El dólar oficial tocó su valor más bajo en tres meses y la explicación más directa no es épica ni misteriosa: hay más dólares que demanda. Juan Carlos de Pablo, economista con llegada habitual a Javier Milei, lo resumió con una imagen cruda: el Banco Central está actuando como “dique” para evitar que la cotización caiga todavía más rápido.
Esa frase invierte el relato clásico argentino. Durante años, el problema fue la escasez de divisas y el miedo a la suba. Ahora, el dato político es otro: el Gobierno queda asociado a un mercado donde el precio baja, pero el Banco Central interviene igual. No para sostenerlo alto, sino para administrar la velocidad de la caída. En otras palabras: la calma cambiaria existe, pero está dirigida.
De Pablo enumeró tres motores de oferta. La liquidación de exportaciones, la entrada de capitales y un componente que se empezó a sentir más: provincias colocando bonos dollar-linked, instrumentos que se ajustan por el tipo de cambio oficial y empujan más dólares al circuito. Ese detalle tiene lectura federal: cuando los distritos financian su transición de caja con deuda atada al dólar oficial, el mercado cambia de textura y el BCRA termina absorbiendo excedente para que la baja no se transforme en estampida descendente.
El trasfondo es que el Banco Central viene comprando fuerte en el mercado oficial. En los últimos días se habló de racha compradora prolongada y de reservas que volvieron a ubicarse por encima de los US$45.000 millones, con jornadas de compras netas significativas. Ese dato le sirve al Gobierno como señal de fortaleza, pero deja una tensión abierta: si el precio del dólar baja porque sobran divisas, ¿cuánto de esa “fortaleza” depende de que el Central se lleve parte del flujo?
La otra pregunta —la que De Pablo no cierra— es la más delicada para el oficialismo: por qué la inflación se mantiene arriba del 2% mensual aun con un dólar que afloja y un discurso de “no emisión”. Su postura es casi una advertencia profesional: el diagnóstico no está cerrado ni siquiera para quienes miran los mismos tableros dentro del equipo económico.
Para Santa Fe, el dato relevante no es el número de pantalla sino el efecto en cadena. Un dólar oficial más bajo puede ayudar a sostener expectativas en el corto plazo, pero aprieta márgenes exportadores y reordena decisiones de inversión y empleo en sectores que viven de vender afuera. Y si el mercado se llena de instrumentos dollar-linked provinciales, la discusión deja de ser “macro” y entra en la política concreta: cómo se financian los distritos y a qué costo, en un escenario donde la variable cambiaria dejó de ser un incendio y pasó a ser un termostato.
Lo que queda, en el fondo, es un problema de credibilidad: un Gobierno que festeja la baja del dólar como síntoma de normalización, y un Banco Central que compra para que esa baja no sea demasiado rápida. La escena puede convivir un tiempo. La pregunta es qué pasa cuando el mercado quiera probar el límite.


