Argentina frente a una crisis silenciosa de salud mental en los jóvenes

Algo empezó a cambiar en silencio en la salud mental de las sociedades contemporáneas. No ocurrió de un día para otro ni puede atribuirse a un único hecho. Sin embargo, los datos que empiezan a acumularse en estudios internacionales apuntan todos en la misma dirección: las generaciones jóvenes están atravesando niveles de malestar psicológico que no se observaban con la misma intensidad en décadas anteriores.

Argentina forma parte de esa tendencia.

El Global Mind Health Report 2025, elaborado por el Global Mind Project y coordinado por la organización científica Sapien Labs, analizó más de un millón de respuestas en 85 países para evaluar el bienestar mental de las personas a través del Mind Health Quotient (MHQ), un indicador que mide 47 dimensiones cognitivas, emocionales y sociales.

El resultado para Argentina encendió una alerta que atraviesa a todo el mundo desarrollado y también a buena parte de América Latina: los adultos jóvenes muestran niveles de deterioro mental muy superiores a los de generaciones anteriores cuando tenían la misma edad.

En el grupo de entre 18 y 34 años, cerca de la mitad presenta síntomas de relevancia clínica que afectan su capacidad de estudiar, trabajar o sostener vínculos de manera estable.

“Lo que vemos en prácticamente todos los países es una caída progresiva del bienestar mental en cada generación más joven”, explicó Tara Thiagarajan, neurocientífica y fundadora de Sapien Labs. “En algunos lugares la diferencia entre jóvenes y adultos mayores es cuatro veces mayor. Eso indica que no estamos frente a un problema individual sino ante un fenómeno generacional”.

Una generación que creció en otro mundo
Los especialistas coinciden en que la salud mental de una sociedad nunca depende únicamente de factores individuales. Está profundamente influida por las condiciones culturales, económicas y tecnológicas que moldean la vida cotidiana.

Para el psiquiatra argentino Enrique De Rosa Alabaster, el deterioro generacional refleja un cambio profundo en el entorno en el que crecieron los jóvenes actuales.

“Las nuevas generaciones se desarrollaron en un contexto de mayor incertidumbre, hiperestimulación permanente y presión social constante. Las redes sociales, la inestabilidad económica y la fragmentación de los vínculos modificaron profundamente la experiencia de crecer”, señaló.

Ese escenario produce una combinación compleja: más información, más exposición pública y, al mismo tiempo, mayor sensación de fragilidad personal.

En términos simples, los jóvenes viven en un mundo más conectado que nunca y, sin embargo, muchos se sienten más solos.

Los factores que aparecen detrás del deterioro
El informe internacional identifica varios elementos que se repiten en los países donde el deterioro mental juvenil se vuelve más pronunciado.

Uno de ellos es el cambio en los hábitos alimentarios. El consumo extendido de alimentos ultraprocesados aparece asociado a un aumento significativo de trastornos vinculados con la ansiedad, la fatiga mental y las dificultades cognitivas.

Otro factor es el uso cada vez más temprano de dispositivos digitales. Diversas investigaciones coinciden en que la exposición intensiva a pantallas durante la infancia y la adolescencia altera procesos clave del desarrollo emocional.

La psicóloga e investigadora de la Universidad de Buenos Aires Débora Tajer, especializada en salud mental comunitaria, sostiene que el impacto de la vida digital todavía está lejos de comprenderse completamente.

“Las redes sociales introdujeron un modelo de interacción basado en la comparación permanente. Los adolescentes construyen su identidad frente a una audiencia invisible que evalúa todo el tiempo. Esa dinámica tiene efectos psicológicos muy profundos”, explicó.

A esto se suma un tercer elemento que aparece en distintos estudios: la transformación de los vínculos sociales y familiares.

Durante décadas, las redes comunitarias funcionaron como una estructura de contención emocional. Pero en muchas sociedades ese entramado comenzó a debilitarse.

“La salud mental está profundamente ligada a la calidad de los vínculos. Cuando esos vínculos se deterioran, aumenta el riesgo de angustia, ansiedad y depresión”, explicó De Rosa.

América Latina, una ventaja que empieza a erosionarse
En el mapa global, América Latina todavía mantiene una ventaja relativa.

Los países de la región suelen registrar niveles más altos de cercanía familiar y comunitaria que Europa o Estados Unidos. Esa estructura social funciona como un amortiguador frente a los problemas de salud mental.

Sin embargo, esa fortaleza también empieza a mostrar señales de desgaste.

Los datos del informe indican que las generaciones jóvenes comienzan a distanciarse de esos patrones de sociabilidad más tradicionales. La digitalización de la vida cotidiana, los cambios en el trabajo y la reorganización de los vínculos están modificando lentamente ese tejido social.

Un problema que recién empieza a discutirse
Los investigadores coinciden en que el deterioro generacional de la salud mental no puede abordarse únicamente desde el sistema sanitario.

El desafío es más amplio.

Implica revisar hábitos alimentarios, repensar la relación con la tecnología, fortalecer redes sociales y crear entornos educativos y laborales que no funcionen únicamente bajo lógicas de presión permanente.

“Si una generación entera llega a la adultez con más dificultades para afrontar la vida cotidiana, las consecuencias no son solo individuales. También afectan a la economía, a la convivencia social y a las instituciones”, advirtió Thiagarajan.

La advertencia empieza a repetirse en distintos países.

No se trata únicamente de un problema clínico.

Es, cada vez más, una cuestión cultural de época.

 

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