En 10 segundos:
Qué pasó: una investigación de la UBA reveló el alcance de la exclusión entre los jóvenes vulnerables
Qué cambia desde hoy: el desaliento laboral aparece como una dimensión central del problema
A quién le pega: a jóvenes de hogares vulnerables y a los sistemas de educación, empleo y salud
Qué mirar ahora: si las políticas públicas logran llegar a quienes dejaron de pedir ayuda
Buenos Aires, 28 de julio de 2026. El dato más inquietante aparece después del desempleo. Entre los jóvenes vulnerables que están sin trabajo, el 57,8% no buscó uno durante las cuatro semanas anteriores a la encuesta. El 32,8% tampoco estudia. Quedaron fuera de los dos espacios que suelen ordenar el ingreso a la vida adulta.
Ese núcleo, definido como “triple ni”, representa alrededor del 10% del total de jóvenes vulnerables relevados. La precisión resulta clave: el tercio señalado por el estudio corresponde exclusivamente al grupo que no tiene trabajo.
El informe completo del Ciclo Básico Común de la UBA estima que el 48,9% de los argentinos de entre 18 y 29 años cumple alguna condición de vulnerabilidad. Son 4.145.458 personas dentro de un universo de 8,5 millones, según una elaboración basada en el Censo 2022.
La radiografía detallada surge de una encuesta presencial a 1.002 jóvenes vulnerables residentes en los principales aglomerados urbanos. El relevamiento se realizó entre diciembre de 2025 y enero de 2026. El criterio incluyó trayectorias educativas muy bajas y hogares con privaciones económicas o habitacionales.
Dentro de esa población, el 19,1% no trabaja ni estudia. Otro 56,1% trabaja y permanece alejado del sistema educativo. Apenas el 11,5% logra combinar empleo y formación.
Tener una ocupación ofrece una protección débil. Entre quienes trabajan, el 15,3% posee un empleo registrado. El 46,1% está completamente en negro y el 29,8% subsiste mediante actividades por cuenta propia. Para el 56,9% de los hogares, los ingresos resultan insuficientes para llegar a fin de mes.
La precariedad alcanza también a la salud. Casi ocho de cada diez carecen de obra social o prepaga. Más del 70% reportó nervios o ansiedad con alguna frecuencia y más de la mitad reconoció episodios de tristeza, desgano o depresión. Son malestares declarados por los propios encuestados y muestran el costo emocional de vivir sin estabilidad ni horizonte cierto.
La educación conserva un valor extraordinariamente alto. El 85,7% considera que estudiar podría mejorar su calidad de vida. Apenas el 24,8% continúa dentro del sistema educativo y solo el 15% realiza una formación en oficios. La falta de dinero y de oportunidades concentra las principales barreras mencionadas.
El futuro imaginado quedó reducido a necesidades básicas. Conseguir trabajo o mejorar el actual reúne el 31,9% de las respuestas. Tener una vivienda propia alcanza el 29,8%. Las aspiraciones aparecen organizadas alrededor de la supervivencia económica y la seguridad habitacional.
El informe ubica a Santa Fe dentro del agregado “resto del país”, sin ofrecer resultados provinciales. En ese conjunto, más del 90% de los encuestados presenta niveles medios o altos de vulnerabilidad. La provincia tiene ahora una deuda estadística concreta: determinar cuántos jóvenes santafesinos quedaron fuera del estudio, el trabajo y su búsqueda.
Los programas que esperan una inscripción dependen de que el joven todavía formule una demanda. El “triple ni” quedó fuera de ese mecanismo. Su recuperación exige presencia territorial, terminalidad educativa, formación vinculada con empleos reales, acompañamiento en salud mental y políticas capaces de reconstruir expectativas.
Cuando buscar deja de tener sentido, la exclusión adquiere vocación de permanencia. Ahí se juega la posibilidad de impedir que una condición de origen termine convertida en destino.


