El Gobierno nacional anunció con despliegue comunicacional la “implementación” del Servicio Militar Voluntario. Lo hizo como si fuera una novedad. No lo es. En la Argentina, el servicio voluntario rige desde 1994, cuando la muerte del conscripto Omar Carrasco en un cuartel del Ejército obligó al país a cerrar un capítulo oscuro de su historia. Desde entonces, el uniforme dejó de ser obligación y pasó a ser elección. Lo que el Gobierno de Javier Milei presentó este martes no es una creación, sino una reconfiguración estratégica del programa ya existente.
Y sin embargo, importa.
Porque detrás del anuncio hay algo más que ajustes técnicos: hay una narrativa política que se construye en el contraste. Donde antes hubo rechazo, ahora hay reivindicación. Donde hubo trauma, ahora se ofrece oportunidad. El mensaje no es tanto sobre las Fuerzas Armadas, sino sobre la idea de orden, sacrificio y nación que el oficialismo busca reinstalar en la cultura cívica.
¿Qué cambia, entonces?
Según los ministerios de Defensa (Luis Petri) y Capital Humano (Sandra Pettovello), las modificaciones amplían el alcance y la estructura del servicio. La edad para ingresar se estira de 24 a 28 años. El secundario completo pasa a ser un requisito excluyente. Se incorpora más instrucción militar, pero también mayor formación en emergencias, oficios y ayuda humanitaria. Por primera vez, todos los voluntarios recibirán certificaciones laborales formales. Antes, solo algunos accedían.
Además, se reglamenta un sistema de ascensos dentro del programa: quien entra como soldado o marinero segundo puede avanzar a primero, e incluso seguir carrera en la Escuela de Suboficiales. Si decide no continuar, se incorpora automáticamente a la Reserva.
Es decir, se introduce una lógica de movilidad y pertenencia que busca atraer a jóvenes en situación de vulnerabilidad o sin horizontes claros. Un programa que antes operaba casi en silencio, ahora se convierte en plataforma de valores y capital simbólico.
¿Por qué anunciarlo como si fuera nuevo?
La respuesta está en el manual del storytelling político. Decir que algo “se implementa” es más efectivo que decir “lo ajustamos”. En un gobierno que se construye desde la ruptura y no desde la continuidad, no hay lugar para reconocer lo que ya funcionaba. Lo que Milei vende no es solo un plan, sino una idea: que el esfuerzo individual vuelve a tener recompensa, que la patria merece ser servida, que la juventud puede encontrar disciplina en un tiempo que parece haberla perdido.
Pero hay un riesgo. Si el programa se sobrevende como panacea y no cumple con su promesa de transformación real, el relato se pincha. Ya no bastará con ofrecer una boina y un certificado.
Por ahora, el movimiento es astuto: tomar una política que ya existía, elevarle el volumen, asignarle épica y alinearla con los valores del presente gobierno. En definitiva, darle un nuevo uniforme al pasado sin cambiarle la esencia.
En tiempos de inflación política de anuncios, a veces no importa tanto qué se dice, sino cómo se presenta. Y, sobre todo, para qué.


