Aun cuando la inflación muestra señales de desaceleración, casi la mitad de los hogares argentinos vive en un estado constante de tensión financiera. El dato, contundente, surge del último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (UCA), que advierte que el 47% de las familias atraviesa una situación de “estrés económico”.
La categoría, según explican los investigadores, va más allá de los umbrales técnicos de pobreza e indigencia. Refiere a una percepción cotidiana: hogares que no logran ahorrar, que apenas llegan a fin de mes o que ven deteriorarse, mes tras mes, su calidad de vida. “Es una medida más realista para entender lo que viven las familias”, señala Agustín Salvia, sociólogo y director del Observatorio.
Los datos de cierre de 2024 marcaban una pobreza por ingresos del 36,6% y una indigencia del 8,8%. Pero el “estrés económico” captura algo más difuso, y a la vez más revelador: los efectos acumulados de años de inflación, de caída del salario real y de un acceso cada vez más desigual a bienes y servicios básicos como alimentos, transporte, medicamentos o energía.
El fenómeno, aunque no nuevo, muestra una evolución preocupante. En 2022, la misma medición hablaba de un 41,1%. Dos años después, ese porcentaje escaló casi seis puntos. La carga recae sobre sectores históricamente vulnerables —jubilados, informales, trabajadores públicos— pero también golpea a quienes tienen empleo formal. En palabras del propio Salvia, “ni siquiera un sueldo en blanco garantiza hoy cierta estabilidad”.
La inflación desaceleró, pero la sensación de mejora no llegó a todos los bolsillos. Un informe paralelo del consultor Fernando Moiguer coincide: se percibe “una recuperación económica que no llega a todos”, con amplias franjas de la población que siguen sin poder recomponer su poder adquisitivo.
Mientras tanto, la estructura del gasto familiar muta. Servicios antes subsidiados, hoy ajustados, consumen una porción creciente del ingreso. El dilema no es solo cuánto cuesta vivir, sino qué se resigna para poder hacerlo: salud, movilidad, alimentación o incluso educación.
Desde el Observatorio de la UCA insisten en que este tipo de indicadores subjetivos deben incorporarse con mayor seriedad al análisis social. Porque aunque no figuren en las planillas oficiales, reflejan el pulso real de un país que lleva años sobreviviendo al borde del malestar permanente.


