La transición del 31 de diciembre al 1 de enero dejó un saldo que no se explica por “una mala noche”. En pocas horas, Santa Fe sumó asesinatos, ataques armados y heridos de bala en puntos distintos de la provincia. El cambio de año no trajo pausa: confirmó continuidad.
En la ciudad de Santa Fe, el foco estuvo en barrio Loyola Sur. Allí se encadenaron hechos de violencia extrema con víctimas fatales y heridos, en una secuencia que obligó a operativos y reacciones institucionales rápidas. La clave no fue solo la cantidad, sino la lógica: una dinámica que aparece como retaliación, mensaje territorial y disputa, todo a la vez. Esa combinación vuelve más difícil cortar la escalada, porque no se trata de un episodio aislado sino de una trama.
El 31 de diciembre también abrió un segundo mapa, menos urbano y más inquietante por lo inesperado. En Sauce Viejo, sobre el río Coronda, aparecieron dos personas asesinadas dentro de una canoa a la deriva. La escena funciona como un recordatorio incómodo: la violencia no queda confinada a un barrio. Se desplaza, usa otros corredores y deja señales que, por su rareza, quedan grabadas en la conversación pública con una potencia propia.
Rosario aportó otro capítulo en la previa de Año Nuevo. Un adolescente fue asesinado a tiros en la zona sur, en un hecho que volvió a mostrar un patrón que la ciudad conoce demasiado: armas disponibles, conflictos que se resuelven con ejecución y una frontera cada vez más tenue entre el delito juvenil y la violencia organizada. Incluso cuando hay detenidos, el efecto social persiste: la sensación de repetición.
El 1 de enero, ya con el día en marcha, la violencia siguió registrándose en otros puntos de la provincia. En el norte santafesino, un ataque a balazos dejó heridos. No es un detalle menor: cuando los hechos se distribuyen geográficamente, el problema deja de ser “un lugar caliente” y pasa a ser un clima provincial.
La conclusión no es un eslogan. Es una lectura operativa: Santa Fe entra a 2026 con una violencia armada que se volvió transversal, capaz de aparecer en barrios densos, en ciudades grandes y también en escenarios periféricos. El desafío no es narrativo; es de capacidad real para anticipar, intervenir y sostener presencia donde el delito usa la noche y la dispersión como ventaja.


