Trabajar desde pibe

«La mayor bendición para todo hombre es  tener su familia y levantar su casa»

La noche es fría en este nuevo invierno, pero hay calor de hogar. La «Tere» camina de la cocina a la sala acarreando unos mates calientes que saben a bendición.

Santos no duda: «para cualquier hombre trabajador, la palabra más grande y sagrada será siempre, la familia y el segundo orgullo que puede tener un hombre es  levantar su casa».

Cuando nos saluda se siente su mano fuerte y callosa que habla claro: es un hombre que ha trabajado toda su vida. Un padre de familia  honrado que ha salido al mundo desde pibe a sudar la frente y encallecer sus manos para conquistar sus sueños.

Santos Victorio Albarenga nació el 9 de marzo de 1956 en el pequeño pueblito llamado  «El Sombrerito», cerca de la ciudad de Reconquista, departamento General Obligado, extremo norte santafesino vecino del Chaco.

Nos cuenta que «antes del año, mi familia se muda a la estancia de los Bunge y Born en la localidad de La Pelada» en el norte del departamento Las Colonias, donde su padre trabajó de parquero.

Además de sus padres, Santos, el mayor de los hermanos,  tuvo como familia a Lucía, Marta y María Elena que vinieron después, y mientras él desde chiquito ayudaba a su padre como parquero del casco de la estancia.

Fue a la Escuela Primaria 502 donde terminó el séptimo grado, pero ya a los once, modelado por la figura de su papá, quiso trabajar y salía por la tarde, luego de la escuela, a vender diarios por el pueblo para ganar su dinero y ayudar en su casa.

A los quince manejaba el tractor en el campo de los Bunge y Born y con Osvaldo Barbeiro ganaba una moneda más en el negocio de las colmenas y la miel en la zona y en  colmenares que se extendían en el territorio hasta la ciudad de Saurdi.

A los 18 años tomó una decisión importante. Irse del pueblo y dejar a su familia en busca de su propio destino.

Isidro Gómez, su amigo, de edad parecida había ido hasta Esperanza en procura de un trabajo. Así llegó también  Santos con sus maletas y bolsillos flacos de ropa y de plata para trabajar en la empresa marplatense Cardeco, que construía la red de cloacas que según dicen hoy llega hasta la planta de tratamiento de efluentes industriales en zona del extremo norte de la ciudad, cerca del Río Salado.

«Trabajé dos años  y cuando el trabajo se terminó los  capataces me dijeron, te quedás o te venís con nosotros a Buenos Aires». El dilema lo resuelve contando Santos  que «yo ya tenía mis amigos en Esperanza, además la gente era muy buena, no me quise ir».

Pero esa es la mitad de la historia y Teresa que llega desde la cocina con otro rico mate dulce caliente, resuelve el otro cincuenta  por ciento. «Lo que pasa es que ya estábamos de novios» y los dos se ríen.

Teresa Encina sería su compañera para toda la vida. Nacida en la comunidad llamada con un número «101» ubicada cerca de Fortín Olmos, en la zona de Vera, norte santafesino, ella vino con su familia a la ciudad cuando tenía 8 años. Con ella tuvieron cuatro hijos: Luciano de 38, Mauro de 35, Valeria de 34 y Lucas, el más chiquito que quería ser sacerdote, era monaguillo en  el templo María Madre de la Iglesia del Barrio del Arco de la Colonización,  pero el río se llevó su vida.

Tras colocar caños para Cardeco, ganar buen dinero y no querer irse a vivir a San Justo, en Buenos Aires llevado por la empresa, él con 21 y ella con 20, se casaron en el templo de la Basílica Natividad, en ceremonia celebrada por el Padre Luis, del Verbo Divino, ya fallecido.

Por entonces comenzó a trabajar en la empresa Pampa, que se ubicada en calle Janssen en las inmediaciones del Colegio San José, que era una fundición que fabricaba repuestos para tractores para la Fiat de Córdoba.

Allí desarrolló tareas en la fundición del aluminio durante dos años hasta que un día se fue a trabajar con Víctor Van de Velde, en el molido de ladrillos.

«Fue y es un gran amigo. Una excelente persona. Durante tres años trabajé en la molienda de ladrillos en la zona de Ruta provincial  6 y calle Leandro Alem. Trabajamos duro, lo peor era el verano porque el polvillo colorado volaba, transpirábamos y eran todos de color rojo cuando terminábamos el día» recuerda con una sonrisa.

Por entonces vivían con sus suegros, pero ya pensaban en su propio hogar. Así fue que con el dinero del primer nacimiento compraron un terreno por entonces en medio de la nada en Barrio Alborada.

Fue en sesenta cuotas a un costo de 300 pesos.

Hasta que apareció en su vida, quien finalmente la marcaría en su ser trabajador para siempre, quien le dio un oficio.

«Se llama Edelmiro Lamagni. Un gran hombre, un ser humano excelente. Si bien yo siempre tengo de mis patrones la mejor de las relaciones, a este hombre lo llevo en el corazón, porque con él aprendí el oficio de carpintero».

