El control que expone una falla estructural: por qué tantos vehículos circulan en infracción en Santa Fe

Los operativos de tránsito del último fin de semana dejaron un número que, lejos de transmitir orden, revela una anomalía más profunda: 223 vehículos en infracción, entre ellos 33 autos y 190 motos, detectados en pocos puntos y en apenas dos días. La pregunta que se impone no es cuántos controles se hicieron, sino cómo es posible que tantos vehículos estén circulando fuera de regla al mismo tiempo sin haber sido detectados antes.

El detalle agrava la escena. Trece automovilistas dieron positivo de alcoholemia, otros 20 circulaban sin documentación o sin medidas básicas de seguridad. En el caso de las motos, el cuadro es más elocuente: 187 de 190 fueron retenidas por irregularidades documentales o de seguridad, y tres por alcoholemia. No se trata de faltas marginales ni excepcionales: son incumplimientos que, en muchos casos, deberían impedir directamente la circulación.

Los controles se concentraron en zonas neurálgicas —microcentro, Candioti, 7 Jefes, Puerto, Las Flores y avenidas clave como Aristóbulo del Valle, Freyre y Gorriti—, es decir, corredores habituales y previsibles. Si allí se detecta semejante volumen de infracciones, el problema no es la conducta aislada de algunos conductores, sino la ausencia de un sistema de control sostenido y preventivo que funcione antes de llegar al operativo puntual.

Desde el municipio se explica que los controles responden a una directiva del intendente Juan Pablo Poletti para ordenar el tránsito, prevenir accidentes y mejorar la convivencia ciudadana. El objetivo es correcto. El método, en cambio, deja interrogantes abiertos. Porque un control exitoso no es el que más retenciones produce, sino el que logra que esas infracciones no ocurran o sean excepcionales.

La estadística de las motos es especialmente reveladora. Que casi la totalidad de los motovehículos retenidos carezca de documentación o de condiciones mínimas de seguridad habla de una tolerancia previa prolongada. Cascos inexistentes o inadecuados, papeles irregulares, motos sin condiciones técnicas: nada de eso aparece de un día para otro. Se construye en el tiempo, con ausencia de controles sistemáticos o con controles que no disuaden.

Algo similar ocurre con la alcoholemia. Trece conductores con alcohol en sangre en un solo fin de semana no es un fenómeno aleatorio. Es un síntoma de que el mensaje de control no está internalizado, y de que la percepción de riesgo —la posibilidad real de ser detectado— sigue siendo baja.

Incluso los 57 actas por infracciones varias y la retención de dos vehículos por contravención a la normativa de aplicaciones de transporte refuerzan la misma lectura: el operativo detecta, pero no corrige de raíz. Llega tarde, cuando la infracción ya está en la calle.

La discusión, entonces, no pasa por celebrar la cantidad de vehículos retenidos, sino por asumir el costo político del dato que subyace: el Estado municipal está corriendo detrás del problema. Controles concentrados en fines de semana, en zonas conocidas y con resultados masivos pueden mostrar actividad, pero también dejan al descubierto una falla estructural en la política de tránsito cotidiana.

Ordenar el tránsito no es solo retener vehículos; es construir previsibilidad, control permanente y reglas que se cumplan todos los días, no solo cuando hay operativo. Mientras eso no ocurra, cada fin de semana con cifras récord será menos una señal de eficacia y más una evidencia incómoda de todo lo que quedó sin controlar antes.

 

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