“Voy a ser candidata en la tercera sección electoral”, dijo Cristina Fernández de Kirchner en televisión y el impacto fue inmediato. No sólo por la contundencia del anuncio, sino por lo que deja entrever: el regreso de su figura al centro de la disputa bonaerense, en un contexto de tensiones internas cada vez más difíciles de disimular.
La confirmación llega en un momento de máxima tensión dentro del peronismo. A medida que se acercan las elecciones legislativas del 7 de septiembre en la provincia de Buenos Aires, la ex presidenta decidió intervenir de forma directa. Lo hace en su territorio más simbólico: el conurbano sur, donde La Cámpora conserva estructura, pero también enfrenta desafíos de desgaste.
Durante una entrevista con Gustavo Sylvestre, Cristina justificó su decisión en términos estratégicos: “Si nos va mal en septiembre, esto puede variar en todo el país”. A eso sumó críticas al desdoblamiento electoral impulsado por el gobernador Axel Kicillof, a quien no mencionó directamente al principio, pero cuya sombra recorrió toda la charla.
El mensaje fue claro: el desdoblamiento no fue una jugada de astucia sino un “error político”. Según CFK, la decisión fragmenta al electorado, obliga a votar dos veces en menos de dos meses y, sobre todo, amenaza la unidad de un espacio que viene mostrando más diferencias que consensos. “No es que la unidad te asegure ganar, pero si estás dividido, seguro perdés, y mal”, disparó.
El movimiento de Cristina puede leerse como un intento de ordenar el tablero, pero también como un mensaje hacia Kicillof. El gobernador lanzó días atrás su “Movimiento Derecho al Futuro”, en un acto donde pidió no distraerse en internas y apuntar a Milei como único adversario. Sin embargo, ese llamado a la unidad parece chocar con la realidad de una interna que ya se juega sin anestesia.
El cristinismo tradicional, nucleado en La Cámpora, respalda esta candidatura como un gesto de conducción frente al avance de sectores que buscan mayor autonomía. Desde el entorno de Kicillof, en cambio, se filtran señales de malestar: entienden que el tiempo de Cristina ya no alcanza para ordenar al peronismo y que su presencia, más que sumar, puede encapsular.
Carlos Bianco, mano derecha del gobernador, fue más explícito: pidió que “el cristinismo acepte una nueva dinámica” y reconoció que la representación del mandatario en las listas debería reflejar su peso político actual.
Pero más allá de la rosca, la jugada de CFK tiene otro componente clave: se produce mientras se espera un dictamen de la Corte Suprema en su contra. Su eventual condena podría reconfigurar —una vez más— el mapa del peronismo. En ese contexto, entrar en carrera como legisladora puede ser también una forma de blindarse políticamente, y de enviar un mensaje: Cristina no se retira, juega.
Las próximas semanas serán decisivas. La reunión pendiente entre CFK y Kicillof promete ser el escenario donde se definirá no sólo la arquitectura de las listas, sino también el tipo de peronismo que llegará a septiembre: uno que conviva en la tensión, o uno que estalle en la ruptura.


