La deuda ya no aparece como un episodio excepcional. En gran parte de la provincia se volvió un sistema de supervivencia cotidiana: montos chicos, plazos cortos, pagos parciales, recargos que se naturalizan y una sensación persistente de estar “poniéndose al día” sin llegar nunca.
No es la gran deuda bancaria de otros ciclos. Es otra cosa, más silenciosa y más extendida. Una trama hecha de billeteras, cuotas, créditos de tienda, compras fraccionadas, adelantos y arreglos informales. En las ciudades grandes se ve con más oferta; en las medianas y pequeñas se ve con más cercanía: el comercio conoce la cara, el límite y el atraso.
La clave está en el tamaño. La deuda chica no asusta por su monto. Desgasta por repetición. Se mete en decisiones básicas: qué se compra, cuándo, con qué marca, cuántas veces por semana. Y, sobre todo, qué se deja para después. Esa postergación constante produce una economía de reemplazos: se estira lo que se tiene, se repara en lugar de renovar, se cambia calidad por cantidad, se resigna previsión.
En ese clima, el consumo deja de ser una expresión de deseo y pasa a ser una ingeniería. Se compra con la cabeza ocupada: cuánto queda, qué vence, qué se puede patear, qué se paga para que no se corte. El resultado es una vida más administrada y menos libre, incluso cuando el ingreso no cayó en términos nominales. El bolsillo vive mirando fechas.
La deuda chica también transforma el comercio. El almacén, la ferretería, la farmacia, la tienda de ropa, el local de electrodomésticos: todos se adaptan a un cliente que pide aire. Aparecen promociones que funcionan como rescate, planes cada vez más agresivos, descuentos por pago inmediato que suenan a premio, no a beneficio. La venta se sostiene, pero con margen fino y tensión permanente.
En paralelo, se arma un efecto psicológico difícil de medir y fácil de reconocer. La persona endeudada en pequeño no se siente “endeudada”: se siente atrasada. Vive con la idea de que está a un paso de recuperar el control, aunque ese paso se corra todos los meses. La conversación familiar cambia: ya no se discute solo qué se compra, sino qué se evita. El humor social se vuelve más corto, más reactivo, más impaciente con cualquier imprevisto.
Ahí aparece la dimensión política. La deuda chica vuelve frágil la paciencia. No necesita indignación ideológica para crear malestar; le alcanza con la acumulación de microfrustraciones. En un contexto así, la promesa grande pierde fuerza. La gente escucha menos planes a futuro y presta más atención a lo que impacta mañana: una cuota, un descuento, un aumento mínimo, una ayuda concreta, una fecha de vencimiento.
También cambia la noción de justicia. Cuando el esfuerzo se fragmenta en pagos pequeños, se vuelve más visible quién tiene margen y quién vive al límite. Esa comparación se cuela en la conversación de pasillo, en el mostrador, en el chat familiar. No hace falta una discusión política para que se arme un juicio social.
El riesgo para Santa Fe es que esta economía de deuda mínima se convierta en normalidad cultural. Cuando la regla pasa a ser financiar la vida, el problema deja de ser solo financiero. Es institucional y emocional. La provincia se acostumbra a funcionar con gente cansada, con comercios tensos, con familias que planifican menos y resisten más. No es una catástrofe repentina; es una erosión.
Hay otro punto que suele quedar afuera: la deuda chica no organiza un reclamo claro. No se ve como conflicto colectivo, porque es íntima. A diferencia de una crisis que corta el trabajo o dispara un precio visible, esto opera como goteo. Y el goteo tiene una ventaja para el poder y una desventaja para la sociedad: no explota, pero dura.
Si Santa Fe quiere leer bien su propio momento, debería mirar menos los grandes indicadores y más estas prácticas. La economía real, la de la calle, ya está dando su diagnóstico: el consumo se volvió defensivo, la previsión se achicó y la deuda se metió en la rutina. En ese escenario, lo que se juega no es solo cuánto se debe, sino cuánto margen queda para decidir sin miedo.


