En estos últimos años en los que hay una clara lucha en América Latina por la continuidad o por el fin de los proyectos de democracia radical liderados por gobiernos de inclinación socialista han salido a la palestra acusaciones de corrupción a los gobiernos de izquierda por parte de la oposición de derecha. Esto de por sí constituye una gran paradoja ya que en poco más o menos de un año de los gobiernos neoliberales de Macri en Argentina y de Temer en Brasil ha sido más que evidente que el neoliberalismo continúa haciendo de la corrupción una forma oficial y natural de ejercicio del poder.
Qué es lo que ha permitido que la izquierda de países como Ecuador, Argentina y Brasil aparezca como más vulnerable de ser golpeada por la crítica a la corrupción que gobiernos neoliberales que descaradamente utilizan los recursos públicos para fortalecer a grupos privados? Creo que además del evidente manejo mediático que maximiza o calla lo que más conviene a los intereses que representan los medios y más allá de la existencia de prácticas corruptas en gobiernos socialistas que tienen que ser perseguidas y penalizadas cuando sean demostradas, hay que considerar que la izquierda no ha creado un discurso suficientemente positivo en torno a la generación de riqueza que pueda competir con la ideología neoliberal que promueve la falsa idea de que la salida del estado favorece la capacidad de emprendimientos privados que generan riquezas.
El neoliberalismo hace creer que todos podremos ser exitosos a través de emprendimientos sin presencia del estado, cubriendo la realidad de que la libre competencia hace rato desapareció por el evidente poder de los oligopolios que tienen controladas todas las posibilidades de emprendimiento. Lo que en realidad hacen esos monopolios es atacar cualquier regulación del estado para imponer regulaciones que descaradamente favorecen sus intereses y es en el empeño por debilitar al estado donde han creado la imagen de que cualquier regulación estatal a favor de lo público y lo universal es un atentado a la libertad, o sea la libertad que reclaman de imponer su poder desde la esfera privada.
La izquierda tiene que mostrar a la sociedad que no somos un colectivo que está en contra de la generación de riqueza. Si bien tenemos que seguir imponiendo valores como la solidaridad, el respeto a los derechos humanos y de la naturaleza, la defensa de principios de igualdad económica, política y social, entre otros, contra los valores de la desmedida competencia que promueve el neoliberalismo y que puede acabar con la vida en el planeta, es indispensable también que la izquierda demuestre que estamos a favor de la generación de riqueza a la vez que hay contribuir a ampliar la propia noción de riqueza.
Nuestra diferencia fundamental con la derecha y con el neoliberalismo es que estamos conscientes de que la riqueza no la generan los ricos, sino toda la sociedad y por eso es obligatorio establecer claros mecanismos de redistribución, entre los cuales está la defensa de un racional sistema de impuestos, la defensa del empleo y la defensa de lo público como garante de los derechos fundamentales como la salud, la educación y la seguridad para los más desfavorecidos, así como de quienes pasaron la edad productiva.
Una clara defensa de la generación de riqueza y una ampliación del concepto de riqueza por parte de la izquierda tiene importantes consecuencias culturales y políticas, entre otras, es una forma eficiente de quitar el argumento de los voceros de la derecha que desde poderosas organizaciones comunicacionales privadas hacen creer cada trabajador público es un corrupto en potencia o en acto que vive del impuesto entregado por el resto de la sociedad.
¿Cuánto valor generan los maestros, los médicos, los funcionarios públicos que planifican, los militares y policías? ¿Cuál es el tipo de riqueza que generan? Cuanto beneficio social aportan? Responder a estas preguntas es fundamental para elaborar nociones que rompan las imágenes que los neoliberales han creado sobre los funcionarios públicos como unos parásitos consumidores del dinero de los contribuyentes y proclives a la corrupción, todo por el empeño que tienen de construir un modelo de estado que favorezca sólo a sus intereses económicos.
Otra consecuencia de la defensa de las imágenes de la izquierda como generadora de riqueza es la de construir herramientas discursivas que nos permitan defender éticamente a quienes han ocupado cargos económicos estratégicos y que han sufrido un virulento ataque de una corrupción no demostrada por el simple hecho de haber hecho transformaciones económicas que la derecha no logró en dos siglos, en campos que nos hicieron creer que sólo ellos podían actuar.
Las transformaciones del país en el campo de la energía y de la infraestructura no tienen parangón en la historia y este hecho tiene que ser defendido estableciendo un contraste con la sistemática destrucción y el caos impuesto históricamente por la derecha del país y que se agudizaron en la etapa neoliberal. No se trata, como quieren hacernos creer, de que se está imponiendo un discurso en el que se dice que no importa que haya corrupción con tal de que haya obras. No. De lo que se trata es que si hay corrupción esta tiene que ser probada y penalizada.
De lo que se trata es de mostrar que la izquierda es también productora de riqueza, que tenemos intereses materiales, que nos interesan las mejores condiciones de vida y que el mundo del crecimiento económico no es incompatible con la solidaridad, con el respeto del medio ambiente y con la garantía de derechos y responsabilidades. Lo que se tiene que mostrar es que con un estado regulador se crean los mecanismos que identifican y penalizan la corrupción y que si existe alguna propuesta que acepta la corrupción de modo natural es el neoliberalismo que hoy campea de nuevo en Brasil y Argentina, corrupción que no se puede tapar a pesar del silencio cómplice que intentan imponer los monopolios de comunicación privados.


