En 10 segundos:
• Qué pasó: las encuestas políticas perdieron credibilidad ante la opinión pública.
• Qué cambia desde hoy: dejaron de ser leídas como diagnóstico y pasaron a verse como operación.
• A quién le pega: a la política, al periodismo, a los mercados y a los propios encuestadores.
• Qué mirar ahora: si la industria logra reconstruir confianza o queda atrapada en su descrédito.
Santa Fe, 19 de enero de 2026.
En Argentina, decir “según las encuestas” ya no ordena una conversación: la rompe. La frase, que durante décadas funcionó como una referencia técnica para interpretar el clima político, hoy genera desconfianza automática. No importa quién la cite ni qué diga el número. Para una porción creciente de la sociedad, las encuestas dejaron de medir la realidad y pasaron a intervenir sobre ella.
La crisis no es nueva, pero se volvió estructural entre 2019 y 2023. En ese período, los principales sondeos políticos publicados fallaron de manera reiterada y, lo que es más grave, de forma contradictoria. Subestimaron derrotas, sobrestimaron victorias y no lograron captar fenómenos decisivos como el voto oculto, la volatilidad económica o el corrimiento abrupto del electorado en los días previos a la elección. El resultado fue una sensación extendida de engaño.
El punto de quiebre no fue solo político. Fue simbólico. Cuando los pronósticos se alejaron de los resultados reales por márgenes que excedían cualquier tolerancia estadística razonable, las encuestas dejaron de ser vistas como herramientas imperfectas y comenzaron a percibirse como instrumentos deliberadamente sesgados. A partir de ahí, la sospecha se volvió permanente.
Parte del problema es metodológico, pero no exclusivamente. La industria abandonó, por razones de costo y seguridad, los relevamientos presenciales que garantizaban muestras probabilísticas más sólidas. En su lugar, se generalizaron métodos rápidos y baratos: llamados automatizados, paneles online y sondeos digitales. El efecto fue inmediato: segmentos enteros de la población dejaron de estar representados.
Los jóvenes sin teléfono fijo, los trabajadores informales, los sectores populares con conectividad intermitente y los votantes menos politizados quedaron fuera del radar. Justamente esos grupos que suelen definir elecciones ajustadas u opiniones polarizadas. El error ya no fue aleatorio: fue sistemático.
A eso se sumó un fenómeno social más profundo. La caída brutal de las tasas de respuesta. Contestar una encuesta dejó de percibirse como un acto cívico para convertirse en una molestia o un riesgo. Estafas telefónicas, desconfianza generalizada y temor a la inseguridad redujeron la disposición a responder, incluso cuando el encuestador logra el contacto. El silencio empezó a pesar más que la opinión declarada.
En ese vacío creció el voto oculto. En una sociedad atravesada por la polarización afectiva, muchas personas prefieren no decir lo que piensan. No por indecisión, sino por desconfianza. La intención de voto se volvió identidad, y la identidad se volvió conflicto. Frente a un encuestador, una parte del electorado responde lo socialmente aceptable o directamente no responde. El resultado es una fotografía distorsionada.
Pero el descrédito no se explica solo por fallas técnicas o sociológicas. También hay una dimensión política y económica que erosionó la confianza. En Argentina, las encuestas políticas dejaron de percibirse como insumos de análisis y pasaron a verse como herramientas de construcción de clima. No se publican para entender qué pasa, sino para intentar influir en lo que va a pasar.
El elector lo percibe. Lo intuye cuando ve encuestas que se contradicen semana a semana, cuando los medios las exhiben con ficha técnica dudosa o cuando los resultados parecen alinearse demasiado bien con los intereses de quien las difunde. En ese punto, la sospecha se vuelve transversal: ya no distingue entre consultoras serias y oportunistas. Todas entran en la misma bolsa.
El periodismo tiene una responsabilidad central en este proceso. Al convertir la cobertura política en una carrera de caballos permanente, amplificó el peso de encuestas que no estaban diseñadas para predecir, sino para estimar. Al no explicar márgenes de error reales, sesgos de cobertura o fechas de campo, contribuyó a instalar expectativas que luego se frustraron. Cada fallo reforzó el cinismo.
También los mercados financieros quedaron atrapados en esa lógica. En un país volátil, los sondeos políticos se usan para anticipar escenarios económicos. Cuando fallan, el daño no es solo político: se traduce en pérdidas, corridas y desconfianza generalizada. Para muchos ciudadanos, las encuestas pasaron a ser parte del problema, no de la información.
Hoy, la frase “ya nadie cree en las encuestas” no es un eslogan: es un diagnóstico social que sintetiza experiencia acumulada. Repetición de errores, opacidad en el financiamiento, metodologías precarias y uso político del dato rompieron el contrato de confianza entre la demoscopía y la sociedad.
La pregunta ya no es si las encuestas pueden volver a acertar, sino si pueden volver a ser creíbles y eso no está pasando la publicación de ninguna encuesta modifica el pensamiento de quien la lee. Esto exige algo más que ajustes técnicos. Requiere transparencia radical, límites claros entre investigación y propaganda, y un periodismo capaz de contextualizar los datos en lugar de amplificarlos sin filtro.
Mientras eso no ocurra, cada nueva encuesta publicada será leída con la misma sospecha: no como una herramienta para entender la realidad, sino como un intento más de moldearla. Y cuando medir deja de explicar, la estadística pierde su razón de ser.


