El Gobierno provincial difundió un balance positivo de la primera quincena de enero, con foco en niveles de ocupación, afluencia de visitantes y actividad en destinos de río, lagunas y corredores de cabañas. En la narrativa oficial, el verano funciona como motor económico y como confirmación de una agenda de eventos y propuestas recreativas que empuja movimiento interno.
En los privados el entusiasmo es más selectivo. Dueños y referentes de complejos turísticos y cabañas señalan que el buen rendimiento se concentra en fines de semana y fechas puntuales, mientras que de lunes a jueves la demanda cae y obliga a ajustar precios, ofrecer promociones o trabajar con reservas tardías. La ocupación puede verse alta en promedio, pero la caja diaria cuenta otra historia.
Rosario agrega una capa distinta. La hotelería y la gastronomía enfrentan un enero donde parte del público local se va de la ciudad y el consumo se vuelve más racional. Empresarios del rubro describen caída de actividad interanual y márgenes apretados, con la rentabilidad como problema incluso en días de movimiento. Esa diferencia entre “circulación” y “gasto capturable” es el núcleo del contrapunto.
El recelo empresario también pasa por la metodología: el impacto turístico suele incluir estimaciones sobre gasto promedio y un peso fuerte de visitantes que no pernoctan. Para un prestador, esa categoría es difícil de verificar porque la mayor parte de ese consumo puede no entrar en alojamiento —y muchas veces tampoco en gastronomía formal—. El turismo existe, pero no necesariamente sostiene estructura, salarios y reinversión.
Ahí entra la tesis que conviene fijar con claridad: el turismo está “bien” cuando combina intensidad con continuidad y cuando el gasto se traduce en economía local formal. Hay tres condiciones concretas que lo vuelven visible.
Continuidad semanal. Un destino sano no depende de dos noches perfectas. Mantiene ocupación razonable en días hábiles y reduce el sube y baja que pulveriza márgenes. Lo que describen privados es un verano todavía muy apoyado en picos.
Estadía y margen. Una escapada de una noche puede llenar habitaciones y aun así dejar poco resultado si el costo fijo es alto y la tarifa se sostiene con descuentos. En Rosario, el sector gastronómico señala justamente eso: más mesas ocupadas no siempre significan mejor negocio.
Derrame verificable. El turismo “bueno” se ve cuando el gasto baja a rubros concretos: alojamiento, gastronomía, recreación paga, servicios locales, empleo registrado. Cuando el motor son excursionistas, el dinero puede dispersarse en consumos que no consolidan al sector turístico local con la misma fuerza.
Con esa vara, la discusión deja de ser política y se vuelve técnica: qué indicadores se publican para que el balance sea auditado por los mismos que invierten y sostienen persianas abiertas. Cinco datos lo clarifican sin relato: ocupación diaria por corredor, estadía media real, tarifas efectivas (cuánto se vendió con promo), gasto por rubro separando pernocte y excursión, y evolución del empleo formal del sector.
El verano puede estar movido y, al mismo tiempo, ser frágil en términos de negocio. Esa es la distancia entre un número que sirve para comunicar y una temporada que sirve para sostener actividad todo el año.


