Economía silver: la generación que sostiene el consumo mientras el sistema mira para otro lado

En 10 segundos:
Qué pasó: La economía silver gana peso en Argentina mientras el consumo joven se retrae.
Qué cambia desde hoy: Los mayores de 60 sostienen gasto, ahorro y servicios clave.
A quién le pega: Comercios, salud, vivienda y servicios urbanos que no se adaptan.
Qué mirar ahora: Ciudades que entiendan este cambio y rediseñen su oferta.

Una mujer camina sola. No corre. No mira vidrieras con ansiedad. Avanza con un ritmo firme, celular en mano, resolviendo trámites, compras y mensajes. No es una postal excepcional: es la escena cotidiana de una ciudad que envejece mientras sigue funcionando.

La economía argentina suele explicarse desde la urgencia: inflación, salarios que no alcanzan, consumo que cae. Pero hay un dato que rompe esa narrativa y que incomoda porque obliga a pensar a largo plazo: el consumo más estable hoy no viene de los jóvenes, sino de los mayores de 60 años. Y Santa Fe no es la excepción.

Según datos del INDEC, más del 15% de la población argentina ya pertenece a ese grupo etario. En provincias como Santa Fe, el porcentaje es mayor y crece año tras año. No es solo un cambio demográfico: es un cambio económico profundo. Jubilaciones, pensiones, ahorros acumulados, propiedades pagas y patrones de consumo previsibles convierten a este segmento en el más resiliente frente a las crisis.

Mientras los menores de 35 ajustan gastos, postergan mudanzas y reducen consumos no esenciales, la economía silver sostiene rubros completos: salud privada, farmacias, alimentación de calidad, turismo interno, servicios financieros, tecnología cotidiana y comercio barrial. Sin estridencias ni épica, mantiene el pulso del mercado.

El problema no es su peso. El problema es que el sistema económico, político y urbano sigue sin mirarlos de frente.

En Santa Fe, la mayoría de las decisiones de consumo cotidiano pasan hoy por personas que ya no entran en el radar del marketing tradicional. Son usuarios activos de banca digital, pagan servicios, usan billeteras virtuales, eligen marcas, comparan precios y sostienen rutinas. Pero la ciudad —sus servicios, su infraestructura, su oferta cultural y comercial— sigue pensada como si el centro de la vida estuviera en los 30.

La economía silver no pide condescendencia ni discursos edulcorados sobre “adultos mayores activos”. Pide diseño inteligente. Veredas caminables, servicios claros, atención presencial que no desaparezca, digitalización simple, propuestas culturales diurnas, vivienda adaptable y transporte que no expulse.

En términos macroeconómicos, este grupo tiene una virtud clave: previsibilidad. Consume menos por impulso y más por necesidad y hábito. En un país donde la volatilidad es regla, ese comportamiento es oro puro. Sin embargo, ni el sector privado ni el Estado terminan de ajustar su mirada.

El error más común es pensar la economía silver solo como gasto en salud. Es una mirada corta. En realidad, se trata de consumo integral: tecnología para comunicarse, gastronomía moderada pero constante, viajes cortos, mejoras del hogar, bienestar, actividades culturales y educación informal.

En Santa Fe capital, barrios consolidados como Candioti, Recoleta o Guadalupe ya muestran esta dinámica: comercios que sobreviven porque su clientela es fiel, estable y local. No dependen del boom ni del turismo ocasional. Dependen de personas que conocen el valor del dinero y deciden con calma.

El contraste con la economía joven es brutal. Los menores de 40 viven atrapados entre alquileres imposibles, ingresos inestables y consumo intermitente. La silver economy, en cambio, no promete futuro: sostiene el presente.

Esto plantea una pregunta incómoda: ¿por qué seguimos diseñando políticas públicas y estrategias comerciales como si el país fuera joven, cuando ya no lo es?

Las ciudades que entiendan antes este cambio van a ganar. Las que lo nieguen, van a perder competitividad, consumo y cohesión social. No se trata de elegir una generación sobre otra, sino de aceptar la realidad demográfica y actuar en consecuencia.

La mujer que camina por Bulevar Gálvez no representa una excepción. Representa el nuevo centro silencioso de la economía urbana. No levanta la voz, no pide protagonismo. Pero si deja de consumir, la ciudad lo siente.

La economía silver no es el futuro. Es el presente que muchos todavía se niegan a mirar.

 

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