El ensayo de la sancarlina Malena Dayer denominado “No les des bola, son pelotudos” fue seleccionado para representar a la provincia de Santa Fe en el Parlamento Federal Juvenil. La joven que asiste a la Escuela «Manuel Belgrano» Nº 213 de San Carlos Centro da a conocer su narración en nuestro medio.
Desde hace alrededor de un año, cada vez que pienso en la tan naturalizada violencia machista me dan incontrolables ganas de gritar y llorar. Es así, por más que tenga amigas con los cuales hablar porque les afecta igual que a mí, por más que sepa de Ni Una Menos, por más que en Twitter lea cómo MalenaPichot refuta cada una de las respuestas machistas que recibe, por más que pueda seguir durmiendo tranquila, la desigualdad de géneros sigue doliendo horrores en lo más profundo de mí. Lógicamente, es necesario recurrir a mi infancia para explicar cómo nació el deseo de lucha.
Hasta casi los ocho años viví en un pueblo muy chico, ya desde mis primeros pasos por el mundo fui muy independiente y a los tres años ya andaba en bicicleta por cualquier lado, y creo que ése, más sólo haber vivido con mi abuela y mi mamá (trabajadoras incansables), fueron los motivadores de mi admiración total al género femenino. Porque pude ver que yo solita podía, que mi mamá podía, y mi abuela podía por las tres. Vi que las dos eran los seres más fuertes que podía conocer; y no era la perspectiva de cualquier infante que ve a sus tutores como héroes, al contrario, yo sabía más que nadie de la debilidad de estas mujeres, por eso era capaz de admirar su infranqueable fortaleza. Más de una vez abrí el monedero de mi mamá para comprarme algo en el kiosco y estaba casi vacío, o vacío del todo, y sin tener los más mínimos conocimientos de economía o política, me horrorizaba el mundo y me maravillaba que mi progenitora siga de pie,cuidándome como nadie.
Vivía sin papá porque él recién se separaba de su familia para, más adelante, formar otra conmigo y mi mamá, y no tener una figura paterna no afectó negativamente en mí. Me extrañaba no vivir con él porque no entendía nada de la situación, yo (como todos los niños) era demasiado perceptiva y necesitaba explicaciones pero no las recibía. Lo que sí me generaba repudio era que en la escuela me pregunten por qué “no tenía papá”. Era como si el padre fuese lo único importante, como si el hombre fuera el papel central e indispensable para que una familia exista: es claro, a mis compañeras mi situación les deformaba todo el modelo básico familiar impreso en sus cabezas, y sus bocas pronunciaban demasiadas preguntas que sólo conseguían aturdirme.
Fui víctima de todos los mandatos sociales hacia las mujeres: quería todos mis útiles de color rosa, bijouterie, mucho maquillaje y un hombre para toda la vida. Mi Barbie no tenía a su Ken, yo le había comprado como pareja a un muñequito que inconscientemente consideraba más heterosexual porque tenía músculos y en las publicidades lo mostraban haciendo actividades “de macho”, por ello lo creía mucho más acorde para una mujer que el rubio “afeminado” que me vendían (por supuesto, no veía al Ken y pensaba en ése adjetivo, pero sí lo percibía con el significado de la palabra).
Sin embargo, mi espíritu de mujer libre no tuvo más que heridas; trepaba todo tipo de árboles, subía a techos, y soñaba al jugar junto a mis primos, con ser detective. Respecto a la sexualidad, la heteronorma se mostró no sólo en querer un Max Steel para la Barbie o un esposo eterno para mí: los días de lluvia me calzaba tacos negros que unas décadas antes usaba mi abuela y salía a la vereda, donde un palito se transformaba en mi cigarrillo y yo en una puta, o mejor dicho, una mujer que planeaba estar con el varón que quisiera (sí, a los seis años el sistema patriarcal no había llegado tan lejos conmigo y podía pensar que una mujer tenía esa justa libertad).
Cuando nos mudamos con mi mamá y comencé a convivir junto a mi padre, la tecnología se hizo más presente en mi vida, y con ella, un universo de estereotipos. A pesar de que antes miraba sola a la siesta novelas que no eran acordes a mi edad y que también vendían horrorosos modelos estándar de mujer (sobre todo físicamente), no fueron tan fuertes como los vendidos por Disney. Sus series eran (y aún son) el transporte más repugnante del machismo, ya que atentan contra los seres más influenciables, las víctimas más fáciles, las atrapa y las transforma para siempre. Todos los jóvenes que actualmente conozco miraron el canal, y muy pocos lograron salir del pensamiento fantasioso e iluso (digno de cualquier película juvenil de Hollywood) que les inculcó. Todas las programaciones cuentan con un punto en común, al menos uno de los papeles centrales está representado por una adolescente que responde fielmente al ideal femenino: siempre arreglada y bien vestida, bondad ilimitada (incluso con el clásico papel de enemigo), algún talento artístico, y lo más importante y enfermizo, un autoestima excesivamente bajo que pretende ser encubierto por profunda humildad e ingenuidad, además también el personaje siempre tiene una pareja sostén, un héroe masculino que salva su vida de la soledad y sin quien se vuelve imposible existir.
