La nostalgia como refugio: por qué los jóvenes santafesinos empiezan a volver a un mundo analógico

En 10 segundos:
• Qué pasó: crece entre centennials el consumo de objetos y experiencias asociadas a los años noventa y principios de los 2000.
• Qué cambia desde hoy: la nostalgia se consolida como circuito cultural y económico visible también en Santa Fe.
• A quién le pega: a la industria cultural, los comercios vintage, los espacios culturales y los hábitos de consumo juvenil.
• Qué mirar ahora: si esta búsqueda de lo tangible se vuelve una reacción sostenida frente al avance de la inteligencia artificial.

Santa Fe, 10 de marzo de 2026.
En una disquería del centro de Rosario, un grupo de jóvenes revisa cajas de vinilos con la misma paciencia que tenían los coleccionistas de otra época. Algunos comparan ediciones, otros observan las tapas con atención casi ritual. La escena podría haber ocurrido hace treinta años, pero sucede ahora. Y lo más llamativo es que la mayoría de quienes participan tienen poco más de veinte años.

No vivieron el momento en que el vinilo era el formato dominante para escuchar música. Crecieron con Spotify, YouTube y teléfonos inteligentes. Sin embargo buscan discos, los compran y los escuchan como si se tratara de una novedad.

La escena no es aislada. En distintas ciudades de Santa Fe empiezan a aparecer señales de un fenómeno cultural que ya se observa en otros países: una parte de la generación más joven está construyendo una relación sentimental con objetos, prácticas y estéticas de un pasado que no vivió.

La nostalgia, en este caso, no nace de la memoria personal sino de una imaginación colectiva.

Durante décadas, cada generación desarrolló su propio lenguaje cultural. La particularidad de este momento es que la generación más digital de la historia está mirando hacia atrás para encontrar referencias. Los noventa y los primeros años del nuevo milenio se convirtieron en un territorio simbólico atractivo: un período que aparece asociado a una Internet más simple, a una cultura pop menos fragmentada y a una vida cotidiana que, en retrospectiva, parece más lenta.

Ese pasado, por supuesto, es una reconstrucción estilizada. Pero su fuerza cultural reside justamente en esa idealización.

La tendencia tiene manifestaciones concretas en la provincia.

En Rosario crecieron las ferias vintage que reúnen cada fin de semana a cientos de jóvenes en busca de camperas deportivas noventeras, zapatillas clásicas o pantalones de tiro bajo. En Santa Fe capital reaparecieron talleres de fotografía analógica donde estudiantes universitarios aprenden a usar cámaras de rollo y a revelar imágenes en laboratorio. En bares culturales se organizan encuentros de escucha de vinilos y algunos espacios incorporan consolas y máquinas arcade como parte de su identidad estética.

Los objetos circulan entre generaciones. Cámaras que pertenecieron a padres o abuelos vuelven a usarse. Discos que habían quedado guardados reaparecen en bandejas nuevas. Ropa que hace quince años se consideraba simplemente usada ahora se presenta como pieza vintage.

Lo que cambia no es solo el objeto sino su significado.

Para quienes crecieron en una cultura dominada por pantallas, algoritmos y actualización permanente, esos objetos representan algo diferente: materialidad, tiempo y experiencia. Escuchar un vinilo implica elegir un disco, colocarlo en la bandeja y recorrer un álbum completo. Usar una cámara analógica obliga a esperar el resultado de la fotografía. Comprar ropa vintage supone recorrer ferias o tiendas donde cada prenda es distinta.

El valor no está en la eficiencia sino en el proceso.

Ese cambio de sensibilidad aparece también en otros hábitos. En los últimos años crecieron entre jóvenes urbanos actividades que durante décadas parecían asociadas a generaciones mayores: bordado, cerámica, jardinería, encuadernación artesanal o clubes de lectura presenciales.

Son prácticas que introducen pausas en una cultura marcada por la velocidad.

La expansión de la inteligencia artificial y la automatización digital intensificó esa sensación de saturación tecnológica. Gran parte de la vida cotidiana ocurre hoy dentro de interfaces digitales que seleccionan contenidos mediante algoritmos invisibles. Las redes sociales organizan lo que se ve y lo que se ignora. Las plataformas musicales deciden qué canción sigue. Incluso la producción de imágenes, textos y videos empieza a automatizarse.

En ese contexto, lo analógico adquiere un valor cultural inesperado.

No porque sea más eficiente, sino porque permite recuperar una sensación de control sobre la experiencia.

La nostalgia se convierte entonces en una forma de reacción cultural. No necesariamente contra la tecnología en sí misma, sino contra la sensación de aceleración permanente que define el presente.

Santa Fe ofrece un terreno interesante para observar ese movimiento. La provincia combina grandes centros urbanos, como Rosario y Santa Fe capital, con ciudades intermedias y circuitos culturales independientes que permiten que estas tendencias se expandan rápidamente. La estructura urbana, marcada por nodos metropolitanos y ciudades intermedias en crecimiento, genera espacios culturales diversos donde estos consumos encuentran público.La base de datos del ecosistema…

Ese ecosistema favorece la aparición de pequeños circuitos económicos alrededor de la nostalgia. Ferias vintage, disquerías especializadas, talleres culturales y eventos temáticos forman parte de una economía cultural que todavía es pequeña pero cada vez más visible.

La nostalgia, en ese sentido, dejó de ser solo un sentimiento cultural. También empezó a funcionar como un mercado.

Lo interesante es que este mercado no está impulsado únicamente por quienes vivieron los noventa. Gran parte del impulso proviene de jóvenes que reconstruyen ese período a partir de imágenes, relatos familiares y referencias culturales que circulan en redes sociales.

Internet, paradójicamente, es el principal motor de esa reconstrucción del pasado.

Las plataformas digitales funcionan como archivos culturales donde conviven fragmentos de distintas épocas. Videos, fotografías y memes convierten momentos históricos en estilos estéticos reutilizables. Una generación que nació después de esos eventos puede apropiarse de ellos y convertirlos en parte de su identidad.

El resultado es una mezcla curiosa: jóvenes que viven plenamente en la era digital pero construyen su imaginario cultural con elementos de otro tiempo.

La nostalgia deja entonces de ser simplemente una mirada hacia atrás. Se transforma en un lenguaje para interpretar el presente.

Mientras la tecnología promete acelerar cada vez más la vida cotidiana, una parte de la generación que creció dentro de ese sistema parece interesada en recuperar algo que el progreso digital dejó de lado: la experiencia tangible del tiempo.

Tal vez por eso los vinilos vuelven a girar en bandejas nuevas, las cámaras de rollo regresan a las mochilas universitarias y las ferias vintage se llenan de jóvenes que buscan objetos de otra época.

No porque quieran vivir en el pasado, sino porque ese pasado ofrece algo que el presente todavía no logra resolver: una manera más lenta de estar en el mundo.

 

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