En 10 segundos
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Qué pasó: alimentos volvió a subir por encima del promedio en las primeras semanas de febrero.
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El dato duro: enero cerró en 2,9% y alimentos trepó 4,7%.
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Qué miran las consultoras: carne y estacionales (salidas/feriados) como motores del mes.
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Qué puede pasar: febrero se perfila entre 2,5% y zona 3%, según cómo cierre alimentos.
Santa Fe, 18 de febrero de 2026.
Febrero empezó con una señal incómoda para cualquiera que mira la inflación desde el changuito: los alimentos volvieron a moverse por encima del promedio y, otra vez, pasaron a ser el rubro que marca el ritmo del mes. El dato llega después de un enero que cerró con 2,9% de suba general y dejó a la comida como el componente más influyente, con 4,7%. En la calle, ese número se traduce en una sensación conocida: el gasto cotidiano se actualiza más rápido que el resto y obliga a recalcular cada compra, en miles de hogares santafesinos, incluso cuando otros precios se frenan.
En la primera quincena de febrero, distintas consultoras privadas registraron incrementos en alimentos que, con matices, se mantienen en un rango superior al 2% mensual. EcoGo, por ejemplo, ubicó su medición entre 2,6% y 2,8% para el rubro en las dos primeras semanas. En paralelo, otras firmas midieron un avance más moderado y con oscilaciones semanales: Econviews registró 0,6% en la segunda semana, mientras que LCG observó una desaceleración, con un 1% en la segunda semana después de un arranque más alto. Analytica, enfocada en alimentos y bebidas del Gran Buenos Aires, también informó una variación baja en la primera semana que llevaría el promedio mensual a la zona de 2,6%. Invecq, por su parte, proyectó un febrero con un nivel general cercano al 2,5%.
El punto común de todas estas mediciones es menos la cifra exacta que el mapa de presiones. La carne aparece como el motor principal del tramo reciente, con aumentos que arrastran al resto por un motivo simple: en la dieta argentina, cuando se mueve el precio de la proteína, se reacomodan sustitutos y acompañamientos. A eso se suma un componente estacional que suele colarse en febrero: el consumo fuera del hogar y los gastos vinculados a feriados, que empujan servicios y recreación. Para una provincia como Santa Fe, donde el salario formal convive con una masa grande de ingresos informales, esa combinación tiene un efecto directo: el margen de maniobra se achica justo en los productos de compra impostergable.
La discusión técnica alrededor del IPC suma otra capa. El Gobierno había anticipado una actualización de la canasta y la metodología con base en patrones de consumo más recientes y luego decidió postergarla, en un clima de sospecha pública sobre qué se mide y cómo. Ese giro deja intacto el precio de la góndola y afecta el terreno político del dato: cada decimal se vuelve argumento. En ese contexto, los alimentos funcionan como prueba de realidad. Si el rubro acelera, la conversación se corre de la macro a la mesa familiar y, con ella, cambian las prioridades: la inflación deja de ser una estadística y pasa a ser una experiencia diaria.
Esa “experiencia diaria” tiene un rasgo que suele quedar tapado por el promedio nacional: la heterogeneidad territorial. Santa Fe combina grandes centros urbanos, cordones metropolitanos y ciudades intermedias con dinámicas de precios distintas. La misma suba en carne puede sentirse de manera desigual entre Rosario y el norte provincial, o entre barrios con acceso a grandes cadenas y zonas donde el consumo depende de comercios de cercanía. En los hechos, la inflación de alimentos mide precios, logística, márgenes comerciales, competencia y capacidad de sustitución.
Para la política económica, febrero se vuelve un mes de examen por una razón concreta: el proceso de desinflación puede seguir en curso y, a la vez, convivir con picos en rubros sensibles. Cuando eso ocurre, la percepción social suele alinearse con el rubro que más duele, no con el promedio. En términos de gestión, la pregunta central es qué tan persistente es el impulso actual: si se concentra en un par de semanas por carne y estacionales, o si se expande al resto del consumo básico.
En Santa Fe, ese interrogante también tiene lectura institucional. Con paritarias en agenda y presupuestos públicos tensos, un febrero con alimentos arriba del 2% reabre un dilema conocido: ajustar ingresos para compensar el presente o sostener un sendero de desaceleración y asumir el costo social. Ninguna de las dos decisiones es neutra. Lo que muestran las mediciones privadas es que el piso del mes parece más alto de lo que sugerían las expectativas de comienzos de año, y que el rubro que más pesa en la vida cotidiana volvió a ocupar el centro.
En la práctica, el ajuste se procesa con estrategias pequeñas: más compras semanales, reemplazo por segundas marcas, más uso de promociones, regreso a ferias barriales para frutas y verduras. En Rosario y Santa Fe capital, donde el consumo se concentra en grandes superficies, las listas de precios pueden cambiar de un fin de semana al otro. En localidades más chicas, el movimiento llega con menos oferta y mayor dependencia del flete. Ese detalle, mínimo en la macro, define cuánto se estira el sueldo real en cada compra.
La clave, de acá al cierre del mes, va a estar en dos señales. La primera es si la carne se estabiliza o si sigue empujando el promedio de alimentos. La segunda es cuánto aportan los consumos estacionales y regulados al nivel general. Si esas presiones se sostienen, febrero puede terminar más cerca del 3% que del 2%. Y si se moderan, el mes puede cerrar en una zona similar a enero pero con un costo perceptivo mayor, porque el aumento se concentró en lo que la gente compra todos los días.