En sexto grado mi mentalidad ya estaba bajo los efectos del canal y la violencia de género era lo más lejano a mí, no tenía idea de ella, y no me extrañaba que una mujer sea pasiva ante cualquier riesgo. Sin embargo, cuando tres compañeros me corrieron por toda la escuela para tocarme, yo huí y no recibí ayuda. Me resguardé detrás de la propia directora del establecimiento y ella se rió de la situación; me escondí en la cocina, donde encontré a mi profesora de matemática, quien me dijo: “no les des bola, son pelotudos”. Así, con tal soltura y sin siquiera mirarme a la cara despidió una frase que me dejó boquiabierta y me hizo comprender la realidad: quienes tienen el deber y el poder de defenderte, pueden no hacerlo. Así fue que les conté la situación a mis viejos, los cuales fueron a hablar con la directora y ella comunicó el hecho a mis acosadores. Ellos no lo intentaron más, su último ataque consistió en un dibujo que manifestaba, indirectamente, el deseo mayor del patriarcado: ellos tres felices y yo ahorcada en una soga que colgaba de un árbol. La crueldad no tiene límites, pero el machismo sí: una mujer asesinada.
Me es difícil establecer cuándo me adentré en el feminismo, aunque debido a lo relatado, creo que nací por y con él. La capacidad de las redes sociales para darnos a conocer lo que buscamos es inmensa, y mi caso no fue una excepción; hace alrededor de dos años descubrí en Twitter muchas personas con las que coincidía en algunas formas de pensar, y otras que me provocaban dudas e interrogantes; al mismo tiempo, MalePichot, realizaba videos humorísticos en los que habitualmente mostraba con cierta burla, el rol que se supone que tiene el género femenino en la sociedad, y en esa mofa al machismo fue que comencé a visualizar el asco que me generaba el mismo. Bruscamente abrí los ojos: comencé a notar desigualdad en situaciones o cosas que antes me resultaban súper comunes y empecé a comprender por qué otras ya me incomodaban.
Así, entre horas leyendo blogs, comentarios, textos sobre géneroy debates con mi mejor amigo, llegué a una inmensa satisfacción personal que sólo me dio el poseer una convicción: soy feminista.
“Sí, yo también estoy en contra de los femicidios”, es la respuesta que recibo siempre que emito algún comentario horrorizada por las noticias diarias de asesinatos machistas, y la verdad es que no me relaja, ni me alegra, ni siquiera me resulta agradable oírla. Llegué al punto en el cual me cuesta tener ganas de intercambiar opiniones sobre violencia de género con los demás, y no porque no tenga argumentos (los cuales me cuesta mucho expresar por estar hace poco tiempo inmersa en el tema) o no tolere otra opinión. Es simplemente que cualquier persona en su sano juicio (aquí la excepción de los adorables religiosos islámicos o alguna persona nazi que seguramente queda) está en contra de matar una mujer sólo por ser o sentirse tal, pero ninguna de ellas es capaz de admitir cómo la alianza machista entre la Iglesia y el Estado garantiza y provoca la perpetuidad de la violencia de género, además ya me enerva que los piropos que algunos hombres desconocidos gritan en la calle les parezcan halagos (no lo son porque no hay comunicación o señal de aceptación de opinión por parte de la mujer que los recibe), que casi toda la ropa les resulte provocativa, que quien no sea heterosexual lo considere enfermo y que digan que abortar es asesinar.
“La feminización de la pobreza es un hecho. La falta de oportunidades de empleo acordes con la formación, otro. El acoso y, cuando cabe, la violencia, otro más. Todo ello para un colectivo cuyo único defecto visible parece ser el no haber tenido la previsión de nacer con otro sexo.” Amelia Valcárcel.
