Ezeiza: Cuando el desastre se vuelve personal

El incendio que arrasó parte del Polo Industrial Spegazzini se convirtió en noticia nacional por su magnitud, pero la voz quebrada de Alejandra Maglietti terminó de instalar el costado que suele quedar fuera de las placas: el daño que una catástrofe provoca en las vidas concretas. Su relato, acompañado por la imagen de un complejo fabril destruido, mostró que detrás de las columnas de humo hay proyectos familiares que se desmoronan en minutos.

La modelo contó en televisión que la empresa de su pareja quedó entre las afectadas. Lo hizo con la mezcla de angustia y desconcierto de quienes pasan una noche sin dormir, intentando sostener la calma mientras las pericias se demoran y el fuego avanza sin dar señales de control. Ese fragmento de su testimonio se viralizó con rapidez y se volvió punto de identificación para cientos de personas que también se vieron alcanzadas por la explosión.

El episodio, que comenzó en una firma dedicada a la logística de agroquímicos, derivó en un incendio que se extendió a decenas de galpones y forzó un operativo inédito. Más de setenta dotaciones de bomberos, equipos policiales y personal sanitario trabajaron durante horas para evitar un daño mayor. Aún así, la destrucción fue amplia: techos colapsados, estructuras retorcidas y materiales consumidos por completo.

En paralelo, emergió el desconcierto lógico de quienes dependen de ese complejo para sostener su empleo. Las primeras estimaciones hablan de miles de puestos de trabajo comprometidos, un número que dimensiona la importancia económica del área y explica la ansiedad que se vio en redes sociales. En cuestión de horas, la conversación dejó de girar únicamente en torno a la espectacularidad de las llamas para concentrarse en el día después: qué empresas podrán recuperarse, quién absorberá las pérdidas y cuánto tardará en restablecerse la actividad.

La viralidad también reactivó recuerdos incómodos. Entre las compañías alcanzadas figura Iron Mountain, una presencia que inevitablemente remite al incendio de Barracas en 2014. Aquel antecedente, todavía sin un cierre judicial definitivo, alimentó especulaciones que hoy conviven con el pedido de cautela de las autoridades. La fiscalía a cargo del caso insiste en que las pericias no podrán empezar hasta que el foco esté completamente extinguido.

Mientras tanto, los vecinos de los barrios cercanos transitan la incertidumbre habitual en situaciones de este tipo. Aunque no se detectó una nube tóxica, sí se advirtió la presencia de partículas en suspensión que obliga a extremar cuidados. Las familias afectadas siguen de cerca cada parte oficial, intentando recuperar algo de previsibilidad en medio del caos.

El testimonio de Maglietti funcionó como un recordatorio de que las grandes catástrofes industriales no solo se miden en metros cuadrados quemados. También dejan marcas en quienes dependen de esas estructuras para trabajar, producir o sostener una vida construida durante años. Y aun cuando las causas del siniestro se definan, el verdadero desafío será reconstruir un tejido económico y emocional que no se repone con un operativo de emergencia.

 

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