Esperanza volvió a demoler una vivienda ilegal y expuso el límite social de su política urbana

En 10 segundos:

  • Qué pasó: el municipio demolió una vivienda ilegal en barrio La Lona.

  • Qué cambia desde hoy: se sostiene la política de intervención temprana y demolición.

  • A quién le pega: familias en situación de informalidad, vecinos del sector y el Estado local.

  • Qué mirar ahora: cómo se aborda la demanda habitacional que empuja estas ocupaciones.

Esperanza, 5 de febrero de 2026.

La demolición de una nueva vivienda ilegal en barrio La Lona volvió a mostrar la cara más visible —y más polémica— de la política urbana que el municipio de Esperanza viene aplicando desde el inicio de la gestión de Rodrigo Müller. La intervención fue rápida, coordinada y sin ambigüedades. Pero detrás del operativo aparece una pregunta que el procedimiento, por sí solo, no responde: qué ocurre con la situación social que empuja estas ocupaciones.

El municipio sostiene una línea clara. No permitir nuevas construcciones irregulares, actuar apenas se detecta una vivienda desocupada y evitar que los asentamientos informales se expandan. En términos de orden urbano, la lógica es consistente. Intervenir temprano reduce costos futuros, conflictos más profundos y situaciones de riesgo. El problema es que la informalidad no surge de un vacío, sino de una presión habitacional que sigue presente.

Barrio La Lona no es un territorio aislado. Forma parte de un mapa urbano donde el acceso al suelo y a la vivienda formal se volvió cada vez más restrictivo para amplios sectores sociales. La demolición corta el hecho concreto, pero no resuelve la causa estructural. Esa distancia entre control y respuesta social es la que vuelve cada operativo un punto de tensión política.

El intendente volvió a marcar una línea firme: no se permitirán nuevas ocupaciones irregulares. El mensaje apunta a ordenar expectativas y evitar el “efecto llamada”. Sin embargo, también deja al descubierto el límite de una política que, por ahora, se expresa más en la restricción que en la alternativa. El seguimiento de los asentamientos preexistentes, a cargo de Desarrollo Humano, busca evitar que el problema crezca, pero no alcanza para absorber la demanda latente.

El operativo fue realizado por las secretarías de Obras Públicas y de Desarrollo Humano, con apoyo de la Policía de Santa Fe. Esa combinación muestra que el Estado está presente, pero principalmente desde una lógica de control. La presencia policial refuerza el carácter disuasivo de la intervención y deja claro que la política urbana se ejecuta con autoridad, aun cuando el trasfondo sea social.

En muchas ciudades medianas como Esperanza, el crecimiento informal aparece como una señal temprana de desequilibrios más amplios: dificultades de acceso a alquileres, encarecimiento del suelo y falta de opciones habitacionales para sectores vulnerables. La demolición frena el síntoma, pero no corrige el escenario que lo genera.

La decisión política del municipio es clara y sostenida. Lo que aún está en debate es si esa estrategia, por sí sola, alcanza para estabilizar el crecimiento urbano sin abrir nuevos focos de conflicto. Cada intervención refuerza el orden, pero también acumula preguntas sobre el día después.

En ese equilibrio delicado entre control y contención social se juega buena parte de la gobernabilidad urbana. La demolición en barrio La Lona vuelve a poner ese dilema en primer plano: el Estado actúa, pero la tensión social sigue ahí, esperando una respuesta que vaya más allá de la topadora.

 

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