Luis Caputo no quería intervenir. Esa era la narrativa.
El mercado, decía, debía autorregularse dentro de una banda cambiaria amplia —entre $1.000 y $1.400— sin necesidad de presencia estatal. Pero este miércoles, el ministro de Economía ordenó lo que hasta hace poco evitaba: el Banco Central volvió a intervenir comprando divisas para sostener reservas.
La operación fue significativa: US$ 500 millones, según datos informados por la agencia Bloomberg y confirmados por el propio director del BCRA, Federico Furiase (@fedefuriase). Las reservas del Banco Central subieron así a US$ 39.551 millones, frente a los US$ 39.060 millones del día anterior.
No es la primera vez que sucede. Caputo ya había adoptado esta estrategia a fines de junio y principios de julio. Lo que cambia esta vez es el tono político: el gobierno libertario acepta tácitamente que necesita intervenir, aunque su discurso insista en lo contrario.
La presión no viene solo del mercado. También del Fondo Monetario Internacional, que exige fortalecer las reservas como condición para avanzar en nuevas etapas del acuerdo financiero. En ese contexto, esta compra de divisas funciona también como mensaje hacia Washington: hay voluntad de cumplir, aunque sea a costa del relato.
Mientras tanto, los operadores financieros toman nota. La “no intervención” quedó desdibujada por la necesidad. El gobierno está dispuesto a poner plata cuando ve riesgo sistémico. Y eso, en sí mismo, es una forma de regulación.
El caso Caputo ilustra un fenómeno más amplio: la economía argentina se resiste a los extremos. Incluso los gobiernos que dicen odiar el Estado terminan usándolo cuando la tensión amenaza con desbordar. Y en ese momento, lo ideológico cede ante lo inevitable.


