La imagen de autos oxidados, cubiertos de hojas y basura, olvidados en esquinas o frente a casas vacías no es nueva para quienes caminan por las calles de Santa Fe. La reciente confirmación de que existen al menos 300 vehículos abandonados en la vía pública oficializa lo que la ciudadanía hace tiempo denuncia: que el abandono urbano no solo es visual, sino estructural.
El anuncio de que comenzarán a retirarlos y llevarlos a una planta de compactación en el ex frigorífico La Tablada es un paso en la dirección correcta. Pero como toda respuesta tardía, llega después del deterioro y no lo previene, lo remedia parcialmente.
¿Por qué llegamos a esto?
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Falta de control sostenido en el espacio público
Durante años, no hubo una política activa de detección y remoción de vehículos abandonados. No hay que ser funcionario para identificar un coche en desuso que lleva meses —o años— en la calle. La inacción es doble: del Estado y de la comunidad, que muchas veces naturaliza lo inaceptable. -
Burocracia paralizante
El mismo secretario de Gobierno, Sebastián Mastropaolo, admitió que uno de los principales cuellos de botella es el procedimiento legal de notificación, que suele ser largo, ineficiente y fácilmente evadible. El resultado: los autos siguen allí, inmóviles, hasta que se transforman en un foco de inseguridad, insalubridad o vandalismo. -
Ausencia de infraestructura básica
Que recién ahora se acondicione el acceso a un predio público para permitir el ingreso de grúas es otra señal del desorden acumulado. La Municipalidad no solo no tenía un sistema de remoción ágil, ni siquiera contaba con un espacio adecuado para el traslado de los vehículos. -
Modelo de gestión reactiva, no preventiva
El operativo de compactación llega cuando el problema ya es voluminoso, visible y molesto. No hubo un plan de detección temprana, ni alertas barriales automatizadas, ni convenios preventivos con grúas o chatarrerías locales. La intervención es reactiva y, como tal, siempre será más costosa. -
Degradación social y económica
No se puede ignorar el contexto. Muchos autos abandonados corresponden a situaciones de deterioro social: personas que ya no pueden pagar el mantenimiento, herencias judicializadas, expropiaciones incompletas o abandono por mudanzas forzadas. La marginalidad también se estaciona, y nadie la remueve.
¿Una solución o apenas un maquillaje?
Que se retire y compacte la chatarra es positivo, pero si no se acompaña con una estrategia urbana integral, en seis meses habrá otros 300. Las ciudades que resolvieron este problema lo hicieron con:
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Sistemas digitales de denuncias ciudadanas en tiempo real
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Registros públicos con plazos legales claros y visibles para remoción
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Equipos municipales permanentes de control urbano
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Campañas educativas para propietarios y vecinos
Conclusión:
Los autos abandonados son la punta del iceberg. Detrás hay una lógica de gestión que tolera el desorden hasta que se vuelve crisis, una cultura cívica que naturaliza el deterioro y un sistema legal que protege más la inacción que el bien común.
Compactar la chatarra es útil. Evitar que se acumule, es urgente.


