Las investigaciones así lo confirman: el calentamiento global, resultado de la quema de combustibles fósiles, está incrementando el riesgo de tener un vuelo agitado, y todo responde al modo en que el calor atmosférico influye en la intensidad y variabilidad de los vientos a diferentes altitudes.
¿Qué tiene que ver eso con las turbulencias? Bueno, cuando la cizalladura —también llamada “cortante del viento”— es muy alta, esas diferencias de velocidad del viento en distintos lugares y altitudes generan perturbaciones atmosféricas, que son como el encrespamiento o la crecida vertiginosa de un río.
“Y eso obviamente implica mayor turbulencia”
La dinámica atmosférica propia de las turbulencias —que el cambio climático está volviendo más frecuente—, implica que no hace falta que un avión atraviese una nube o una tormenta para experimentar violentos cambios en el aire. Cada vez son más los vuelos que experimentan lo que se conoce como “turbulencia en aire claro”.
Los expertos señalan que si bien una fuerte turbulencia en vuelo puede alarmarnos, no es probable que haga que el avión se estrelle.


