Santa Fe, 18 de febrero de 2026.
En el norte de la ciudad, hay un acceso que funciona como termómetro: si llueve, el barrio lo siente primero. Callejón Funes, puerta de entrada a La Esmeralda y a otros puntos de la zona, se convierte en un tramo de circulación lenta, con barro blando y hundimientos que obligan a avanzar “a prueba y error”, metro por metro.
El problema no es nuevo, dicen los vecinos. Lo que cambia es la paciencia: el agua queda retenida, el suelo cede, y los pozos se vuelven parte del recorrido. Cuando alguien necesita pasar rápido, el callejón impone su propia ley: incluso móviles de emergencia atraviesan la zona con extrema precaución.
El deterioro además empuja a maniobras peligrosas. Para esquivar los baches, algunos vehículos terminan subiendo a la vereda. Ahí el riesgo deja de ser solo para el auto: pasa a ser para el peatón, para los chicos que circulan o juegan cerca, para cualquiera que esté a un paso del borde.
El reclamo, en el fondo, es simple y urbano: sin un ingreso transitable, el barrio queda más lejos de todo. Y cuando eso se repite, la lluvia ya no es un evento climático: es una interrupción de la vida cotidiana.


