SANTA FE — En una década en la que la Argentina experimentó un crecimiento del 54 % en la cantidad de egresados de los institutos de formación docente, Santa Fe apenas alcanzó un 3 %. La provincia, que aparece entre las tres con más estudiantes en carreras del magisterio, se ubica también entre las cuatro jurisdicciones con menor cantidad de graduados. La cifra en sí misma preocupa, pero lo que inquieta aún más es lo que revela: un sistema que pierde eficacia en el tránsito entre la vocación y la titulación.
Según un informe de la organización Argentinos por la Educación, basado en datos oficiales del Relevamiento Anual de la Secretaría de Educación, Santa Fe tuvo en 2024 poco más de mil egresados docentes provenientes de institutos terciarios —la mayoría de los cuales forman a quienes luego enseñan en nivel inicial y primario—, frente a una matrícula total de más de 35.000 estudiantes.
El desfase entre los que ingresan y los que logran recibirse es el síntoma más visible de un fenómeno estructural: el cuello de botella en la formación docente. Las causas están lejos de ser solo académicas.
Ocho años para una carrera de cuatro
La carrera docente, diseñada para completarse en cuatro años, requiere en la práctica casi el doble de tiempo. “En promedio, los estudiantes tardan ocho años en recibirse. Es un patrón que se repite en todo el país, pero que en Santa Fe genera un impacto particular, porque la matrícula es alta y el nivel de egreso es bajo”, explica Leyre Sáenz Guillén, analista de datos de Argentinos por la Educación y coautora del informe.
De cada 100 estudiantes que comienzan el profesorado, solo 7 llegan a recibirse. Los motivos que explican esta demora —o el abandono— son múltiples, pero dos factores se repiten con fuerza: las condiciones socioeconómicas de quienes eligen la carrera y el deterioro de las condiciones laborales del magisterio.
“La mayoría de los estudiantes provienen de sectores de ingresos medios o bajos. Muchos deben trabajar mientras estudian, lo que retrasa o interrumpe la cursada”, señala Sáenz Guillén. A eso se suma que Santa Fe es la octava provincia con el salario docente más bajo del país, lo que no solo desincentiva el esfuerzo por titularse, sino que, en algunos casos, favorece la deserción si los estudiantes consiguen empleo formal antes de terminar.
Una realidad que no se alinea con la demanda
A diferencia de lo que ocurre a nivel nacional —donde el crecimiento de egresados supera al de la matrícula escolar básica— en Santa Fe la relación va casi en paralelo: en los últimos diez años, la población escolar creció un 4 % y los egresados apenas un 3 %.
“Esto significa que la provincia apenas logra formar la misma cantidad de docentes que requiere el sistema educativo, sin generar un excedente que permita cubrir vacantes no previstas, ni especialidades críticas como matemática o ciencias”, apunta Sáenz Guillén.
El informe advierte que no existe un seguimiento detallado de la trayectoria de los estudiantes desde el ingreso hasta el egreso, ni una planificación nacional que coordine la oferta formativa con las necesidades reales del sistema. Como resultado, pueden faltar docentes en algunas áreas clave mientras en otras sobran.
¿Falla del sistema o síntoma de algo mayor?
La crisis en la formación docente no es exclusiva de Santa Fe, pero en la provincia toma una forma especialmente aguda: hay muchos estudiando, pocos egresando, y una sensación persistente de que el esfuerzo individual no se corresponde con incentivos claros para recibirse y ejercer.
Romina de Luca, investigadora del Conicet y también coautora del informe, lo resume con claridad: “La falta de datos desagregados impide evaluar bien las políticas educativas, y sobre todo, planificar la formación inicial y continua en función de la demanda real del sistema escolar”.
Una deuda con los que enseñan
En el fondo, el problema no es solo de cifras. Es una pregunta que atraviesa la política pública: ¿qué condiciones está ofreciendo la provincia para formar, sostener y estimular a quienes quieren enseñar?
Mientras tanto, cada aula sin cubrir, cada egreso demorado y cada carrera que se prolonga sin título refleja no solo un problema de eficiencia, sino una falla en el cuidado de quienes eligen —con esfuerzo y vocación— formar a los demás.


