Las renuncias de Guillermo Francos y Lisandro Catalán llegaron con la velocidad de un mensaje de madrugada. En apenas unas horas, el gobierno nacional perdió a los dos funcionarios que habían oficiado de traductores entre la lógica libertaria y el mosaico provincial. Nadie lo esperaba, sobre todo porque el día anterior ambos habían encabezado la reunión más numerosa entre el presidente Javier Milei y los gobernadores desde el inicio de su gestión.
La sorpresa fue doble: por el momento y por el modo. Los mandatarios se habían retirado de la Casa Rosada convencidos de que comenzaba una nueva etapa de diálogo. Veinticuatro horas después, los mediadores del encuentro estaban fuera del gobierno. En los despachos provinciales, el desconcierto fue inmediato. “Nos enteramos por redes”, reconoció un funcionario del litoral, reflejando el tono de incredulidad que cruzó a todas las administraciones.
En Santa Fe, donde la agenda con Nación incluye obras de infraestructura y la discusión por los fondos de seguridad, la noticia cayó con preocupación. Francos y Catalán eran los interlocutores que conocían los expedientes y podían traducir las necesidades locales en lenguaje político. Su salida deja al Ejecutivo provincial frente a un nuevo laberinto administrativo: las negociaciones quedan suspendidas hasta nuevo aviso, y los compromisos de financiamiento, sujetos a revisión.
El desconcierto no es sólo operativo. Para buena parte de los gobernadores, las dimisiones reflejan el dilema que atraviesa al oficialismo: cómo gobernar un país federal sin construir canales de confianza duraderos. Milei intentó ensayar una “fase diplomática” con una foto de unidad, pero la señal duró menos de un día. La política provincial, acostumbrada a la inestabilidad, interpretó la escena como síntoma de una fragilidad estructural más que como un cambio de nombres.
El reemplazo de Francos por Manuel Adorni, hasta ahora vocero presidencial, fue leído como una apuesta por la comunicación antes que por la gestión. Aún se desconoce quién asumirá en el Ministerio del Interior, una demora que acentúa la sensación de vacío. En un gobierno que hizo del recorte de intermediarios una bandera, la ausencia de traductores amenaza con volver ininteligible su propio mensaje.
En la práctica, el vínculo Nación–provincias entra en pausa. Los gobernadores miran con prudencia un tablero donde las reglas cambian cada semana. La Casa Rosada, mientras tanto, prepara una gira federal con el presidente al frente, pero sin los funcionarios que hasta ayer garantizaban que las palabras se convirtieran en acuerdos.
En política, los silencios también pesan. Y esta vez, el silencio que siguió a las renuncias suena más fuerte en las provincias que necesitan certezas para planificar el año. Si el diálogo federal era un puente, anoche quedó suspendido a mitad de camino.


