Acoso Escolar

Publicación tomada de las redes sociales

Por estas horas Concordia está estremecida. Un gurí de la Técnica 1, donde va mi hijo, de la misma edad (14 años), tomó el arma de su padre y se metió un balazo en la sien. ¿El motivo? Accidente, dicen algunos. Cansado del acoso, dicen otros. ¿Cuándo de verdad tomaremos riendas a este tema tan delicado? TODOS: Familia, Comunidades Educativas, Gobierno, ONGs. Nos debemos un debate en serio.

Donato ya no está, descansa. Vaya uno a saber hace cuánto estaba cansado y nadie le dio pelota.

Pero ustedes que me leen están, y voy a volver a compartir algo que escribí hace años respecto de mi propia historia. Es largo, van a tener que disponer de 5 minutos. Pero tienen mi permiso para compartirla en aulas, plazas, redes, con sus hijos, sus alumnos, otros docentes. Léansela al que quieran. Contagien. Para que no haya un solo Donato más ¡carajo!.

Enano de mierda.
El comienzo de mi secundaria era todo un acontecimiento en casa. Amanecían los 90 y con ellos la esperanzas y sueños argentinos de clase media trabajadora que creía ciegamente que un dólar era igual a un peso. Y así de ingenuas eran mis pupilas brillando cuando mamá planchaba aquella vieja corbata ancha y de tibios colores que el abuelo había sacado del placard porque el nieto arrancaba la Secundaria. Me la anudó como pudo, todavía estaba calentita, y nos acompañó hasta el viejo Colegio Nacional, que por entonces funcionaba a la tarde en el Edificio de la Escuela Comercio a la que no pude entrar por sorteo, aunque ese mismo primer día vi varios chicos, algunos compañeros de fútbol, de padres influyentes, salir del turno mañana con una sonrisa socarrona, muy contraria al mal humor de sus padres el día del sorteo. Mi corta inocencia desde el día del sorteo hasta el momento que los vi fue imaginármelos de compañeros a la tarde, conmigo, compinches. ‘Por lo menos tendría a alguien conocido’, me decía a mi mismo a finales de febrero. Pero eso no me sacaba la alegría. Y estaba tan contento que ni me di cuenta que la corbata casi llegaba hasta el cierre de mi pantalón y que el moño, más que de corbata, era parecido al voluminoso moño azul de primaria uruguaya. Y que todo eso contrastaba con mi diminuta humanidad de 12 años y 1 metro cuarentaypico de estatura. Rápido me di cuenta que era el más pequeño del curso en la formación, y ya primero en la fila escuchaba de otras filas ‘no sabíamos que habían inaugurado jardín de infantes’, ‘volvieron los pitufos’ y cosas por el estilo que me causaron gracia, y opté por sumarme a las risas generalizadas. Ya en el aula me senté solo. O nadie se sentó conmigo. Y en el primer recreo comenzó un calvario que duraría hasta 3º año. Lo que primero fueron bromas o chistes luego se convirtieron en escupitajos y patadas. Ahí estaba yo, indefenso, inerte. Solo. Cuando volvía a casa le contaba a mamá mis historias, pero lo más duro decidía guardármelo. O contar solo lo gracioso, la parte bufonera. Y aunque ella con su instinto materno sabía que algo escondía, jamás me presionaba. Solo me alentaba que tenga fe, que algún día crecería, que todo iba a cambiar, con esa misteriosa capacidad innata de contemplar llena de certezas un futuro que nadie más parecía ver. Así las cosas me encerraba horas con mi guitarra, teclado…me refugiaba ahí. Pasaba tardes enteras en la iglesia, tocando, intentando cantar, llorando…Le preguntaba a Dios ¿por qué me tocaba a mí?. Quiénes me conocen desde niño dan fe que nunca en mi vida ocasioné problemas, jamás contesté mal, era educado. Mis abuelos junto a mi madre me transmitieron valores de verdad. ¿Y entonces…?. De regreso a casa todas las tardes venía pateando piedritas, incapaz de explicar cómo podía soportar semejante crueldad. Todo empeoró en 2ª año. ¡Y eso que mamá me compró la corbatita tejida de ‘chico escolar’. Con la llegada de los repetidores, más grandes, mas cancheros, despojados de toda formalidad. Ellos sí que supieron capitalizar al máximo las chances de líderes negativos. Jamás me perdían pisada: oportunidad que tenían, la aprovechaban. En una ocasión me esperaron a la salida y alzándome me llevaron hasta la fuente de Plaza Urquiza y me hundieron en ella. Salí corriendo, con toda mi ropa mojada, escuchando las carcajadas, que eran como puñaladas heladas, más frías y duras que los gritos eufóricos de “enano de mierda….!”, “polilla barata”, “pulga mojada…”. Pero si leíste hasta acá y te parece duro, falta la frutilla del postre. Ya en 3ª año las chicas comienzan a cumplir sus 15. Obviamente algunas me invitaron y otras no, ya sea por afinidad o por derecho propio. Eso es aceptable, forma parte de la adolescencia, esa mezcla exótica de seres humanos, una suerte de feria llena de colores y ruido y voces estridentes y alguna que otra imagen triste. Una compañera, a la que voy a llamar ficticiamente “Clara” repartió sus tarjetitas a todos mis compañeros. No hubo nadie que se haya quedado sin su invitación para ese glorioso sábado. En un recreo me acerqué, preocupado ya, tal vez se había olvidado, tal vez mi invitación sería verbal, tal vez era muy inocente…Recuerdo mirar hacia arriba, como quien mira al cielo rogando lluvia en tiempo de sequía, así lo recuerdo. Yo era muy pequeño, y ella era muy grande para mi. Y cuando hice contacto visual al fin pregunté por mi tarjeta. Mucho tiempo odié esa pregunta. Odié esa pregunta mucho más que la respuesta. “No quiero enanos en mis quince”, soltó. Esa lanza perforó mis entrañas, mi ser, mis huesos. El poco espíritu que quedaba en mi se esfumó. Esa tarde ya nada tenía sentido para mi. Brillaba en mis estudios, el fútbol, en la música, en la iglesia y de repente me vi convertido en un misterio doloroso, una caja húmeda y pestilente abandonada en las oscuridades de algún ropero que nadie se anima a abrir. Salí con deseos de dejar de existir. Y luego de una larga meditación frente a mi querido rio Uruguay, ahí, inerte, solo, sin alma, abatido, volví a casa. Decidí darme otra oportunidad. Al fin y al cabo Dios y mi vieja estaban conmigo, y eso era suficiente en épocas donde no había gabinetes, EOE, Equipos interdisciplinarios, Tutorías, Asesores Pedagógicos, Campañas en Internet o televisivas, charlas de psicólogos especializados en violencia escolar y todas esas sogas de auxilio que trajeron el nuevo milenio. Le pedí francamente a mi madre que me cambiara de escuela y de turno, que quería volver a empezar. Y aprovechando una orientación biológica la Escuela Normal fue mi nuevo albergue en 4º año. Ahí conocí otro tipo de compañeros que en su vida se hubieran atrevido a decirme algo que doliera, ni siquiera dejarme afuera de algún programa o salida. Y decidí perdonar. Dar vuelta la hoja y prometerme a mi mismo que en mi vida iba a acosar a alguien, que cuando tuviera hijos les enseñaría el valor de la otra persona, con defectos y virtudes. Que era tiempo de sentar precedentes, plantar banderas y luchar con mas fuerza. Que este enano iba a salir adelante a “como de lugar”, enfrentando gigantes propios y ajenos.

