Verano y calle: refugios casi llenos en Rosario

En 10 segundos:
Qué pasó: los refugios municipales de Rosario funcionan con ocupación casi total en verano.
Qué cambia desde hoy: el municipio evalúa ampliar plazas ante una demanda sostenida.
A quién le pega: a personas en situación de calle, equipos de abordaje y convivencia urbana.
Qué mirar ahora: el impacto del consumo problemático y la salud mental en la intervención estatal.

El verano suele instalar una idea engañosa: que el calor suaviza lo que el invierno vuelve urgente. En Rosario, esa premisa se desarma con datos concretos. Los refugios para personas en situación de calle operan con ocupación casi total aun en pleno enero, un mes que históricamente mostraba menor presión sobre el sistema de alojamiento nocturno. Hoy, esa estacionalidad ya no existe.

La confirmación llegó desde la Subsecretaría de Abordaje Integral del municipio. Según explicó Gabriel Pereyra, las cerca de 300 plazas disponibles están prácticamente cubiertas, con apenas un margen reservado para contingencias. El escenario obliga a proyectar una ampliación de la capacidad en los próximos meses y acelera definiciones que, hasta hace poco, parecían pensadas solo para el invierno.

El dato no se explica solo por la falta de techo. El propio municipio reconoce que el abordaje se volvió más complejo. Al problema habitacional se le suman el consumo problemático de sustancias, el deterioro de la salud mental y un déficit creciente de ingresos. Esa combinación hace que cada intervención demande más tiempo, más recursos y mayor articulación.

Desde hace dos años, Rosario sostiene el operativo “Verano Solidario”, en conjunto con la provincia y una extensa red de organizaciones sociales. La lógica es mantener el acompañamiento aun cuando las temperaturas altas reduzcan el riesgo climático nocturno. Sin embargo, el calor no disminuye la demanda: modifica las dinámicas. En verano, muchas personas resisten más la idea de ingresar a un refugio, aunque finalmente las plazas terminan ocupándose igual.

El cambio de rutinas es clave. Con días largos y noches que empiezan tarde, se extienden las actividades informales en la vía pública, como el cuidado de autos. Eso desplaza los horarios de contacto con los equipos municipales y obliga a prolongar las recorridas nocturnas. La calle no se vacía: se reorganiza según el clima.

Los refugios municipales —Grandoli y Felipe Moré para hombres adultos, y Cáritas para mujeres y grupos familiares— concentran la mayor parte de la oferta. Aun así, el sistema funciona al límite. La posible apertura definitiva del refugio Sol de Noche aparece como una respuesta a una demanda que dejó de ser excepcional para convertirse en constante.

El abordaje estatal también choca con un límite legal y operativo: la autonomía de las personas. Cuando alguien rechaza la asistencia, el Estado no puede forzar el ingreso a un refugio salvo que exista un riesgo cierto para su salud. En esos casos, la intervención se vuelve insistente, personalizada y, muchas veces, incierta. No siempre hay resultado inmediato.

En paralelo, los equipos de calle refuerzan la asistencia básica. Botellas de agua fría, recorridas en zonas críticas y derivaciones a centros de día forman parte de una estrategia que busca mitigar el impacto del calor. Estos espacios diurnos ofrecen actividades culturales, recreativas y acceso a piletas municipales, una forma de correrse, aunque sea por horas, de la lógica de la calle.

La dimensión sanitaria agrega presión. El consumo problemático y los cuadros de salud mental dificultan cualquier intervención rápida. Cuando el riesgo es alto y la persona se niega a recibir ayuda, se recurre a órdenes judiciales para derivaciones a efectores públicos. En la última semana, el municipio ya debió activar ese recurso en varias oportunidades.

El volumen del problema excede la percepción cotidiana. Durante 2025, unas 9 mil personas se comunicaron al Sistema Único de Atención para alertar sobre situaciones de calle. Es un número que muestra la magnitud del fenómeno y el nivel de visibilidad social que alcanzó. La calle dejó de ser un asunto marginal para convertirse en una preocupación extendida.

La respuesta descansa, en gran medida, en una red amplia de organizaciones sociales. Universidades, fundaciones, iglesias y grupos solidarios sostienen puntos de hidratación, duchas, roperos y comedores. Esa trama permite ampliar la presencia territorial y cubrir vacíos que el Estado, por sí solo, no logra abarcar.

Hoy, Rosario cuenta con más de cien espacios de hidratación y varias estaciones de aseo distribuidas en distintos puntos de la ciudad. Son dispositivos básicos, pero estratégicos. El acceso al agua potable y a una ducha puede marcar la diferencia en jornadas de calor extremo.

El verano deja una conclusión incómoda: la situación de calle ya no responde al clima. Cambia de forma, no de fondo. Los refugios llenos en enero funcionan como un termómetro social que mide algo más profundo que la temperatura. El desafío, para el Estado y la ciudad, es sostener un abordaje que no dependa de la estación, sino de una política de largo plazo frente a una exclusión que se volvió persistente.

 

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