Cuatro de cada diez jóvenes no logran irse de la casa familiar y la cifra no baja hace una década

En 10 segundos:

  • Qué pasó: un estudio nacional confirma que el 38,3% de los jóvenes no puede mudarse solo.

  • Qué cambia desde hoy: nada: el indicador está clavado desde hace diez años.

  • A quién le pega: jóvenes de 25 a 35 años, especialmente quienes estudian o trabajan en la informalidad.

  • Qué mirar ahora: empleo joven, costo del alquiler y acceso a ingresos estables.

Santa Fe, 22 de enero de 2026.

Cuatro de cada diez jóvenes argentinos no logran mudarse solos. El dato, lejos de ser coyuntural, se mantiene estable desde hace al menos una década y revela un problema estructural que combina salarios bajos, empleo inestable y un mercado de alquileres cada vez más exigente. La conclusión surge de un relevamiento basado en la Encuesta Permanente de Hogares, que cubre las 34 principales ciudades del país.

El promedio nacional es del 38,3%. Traducido a personas, significa que alrededor de 1,8 millones de jóvenes permanecen en el hogar familiar por falta de condiciones materiales para independizarse. La cifra no mejora pese a los cambios económicos, políticos y sociales del último decenio, lo que refuerza la idea de un bloqueo persistente en el acceso a la autonomía.

Las diferencias regionales son marcadas. En el norte del país, los valores llegan al 65% y 66%, mientras que en ciudades con mayor actividad económica y polos universitarios el indicador baja. Ushuaia registra uno de los porcentajes más bajos, con 20%, y la Ciudad de Buenos Aires se ubica en 24%. La provincia de Santa Fe aparece por debajo de la media nacional, con un nivel cercano al 30%, tanto en la capital como en Rosario. Sin embargo, el dato local comparte el mismo problema de fondo: no muestra mejoras sostenidas en el tiempo.

El trabajo aparece como el primer factor determinante. Entre los jóvenes que lograron emanciparse, la desocupación ronda entre el 4% y el 5%. Entre quienes siguen viviendo con sus padres, el desempleo trepa al 10% u 11%. La brecha se amplía al mirar los ingresos: quienes se mudaron ganan, en promedio, un 15% más que la población económicamente activa, mientras que los que no lo hicieron perciben cerca de la mitad de ese nivel.

La informalidad laboral refuerza el cuadro. En el segmento de 25 a 35 años alcanza al 36%, lo que reduce la previsibilidad de ingresos y vuelve casi imposible asumir un contrato de alquiler, pagar servicios y sostener gastos fijos. Sin estabilidad laboral, la emancipación deja de ser una decisión y pasa a ser un riesgo difícil de asumir.

El peso del alquiler es el segundo gran obstáculo. Hoy es el principal vehículo de independencia juvenil, pero su costo creció más rápido que los salarios. Cuando el alquiler absorbe una porción cada vez mayor del ingreso, los incentivos para mudarse se diluyen. El encarecimiento del metro cuadrado y la pérdida de poder adquisitivo operan como una pinza que cierra el acceso a la vivienda.

El tercer factor es educativo. La prolongación de la vida universitaria retrasa la independencia. Entre los jóvenes de 25 a 35 años, quienes siguen estudiando duplican las chances de no emanciparse. Carreras de alta dedicación dificultan combinar estudio con trabajos estables y bien remunerados, lo que posterga el momento de alcanzar ingresos suficientes para vivir solo.

A esto se suma un cambio en los proyectos de vida. La conformación de pareja y familia, uno de los caminos tradicionales hacia la emancipación, se retrasa. Caen los matrimonios, la natalidad y las convivencias estables. En muchos casos, los jóvenes apenas logran pagar un alquiler y descartan la posibilidad de asumir los costos de un hijo o de un hogar propio a largo plazo.

El fenómeno no puede leerse como una cuestión de comodidad individual. La permanencia en el hogar familiar responde, en gran medida, a la ausencia de incentivos materiales para irse. En algunas regiones, además, persisten dinámicas culturales donde conviven varias generaciones como estrategia de sostén frente a salarios bajos y oportunidades laborales limitadas.

Compartir vivienda, una alternativa común en Europa, sigue siendo marginal en Argentina. Apenas alrededor del 5% de los hogares jóvenes adopta esa modalidad. Las diferencias culturales, urbanas y del mercado inmobiliario explican parte de esa distancia, pero también influyen la informalidad contractual y la escasa oferta adaptada a ese tipo de demanda.

El estancamiento del indicador durante diez años confirma que el problema no es transitorio. Aun en períodos de crecimiento económico, la emancipación juvenil no avanzó. El acceso a empleo formal, ingresos suficientes y alquileres compatibles sigue siendo el cuello de botella.

En Santa Fe, el dato por debajo del promedio nacional puede leerse como una ventaja relativa, pero no como una solución. La falta de mejora en el tiempo muestra que la provincia reproduce las mismas limitaciones estructurales que el resto del país.

La imposibilidad de mudarse no es solo un tema habitacional. Impacta en decisiones educativas, laborales y familiares, y condiciona la transición a la vida adulta. Mientras los ingresos no acompañen y el mercado de vivienda siga desalineado de la realidad salarial, la independencia seguirá siendo una meta lejana para una porción significativa de jóvenes.

 

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