El sábado 5 de julio, poco después de las 2 de la madrugada, la noche en Capitán Bermúdez se quebró a tiros. Tres personas se acercaron a pie al frente del boliche Mora, sobre calle San Lorenzo al 2500, y abrieron fuego contra los uniformados que cumplían funciones de custodia privada. El resultado: dos policías heridos, un paramédico alcanzado por los disparos, y un nuevo mensaje sin firma en una zona que ya conoce el sonido de las balas.
El hecho no fue aislado ni casual. Se trata del segundo ataque en dos años al mismo establecimiento nocturno. Y ocurre en un contexto que empieza a mostrar una tendencia más amplia: el desplazamiento de estructuras criminales desde Rosario hacia las ciudades del cordón industrial.
Una escena cada vez más común
Según informó el Ministerio Público de la Acusación, el operativo de investigación incluyó cuatro allanamientos simultáneos en Rosario y Granadero Baigorria. La Policía de Investigaciones secuestró cinco celulares y material fílmico que podría aportar claves sobre la autoría del ataque. Si bien se identificó a un joven de 19 años durante el procedimiento, no hubo detenciones.
El fiscal Leandro Lucente, a cargo de la causa, investiga el hecho como tentativa de homicidio agravado por el uso de armas de fuego. Las imágenes de cámaras de seguridad y la evidencia digital incautada serán clave para reconstruir los movimientos previos y posteriores al ataque.
Las víctimas —dos suboficiales y un paramédico— fueron trasladadas al Hospital Eva Perón de Granadero Baigorria. El personal policial recibió impactos en ambas piernas y en un pie, mientras que el trabajador sanitario fue alcanzado por balas en la rodilla y el talón izquierdo.
“Estábamos en la entrada, como siempre. Vi pasar a tres personas corriendo y enseguida empezaron los tiros. Me di cuenta que nos estaban apuntando”, relató una de las víctimas al portal SL24.
La frontera sur del miedo
El ataque encendió de nuevo las alertas sobre la seguridad nocturna en el cordón industrial. En 2023, el mismo boliche fue baleado bajo una modalidad casi idéntica. En aquella ocasión, el intendente Daniel Cinalli ordenó restringir el horario de funcionamiento de los locales nocturnos como medida preventiva. Entonces ya se hablaba —y se temía— por el avance de organizaciones vinculadas al narcomenudeo.
La zona norte del Gran Rosario, con su cercanía geográfica y menor densidad policial, se convierte en terreno fértil para el despliegue de estos grupos. Fuentes de seguridad aseguran que existen indicios de un “corrimiento operativo” de bandas que operaban en Rosario hacia ciudades con menos vigilancia, donde pueden seguir funcionando con menores obstáculos y mayor impunidad.
En ese sentido, el caso del boliche Mora no se analiza solo como un hecho policial, sino como parte de una estrategia territorial más amplia: el crimen organizado no se retira, se mueve.
Lo que sigue
Por ahora, la investigación sigue su curso con pericias sobre los dispositivos electrónicos y las imágenes captadas por las cámaras de vigilancia. Pero el saldo inmediato es el mismo que se repite en distintos barrios del sur santafesino: una comunidad marcada por el miedo, un Estado que corre detrás de los hechos y un mapa del delito que se expande sin pedir permiso.
En Capitán Bermúdez, el estruendo de los tiros no solo interrumpió la música. Dejó en claro que la violencia se desborda del centro rosarino y busca nuevos escenarios para reproducirse.


