El agua sube en febrero y la discusión vuelve al “costo real” del servicio

En 10 segundos:

  • Qué pasó: Aguas Santafesinas aplicará una actualización tarifaria desde febrero.

  • Qué cambia desde hoy: El impacto llega a las boletas del segundo bimestre.

  • A quién le pega: Hogares urbanos, comercios y pymes con consumo medio.

  • Qué mirar ahora: La frecuencia de ajustes y la relación entre tarifa, inversión y servicio.

Santa Fe, 9 de febrero de 2026.

El aumento del servicio de agua potable que comenzará a regir en febrero vuelve a poner sobre la mesa una discusión que en Santa Fe nunca termina de resolverse: el llamado “costo real” del servicio. No se trata solo de un porcentaje más en la boleta. Se trata de una pregunta estructural que atraviesa a la empresa, al Estado y a los usuarios: cuánto cuesta producir, distribuir y mantener el agua potable, y cómo se reparte esa carga.

La actualización tarifaria fue confirmada por Aguas Santafesinas y se aplicará en el segundo bimestre del año. El contexto es conocido: inflación acumulada, suba de insumos dolarizados, costos laborales crecientes y una infraestructura que exige mantenimiento permanente. Lo nuevo es el momento político y social en el que llega el ajuste, con salarios todavía recomponiéndose y un clima de mayor sensibilidad frente a los servicios públicos.

En términos técnicos, la empresa sostiene que la tarifa actual no cubre los costos operativos. Energía eléctrica para bombeo, productos químicos para potabilización, mantenimiento de redes antiguas y ampliaciones en zonas urbanas en crecimiento forman parte de una estructura de gastos que se mueve muy por encima de la tarifa histórica. El problema no es nuevo: Santa Fe arrastra años de desfasaje entre lo que cuesta el servicio y lo que efectivamente se cobra.

Pero la discusión no es puramente contable. Para los usuarios, el concepto de “costo real” suele chocar con una percepción cotidiana distinta: cortes, baja presión en determinados barrios, reclamos que tardan en resolverse y una red que, en muchos puntos, muestra signos de agotamiento. Allí aparece la tensión central: pagar más por un servicio cuya mejora no siempre es visible en el corto plazo.

El aumento, además, no llega aislado. Se suma a un escenario donde otros servicios regulados —energía eléctrica, transporte, tasas municipales— también vienen ajustando valores. En ese combo, el agua tiene una particularidad política: es un servicio esencial, sin sustituto posible, y con un impacto directo en la vida cotidiana de hogares y actividades productivas.

Desde el punto de vista fiscal, la Provincia enfrenta un dilema conocido. Mantener tarifas artificialmente bajas implica mayores subsidios y presión sobre las cuentas públicas. Trasladar costos a la tarifa mejora la ecuación de la empresa, pero tensiona el bolsillo de los usuarios y expone al gobierno a un costo político inmediato. La salida intermedia —ajustes escalonados y periódicos— es la que se viene imponiendo, aunque deja abierta otra pregunta: cuántos aumentos más puede absorber la sociedad sin que el sistema pierda legitimidad.

Otro eje que vuelve al centro del debate es la transparencia. El “costo real” del servicio no es una consigna vacía, pero tampoco se explica solo con una resolución tarifaria. Para que el argumento sea creíble, necesita información accesible: cuánto se recauda, en qué se invierte, qué obras están en marcha y cuáles son los plazos reales de mejora. Sin ese correlato, la tarifa corre el riesgo de percibirse como un ajuste más y no como parte de una política de sostenibilidad del servicio.

En el plano político, la discusión por el agua suele funcionar como termómetro. Cada aumento reactiva reclamos en concejos municipales, defensores del pueblo y asociaciones de usuarios. No tanto por el monto puntual, sino por la sensación de acumulación: boletas que crecen más rápido que los ingresos y servicios que, en la experiencia diaria, no siempre acompañan esa suba.

Lo que empieza en febrero, entonces, no es solo un nuevo cuadro tarifario. Es una etapa más de un debate estructural que Santa Fe todavía no resolvió del todo: cómo financiar servicios públicos esenciales sin deteriorar el acceso, cómo hacer visible la inversión y cómo evitar que la noción de “costo real” se transforme en una consigna técnica desconectada de la realidad social.

La clave de los próximos meses no estará únicamente en el porcentaje del aumento, sino en la frecuencia de los ajustes y en la capacidad del sistema para mostrar resultados concretos. Porque cuando el agua sube en la boleta, la pregunta que queda flotando no es cuánto cuesta producirla, sino si el servicio que llega a cada casa vale lo que se paga.

 

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