA



