La fuga silenciosa: docentes jóvenes abandonan la Universidad Nacional del Litoral

En un contexto de severo ajuste presupuestario, la Universidad Nacional del Litoral (UNL) atraviesa una pérdida sistemática de su capital humano más estratégico: los docentes jóvenes. Desde enero de 2024 hasta mayo de 2025, un total de 151 profesores y auxiliares presentaron su renuncia, y otros 26 solicitaron licencias sin goce de haberes. El dato que alarma a la comunidad educativa es el perfil etario de quienes se desvinculan: más del 80% tiene menos de 50 años.

Lejos de ser un fenómeno aislado, esta sangría se inscribe en una crisis estructural que afecta a las universidades públicas de todo el país. El deterioro de los salarios, el pluriempleo como condición de subsistencia y la falta de perspectivas dentro de la carrera docente están expulsando a quienes —por formación, experiencia y proyección— constituían la base de la renovación académica.

Según el informe oficial de la UNL, entre las 151 renuncias se cuentan 24 profesores y 127 auxiliares. De estos, 81 tienen menos de 40 años. El grupo etario más afectado es el de 30 a 39 años, con 54 renuncias registradas. A estas cifras se suman las 26 licencias presentadas, en su mayoría por motivos personales o estudios en el exterior, muchas de las cuales son antesala de una desvinculación definitiva.

“Estamos perdiendo docentes en la etapa más activa de su desarrollo académico, con capacidad de innovación y proyección institucional”, alertó el rector Enrique Mammarella. Según datos de la propia universidad, la pérdida total de personal docente en los últimos 17 meses alcanza el 7,34% de la planta, frente a un 4,77% en los dos años anteriores.

El informe también detalla 103 jubilaciones —61 profesores y 42 auxiliares—, que terminan de completar un cuadro de vaciamiento paulatino. Sin recambio a la vista, la sostenibilidad del sistema universitario público aparece hoy comprometida no solo por falta de recursos, sino por la pérdida de vocación.

A medida que la política nacional posterga respuestas, las universidades parecen encaminarse hacia un modelo cada vez más frágil. Y si bien el deterioro puede medirse en porcentajes, su impacto final —en la calidad de la enseñanza, en la producción de conocimiento, en la esperanza profesional de las nuevas generaciones— sigue siendo incalculable.

 

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