SANTA FE — El portón de la escuela está cerrado. Y no por feriado, ni por paro docente, ni por falta de clases. Está cerrado porque el miedo entró primero. Y cuando el miedo entra en una escuela, lo demás —las tareas, el timbre, los recreos— deja de tener sentido.
En el anexo de la escuela Nº 1224 “Nuestra Señora de Itatí”, en el barrio Varadero Sarsotti de la ciudad de Santa Fe, las clases están suspendidas hasta el lunes. Pero lo que está suspendido no es solo el ciclo lectivo: lo que se interrumpió abruptamente fue la idea misma de que ir a la escuela puede ser seguro.
El martes, un episodio violento comenzó con la agresión a un docente y terminó con seis detenidos, patrulleros destrozados y cuatro policías heridos, algunos con lesiones en los ojos provocadas por la rotura de vidrios. El establecimiento, ubicado en una zona con un solo acceso por el conflictivo camino frente a barrio Centenario, quedó atrapado entre el hecho policial y la desprotección estructural.
Clases suspendidas, comedor abierto
Aunque el Ministerio de Educación había previsto el retorno a clases este jueves, al llegar al lugar se confirmó lo contrario: el edificio sigue cerrado. Sin embargo, el comedor escolar permanece en funcionamiento, y son los propios familiares quienes se acercan a retirar las viandas. La escuela, así, se transforma —una vez más— en una cocina solidaria, cuando no puede funcionar como espacio de enseñanza.
Los docentes, por su parte, exigen garantías concretas. No solo piden seguridad: piden un corredor seguro, un trayecto vigilado y protegido que les permita, al menos, llegar a dar clase sin temor. Lo que reclaman no es un privilegio, es el piso mínimo para que el derecho a la educación no se convierta en una trampa para quienes deben garantizarlo.
Escuelas que se apagan
“Lo que ocurrió es lamentable. Ojalá no cierren la escuela. Ya nos pasó con el consultorio y con la copa de leche de Los Sin Techo”, dijo una vecina del barrio. En esa frase, sin quererlo, resume una secuencia repetida en los márgenes urbanos: los espacios públicos se apagan uno a uno, primero por abandono, luego por inseguridad, finalmente por resignación.
Cuando una escuela cierra sus puertas por miedo, el daño no es solo educativo. Es político. Porque indica que el Estado se retira, y cuando el Estado se retira, la violencia ocupa el lugar. Hoy es el anexo de una escuela. Ayer fue el consultorio. Mañana, quizás, el club, la plaza, la última presencia de algo compartido.
La pregunta no es si volverán las clases el lunes. La pregunta es: ¿cómo se vuelve cuando ya no hay confianza en que se pueda enseñar sin riesgo?


