Lo que empezó como un rito de paso —la primera salida nocturna, la promesa de independencia y festejo— terminó en una escena de violencia que dejó a un joven de 18 años internado y a una familia sumida en la angustia. El episodio ocurrió a la salida de los boliches ubicados sobre la Ruta Nacional 168, uno de los corredores nocturnos más concurridos del área metropolitana.
Ezequiel, oriundo de Sauce Viejo, fue atacado por un grupo de personas cuando se retiraba del local junto a un amigo. Según el relato de su madre, Alicia, todo comenzó con insultos de desconocidos. Al principio, pensaron que se trataba de una broma. No lo era. Cuando comprendieron que la agresión era real, Ezequiel intentó huir.
La corrida duró poco. De acuerdo con los testimonios reunidos por la familia, alguien le hizo una zancadilla, provocando su caída. Ya en el suelo, recibió golpes y patadas, principalmente en la cabeza. El ataque fue tan violento que el joven perdió el conocimiento y, hasta ahora, no logra reconstruir lo ocurrido.
El parte médico indicó traumatismo de cráneo leve, cabeza vendada y múltiples escoriaciones en las rodillas, compatibles con una caída violenta y un arrastre posterior. Ezequiel permanece internado en el Hospital José María Cullen, bajo observación, mientras se completan estudios para descartar complicaciones neurológicas.
Para su madre, hay un dato que agrava el cuadro: el principal agresor no sería un joven de la misma edad, sino “un muchacho mucho más grande”. La diferencia física y la dinámica del ataque refuerzan la sensación de indefensión que atravesó la víctima. El amigo que lo acompañaba, en tanto, arrastra un fuerte sentimiento de culpa por no haber podido ayudarlo frente a personas que —en palabras de la familia— “tienen calle” y recurren a la violencia como forma de resolución.
El caso reaviva una discusión recurrente en Santa Fe: la violencia grupal en entornos nocturnos y la fragilidad de los controles en las salidas de los boliches. No se trata solo de un hecho aislado, sino de una secuencia que se repite y deja marcas profundas, físicas y emocionales, en jóvenes que apenas empiezan a transitar esos espacios.
Mientras Ezequiel se recupera, su familia pide colaboración para identificar a los responsables. La noche que debía simbolizar libertad terminó en una sala de hospital y en una pregunta que vuelve una y otra vez: cuántas advertencias más necesita la ciudad para revisar lo que ocurre cuando se apagan las luces de los boliches y la violencia queda a la intemperie.