Lo más triste de la violencia de género es que está naturalizada, la sociedad casi ya no la ve, no la siente, pero sí la expresa…”Puta” y “puto” son los más claros y habituales ejemplos, que ni siquiera tienen lógica ya que la primera alude a una mujer que tiene sexo con “cualquiera”, y la segunda a un hombre homosexual, es decir, no hay congruencia. A pesar de la necedad, hay pocas agresiones más diarias que ésas. Me resulta insoportable que nadie cuestione cuándo un varón comienza a tener relaciones sexuales y con quiénes o cuántas chicas las mantiene (y sí, ¿o acaso pensaban que un macho podría coger con otro?) y que en cambio las mujeres crezcamos con la idea de que nada será más maravilloso que esperar “al amor de nuestras vidas” para sólo tener sexo con él (y con él no sólo me refiero al amor de la vida, sino también a que se nos impone la heteronorma). La mayoría de las adolescentes de mi entorno tienden a mantener en secreto su primera vez, por miedo a lo que la comunidad pueda pensar y decir de ellas. Algunas veces también llegan al punto en el cual tienen vergüenza de consultar a sus padres por los cuidados que deben tener ya que se sienten demasiado jóvenes para comenzar la vida sexual, mientras es natural que a los niños se les haga chistes recalcando la sexualidad de los mismos desde muy temprana edad y que a los catorce años ya aludan directamente a si han dejado de ser vírgenes o no, generando así, que los mismos nunca sientan inhibición al hablar de sexo. Quiero ahora aclarar en un simple ejemplo, cómo también el machismo perjudica al género masculino: los adolescentes, en total antagonismo con las mujeres, viven presionados por tener relaciones lo antes posible, sólo porque es una de las condiciones fundamentales para sentirse “machos”.
Frecuente es también, la condena y burla de lo “femenino” en los varones. Esto se manifiesta hasta en qué colores pueden o no usar y cuánta preocupación deben darle al aspecto físico. Pero más abominable para la sociedad es la homosexualidad, ni qué decir de las parejas homo que pretenden ser padres/madres. A mi manera de ver las cosas, es simple entender los motivos para estar a favor de que puedan adoptar: los tutores pueden educar a sus hijos orientándolos a un autoestima fuerte y apoyarlos siempre, a su vez, en la etapa escolar, hablar con los demás adultos para que ellos también los formen respetuosos y tolerantes a sus hijos. Obviamente es probable que el infante sufra burlas, como cualquier otro en diversos casos (estatura, forma de pensar/ser, nacionalidad, etc.), es algo casi inevitable. Homosexuales queriendo adoptar a quienes fueron abandonados por parejas heterosexuales, ¿qué importancia tiene la sexualidad de la pareja adoptiva mientras sean personas capaces de brindar profundo amor? Una percepción cotidiana con la que reaccionan es la de que el infante se “sorprende” al ver parejas homosexuales besándose, siendo que tal reacción es completamente natural en una cultura donde la homosexualidad es escondida (¿existió algún programa o telenovela reconocido/a que muestre homosexuales?), y fuera de eso, ya la Psicología y el Psicoanálisis establecieron hace mucho tiempo que cualquier acto sexual (besos, caricias, coito) provoca asombro y desconcierto en la infancia (cuando no trauman).
Dejando a un lado la heteronorma, me es placentero declarar que si hay algo que pone en peligro mi salud psíquica, más aún que oír amigas creyendo que la depilación es un deber, es la religión. Todas las culturas tienen una, y cada una de ellas está repleta de costumbres machistas. Así, por tradición son impuestas las religiones, y por tradición se infunde el machismo. Como dice Eduardo Galeano en su libro “Patas arriba: la escuela del mundo al revés”:
“No hay tradición cultural que no justifique el monopolio masculino de las armas y de la palabra, ni hay tradición popular que no perpetúe el desprestigio de la mujer o que no la denuncie como peligro. Enseñan los proverbios, trasmitidos por herencia, que la mujer y la mentira nacieron el mismo día y que palabra de mujer no vale un alfiler […].
Por algo fueron mujeres las víctimas de las cacerías de brujas, y no sólo en tiempos de la Inquisición […]. Sólo la posesión de Satán podía explicar tanto fuego prohibido, que por el fuego era castigado. Mandaba Dios que fueran quemadas vivas las pecadoras que ardían. La envidia y el pánico ante el placer femenino no tenían nada de nuevo. Uno de los mitos más antiguos y universales […], es el mito de la vulva dentada […], insaciable boca de piraña que se alimenta de carne de machos. Y en este mundo de hoy, en este fin de siglo, hay ciento veinte millones de mujeres mutiladas del clítoris”.
