Un campo en la cuerda floja: malestar, promesas rotas y economías que se hunden

Flor de promesa para cosecha magra. Así resumen muchos productores santafesinos lo que sintieron tras el paso en falso del Gobierno nacional respecto a las retenciones. La ilusión fugaz de una rebaja –aunque parcial y transitoria– fue reemplazada por una decisión que impactó como un mazazo en el interior productivo: el regreso al esquema anterior. El resultado: desconcierto, bronca y un nuevo capítulo en la distancia emocional entre Buenos Aires y la tierra que produce.

“El Gobierno no entiende el impacto de las retenciones en la economía del interior del país”. La frase no es nueva, pero esta vez llegó con un tono de desesperación. La dijo Ricardo Argenti, presidente de la Sociedad Rural de Santa Fe, en una entrevista radial que rápidamente comenzó a circular entre chacareros, contratistas y dirigentes rurales. “Muchos productores se están fundiendo”, agregó, sin eufemismos.

Promesas incumplidas, facturas abiertas
Javier Milei había calificado a las retenciones como “un robo” durante la campaña presidencial. Prometió reducirlas hasta eliminarlas. Su electorado agropecuario, fiel e ideológicamente alineado con su proyecto libertario, esperaba al menos una hoja de ruta clara. Pero lo que recibió fue lo contrario: un volantazo que reinstala el mismo mecanismo tributario que el propio Presidente había jurado desterrar.

“Todos pensamos que esta reducción, si bien era temporal, era un primer paso. Nunca creímos que iba a retroceder. Es una señal muy preocupante”, lamentó Argenti. La tensión crece, sobre todo entre los pequeños productores, esos que no tienen espalda financiera ni margen de error. Y los errores climáticos, como se sabe, no se eligen.

Clima adverso, presión impositiva y asimetrías
En el centro-norte de Santa Fe, la combinación de sequías prolongadas, granizo fuera de temporada y plagas imprevistas dejó cosechas por debajo del umbral de rentabilidad. Aun así, las obligaciones fiscales se mantuvieron sin alteración.

“Seguimos siendo productores de punta en tecnología, en eficiencia, pero estamos asfixiados”, explican desde la entidad rural. A eso se suma una paradoja regional que duele: “Nuestros vecinos —Brasil, Paraguay, Uruguay— nos superan en producción proporcional, con tecnología que nosotros les exportamos cuando éramos líderes”. Hoy, muchos de esos países subsidian su producción; Argentina la castiga.

El interior productivo que no entra en Excel
La crítica principal de los ruralistas no es solo económica: es política. No se trata solo del peso fiscal, sino del modo en que se toman las decisiones. En los despachos de la Casa Rosada, los números cierran en las planillas. Pero en el campo, cada número representa una hectárea hipotecada, un equipo vendido, un proyecto postergado.

“La desconexión es total”, concluye Argenti. “No entienden que cada punto de retención que se sostiene o se sube es una oportunidad que se pierde en nuestras comunidades: menos trabajo, menos inversión, menos vida”.

La discusión no es técnica: es existencial. En los pueblos del interior, las decisiones de escritorio se traducen en tambos que cierran, en hijos que emigran, en camiones que ya no cargan. El malestar no es ideológico: es profundamente territorial.

 

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