El tiempo ha pasado. Me he encontrado a casi todos mis ex compañeros de aquél Nacional. Los detractores, los que no se metían y los que, en ocasiones, me tendían una mano. Algunos me han esquivado lo mirada vulnerados por su propia vergüenza. Otros se han sorprendido de mi desarrollo físico y personal o profesional. Me los he encontrado en shows, iglesias, clubes y plazas…¡escuelas!. A ninguno le guardo ni le guardaré rencor. No lo merezco ni lo merecen.

Hace algunos años estaba esperando para pagar mi carrito de mercaderías en la fila de un supermercado conocido en mi ciudad. Y en una de las cajas estaba “Clara”. La vi ahí, inerte, sola, sin alma, abatida. Tomaba uno a uno los productos y los pasaba por la maquinita que hace un sonido parecido a las luces de alerta que zumbaban en mi cabeza la tarde que reclamé mi invitación. Recordé la tarde que la miraba desde abajo. Hay más de diez cajas, yo elegí esa. Y antes que toque mi primer producto, antes que lo pase por su maquinita, le tomé la mano y me miró sorprendida. Esta vez fue ella la que buscó contacto visual. Sonrió tímidamente, como quien sonríe haciendo fuerzas sabiendo que no hay chiste. ¿Te acordás de mi?, pregunté. Y antes de oír su respuesta obvia y de manual afirmé: -“Soy el enano Vallejos, de Nacional”-. Sentí que una lanza perforó sus entrañas, su ser, sus huesos. Volvió a sonreir con una mueca. -“Quise pasar por tu caja para decirte que me dolió muchísimo no haber podido ir a tus 15 por mi anterior condición de enano”-. Levantó la vista. Parecía que vió un gigante. -“Y que necesito perdonarte, quiero sacarme este peso de encima y quiero que vos te lo saques también”-. Sus ojos se inundaron de un mar incontenible de lágrimas que sus mejillas y las de nadie podrían soportar. “-Éramos unos idiotas en la Secundaria, perdón…-“, apenas lanzó tragando su llanto. La abracé. Apretó un botoncito y vino otra señora que se sentó en su lugar pidiéndome disculpas, que la otra chica se había descompuesto, que ella me iba a cobrar.

Ya no había nada que pagar. La deuda estaba saldada.

Yo pude salir. Otros no pudieron. Si estás de este o del otro lado de la fila quiero decirte con esta sencilla historia personal que podés revertir la situación. Y que nadie más que vos puede cambiar eso.

 

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