«Muebles Mara» tenía su producción en Alberdi, cerca de calle Güemes.

Luego se mudaron a la esquina de 1ro. de Mayo y Avenida de Los Colonizadores, galpones de la ex fábrica Schneider que hoy son un supermercado chino.

Trabajaron allí hasta que la inefable y mal recordada dupla de Fernando de la Rúa y Domingo Cavallo inventaron el «corralito» y ajusticiaron a toda pequeña y mediana industria en el país, a la que antes ya no se había llevado el no menos inefable presidente Carlos Menem y su espada económica, Domingo Cavallo.

«Trabajé con Edelmiro Lamagni por 25 años, era torneador, y le estoy muy agradecido, para mi más que un patrón es como un hermano. Trabajábamos con Guatambú -hoy una madera casi extinguida- y él me regaló el orgullo de ser carpintero, un oficio a mí, que venía de un pueblo chiquito a pelearla en una gran ciudad como Esperanza.

Trabajé con él hasta que perdí el laburo. Era en el año 2001, un desastre.

Por entonces Miguel Rossler había armado una cooperativa de trabajo, y por su intermedio fui a trabajar en la fábrica de Gerardo Mehring, para hacer sillas» dice con felicidad dado lo difícil que era en ese tiempo conseguir un trabajo para mantener a la familia.

En la fábrica de los Mehring -muy importante en la ciudad- trabajé con esa buena gente por un año y medio. Pero hacía horas extras como torneador en la fábrica del barrio con Ricardo Carrel.

La fábrica de muebles se ubica en calles Pío Jacinto Guala y Paraguay» muy cerca de la casa de la familia Albarenga que vive en Brasil al 1200.

Finalmente Santos deja de trabajar en Mehring y desde entonces es empleado de la firma de la familia Carrel con quien los une otros sentimientos muy fuertes.

La historia vale contarla porque muestra como Dios hace los caminos del encuentro entre los hombres.

Santos como toda su familia es creyente católico. Igual que los Carrel.

Este obrero de la madera tiene otro gusto y es cantar. Es así que formó parte del coro del templo de la Iglesia María Madre de la Iglesia en el barrio del Arco de la Colonización -también cantó  en el coro de la capilla San Pío, en Barrios Unidos, templo que se está edificando- y en esta iglesia son fieles también los integrantes de la familia Carrel, quienes recientemente vieron con mucho amor ver consagrado sacerdote a uno de sus hijos.

Lucas, el hijo de los Albarenga era monaguillo en el templo consagrado a María Madre de la Iglesia, pero a sus 17 años, fue en un verano con su amigo del barrio al río y el agua se robó su vida.

Los Carrel tenían una hija  -además de sus hijos actuales- quien falleció jovencita por una enfermedad terminal. Y esa comunidad cristiana es como una familia grande. Unos se apoyan en los otros y el dolor de ambas familias se hizo curación espiritual mutua.

Con los Carrel, los Albarenga cuando llegaron a ese desierto, hace ya muchos años,  plantaron la mayoría de los árboles que tiene el barrio.

«No queda nada más que la resignación, mejor no hablar de ello» dice Teresa, bajando su cabeza mientras se encamina a la cocina para cebarnos otro mate caliente en la fría noche que cae sobre la ciudad.

«Sin dudas, la familia es la palabra sagrada más grande y para un obrero, construir su casa con sus  propias manos es el más sano de los orgullos» cuenta Santos que junto a su esposa y sus hijos la levantó ladrillo por ladrillo.

Santos cuenta también  jugaba al fútbol en el club Independiente de La Pelada como marcador de punta derecha, dice que recuerda con gran aprecio a Isidro Gómez, su amigo de la infancia que hoy vive en Formosa con su familia, que en su corazón lleva su eterna gratitud por Edelmio Lamagni y Víctor Van de Velde y que Ricardo Carrel más que un patrón es otro hermano que le regaló Dios y la vida.

«Le agradezco a la vida el estar vivo. Levantarme todas las mañanas e ir a mi trabajo. Tener una familia, mis nietas, Delfina, Luciana y Valentina Albarenga» mientras espera el nieto varón y el poder disfrutar de la vida, dándole gracias a toda la gente que fue su compañero de trabajo y a quienes lo ayudaron a vivir en Esperanza, su ciudad adoptiva.

Desde los once que comenzó a vender diarios, incitado por el espejo trabajador de su papá, hasta sus 60 años, este hombre ha trabajado ya 49 años y aún le restan cinco más para jubilarse.

«Mi padre aportó 45 años a la Caja, pero se jubiló con la mínima. Este país es muy  injusto con el obrero, con el que trabaja, deberían tratarnos de otra forma» dice Teresa con sabiduría, como síntesis de una lucha obrera que al parecer no terminará nunca en la Argentina.

Rubén Crippa y Daniel Frank

 

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