Delfina tiene 15 años y aprende otra vez a respirar sin miedo desde una cama del Hospital Cullen. La herida más visible atraviesa su rostro; las otras, todavía abiertas, no se ven. Sobrevivió a una agresión que pudo matarla en San Cristóbal, pero la violencia no terminó cuando cerraron el quirófano. Continuó en las pantallas, en mensajes que insisten, en la pregunta que hoy desvela a su familia: volver o no volver a casa.
La cirugía reconstructiva fue el martes por la mañana. Salió bien, dicen los médicos. La adolescente cursa el postoperatorio con curaciones y antibióticos; la evolución es favorable. El parte clínico ordena lo técnico. La vida alrededor, no. La recuperación física es apenas una parte de un proceso más largo, más incierto.
Luciana, su madre, acompaña cada hora con una mezcla de firmeza y cansancio. Habla de pesadillas, de crisis de angustia, de una hija que dejó de ir a la escuela por miedo mucho antes del ataque. Meses de hostigamiento —en pasillos y redes— que, según ella, fueron advertidos y no atendidos. “Sabía que algo iba a pasar”, repite. No imaginó la magnitud, pero tampoco la sorpresa.
Los agresores eran pares: compañeros o excompañeros. Un grupo con antecedentes de violencia, dice la denuncia. La escena final fue brutal: golpes y cortes en el rostro. Para la familia, no hay duda sobre la intención. “Está viva de milagro”, sostiene la madre. No por voluntad ajena, sino por un límite que no lograron cruzar.
Después, el silencio esperado no llegó. Las amenazas siguieron en redes, se extendieron a otros familiares. Luciana denunció, aportó pruebas digitales, buscó resguardo. El temor persiste. La palabra “regresar” perdió neutralidad. Volver a San Cristóbal dejó de ser un dato logístico para convertirse en una decisión de seguridad. Mudarse aparece como posibilidad real, aun sin certezas.
La vida cotidiana quedó en suspenso. Luciana vive sola con tres hijos menores. Es comerciante y hoy no trabaja. La prioridad es una cama de hospital y una hija que intenta recomponerse. En ese trayecto, una gratitud inesperada: la atención pública. Cirujanos, tiempos, contención. Lo que no estaba al alcance del bolsillo, estuvo al alcance del sistema.
La crónica no se cierra con un alta. Se abre. A la espera de la justicia, a la reconstrucción de la confianza mínima para salir a la calle, a la tarea lenta de volver a vincularse. “Queremos vivir en paz”, dice Luciana. Es una frase simple. En este contexto, es una demanda profunda. Porque sanar no es solo suturar una herida: es recuperar el derecho a no vivir en alerta.