Afirma con mayor especificidad el español Ramón Torre Cañal en su blog online <Papá, ¿qué es el aborto?> en apoyo a la legalización del mismo:
“En 2009, el cardenal Cañizares, en España, ya consideraba peor el aborto que el abuso sexual de niños protagonizado durante décadas por miembros de su iglesia”.
Me resulta imposible procesar semejante atrocidad. No comprendo cómo puede alguien considerar “peor” interrumpir el crecimiento de un embrión que no sufre siquiera dolor (ya que cuando está la posibilidad de realizar un aborto -que es hasta las ocho semanas de embarazo- el embrión no tiene sistema nervioso) a que un infante sea abusado sexualmente, cuando ya sería un ser consciente y el hecho resultaría un trauma para toda su vida (¿”Dios sanará su mente”?, sin embargo hasta los creyentes realizan terapia).
Y aprovecho estas revolucionarias citas para ahondarme en una problemática que –afortunadamente- se hace minuto a minuto más discutida por profesionales o quienes no han leído nada del tema en todos los medios masivos de comunicación: el aborto.
La filosofía ultrareligiosa de las organizaciones autodenominadas «provida» (defender la vida debería estar ligado a poder elegir qué hacer con ella) no sólo consiste en vivir su fe de la manera que deseen, sino básicamente en imponer a los demás su visión del mundo, aunque esta vaya contra los derechos humanos reconocidos universalmente, en especial aquellos relacionados con la sexualidad y la reproducción. Bajo esta visión, las mujeres sólo tenemos una misión en la vida: ser madres abnegadas. Estos grupos, a través de sus campañas, buscan que lo que para algunos es un pecado, se convierta en un delito para el resto y sea castigado con todo el peso de la ley. Afortunadamente, las razones para la legalización del aborto son muy simples, aunque no lo parezca.
En primer lugar, para cualquier Estado- Nación, la soberanía reside en el pueblo. Para las personas defensoras de los derechos sexuales y derechos reproductivos, el cuerpo es el primer territorio desde el que ejercer la soberanía, ya que quien no pueda decidir qué hacer con su cuerpo no podrá nunca ejercer la ciudadanía en un Estado soberano. La idea, por tanto, de que las mujeres tenemos los mismos derechos que los hombres en un Estado libre y democrático, resultará siempre una falsedad mientras éstas no sean libres de tomar sus propias decisiones sexuales y reproductivas.
En segundo lugar, aunque las estadísticas no sean el medio más confiable, los datos aportan que en los países donde el aborto se legalizó, bajó estrepitosamente la cantidad realizada, porque bajó el número de embarazos no deseados gracias a los esfuerzos integrales hechos en materia de educación sexual y acceso a métodos anticonceptivos. En tercer lugar, hay que tener en cuenta que muchas veces el aborto es la solución extrema frente a una cadena de violencias que empieza en las relaciones de poder asimétricas entre varones y mujeres en las relaciones sexuales, siendo los embarazos no deseados producto de violaciones (muchas veces intramatrimoniales) o también producto de la negación de algunos varones a usar métodos anticonceptivos. Por último, el aborto es una realidad ineludible. En promedio todas las mujeres abortamos espontáneamente al menos dos veces en el transcurso de nuestras vidas. La criminalización no reduce la cantidad de abortos, pero somete a las mujeres a una práctica insegura que pone en riesgo sus vidas.
Es indispensable puntualizar que con la despenalización no alcanzaría, sólo la legalización garantiza la puesta en función de un andamiaje estatal de políticas públicas que incluya abortos efectivos en los hospitales públicos y educación sexual eficaz.
Finalmente, quiero decir, que el género mismo es violencia y citar a quien ya aclamé bastante, Malena:
“Masculino y femenino son construcciones.[…]No hay virtud en ser de ningún género, sí la hay en ser todos o en no ser ninguno, eso creo yo, copiándole a Butler, en eso de deshacer el género. El orgullo en responder exactamente al lugar común de un estereotipo es la cárcel del género, en ese orgullo recae a la vez la exigencia de responder a ese estereotipo. El orgullo de estar flaca es la exigencia de estar flaca, es la cárcel del género. En el orgullo de ser viril está la exigencia de ser fuerte y la cárcel del género. No estoy alardeando de que me haya liberado de mi cárcel, de mi estereotipo, pero estoy convencida de que la única manera de superar al estereotipo y a su exigencia es detectarlo. Estar consciente del estereotipo que nos rige es la única forma de vencerlo y en la lucha por vencerlo se encuentra una sensación de libertad y alegría que recomiendo muchísimo.”
Nota relacionada:
Sancarlina electa para representar a la provincia en el Parlamento Federal Juvenil



