Enero dejó una postal que se repite en comercios y servicios: movimiento, sí; confianza, no. La actividad vinculada al consumo arrancó el año sin un salto visible y con una cautela que ya no parece transitoria. Lo que en otros momentos hubiese sido un “mes de arranque” hoy se parece más a una extensión del cierre del año anterior: compras más chicas, decisiones más lentas y un esfuerzo por mantener lo básico sin animarse a lo grande.
La señal más clara es la distancia entre dos ritmos. Por un lado, el gasto deja de caer mes a mes con la intensidad de la segunda mitad de 2025. Por otro, cuando se lo compara contra el mismo mes del año pasado, vuelve a quedar abajo. Esa combinación es la que define el momento: la economía real no se desploma, pero tampoco recupera tracción.
En el consumo formal, el IVA aparece como termómetro duro. Si la recaudación real cede, no es un matiz estadístico: es menos volumen registrado en la caja. A la vez, el crédito sigue jugando, pero con menos empuje. La tarjeta empuja parte del gasto, aunque ya no acelera como cuando el plástico era el atajo para estirar el mes. Los préstamos personales continúan en expansión, pero con una dinámica más lenta. Traducido: se compra, pero se compra con cálculo.
En los rubros esenciales, el patrón es desigual. Algunos ítems sostienen o recuperan algo de volumen, mientras otros vuelven a retroceder. La carne es el caso más elocuente: cuando el hogar ajusta, se nota primero en lo que va a la mesa. Y en servicios, la fragilidad reaparece donde el consumo es más discrecional: salidas, recreación, turismo, todo lo que compite con gastos fijos que no aflojan.
Para Santa Fe, el efecto se multiplica por composición: comercio urbano, servicios y cadenas productivas que dependen del movimiento interno. Cuando el consumo se plancha, el impacto no se queda en las grandes cifras: aparece en turnos más vacíos, ticket promedio más bajo, promociones más agresivas y una sensación extendida de “vamos viendo”. Rosario lo siente en el entramado comercial y gastronómico; el área metropolitana de la capital lo refleja en servicios y demanda cotidiana.
Lo más delicado es el tipo de conducta que se consolida. Cuando el hogar aprende a vivir administrando incertidumbre, el rebote no llega solo con un dato macro. Llega cuando cambia la percepción de riesgo: empleo, ingresos y previsibilidad. Hasta que eso no se ordene en la vida diaria, la economía puede seguir mostrando estabilidad sin mostrar alivio. Y esa diferencia, en política, suele ser la que más cuesta explicar.


