El intendente ya no importa tanto porque dejó de liderar la gestión y, como consecuencia directa, tampoco le funcionan las redes. No es un problema de algoritmo ni de formato. Es un error político: muchos jefes comunales intentaron comportarse como influencers cuando lo único que vuelve relevante su palabra es gobernar bien.
La degradación de la autoridad local no empezó en Instagram ni en X. Empezó antes, cuando la conducción de la gestión dejó de ser el núcleo del poder. Las redes sólo hicieron visible ese vacío. Y lo expusieron sin anestesia.
Durante años, la secuencia fue simple y eficaz. Primero la gestión: decisiones, prioridades, resultados, conflictos asumidos. Después la comunicación, como consecuencia lógica y para validar lo hecho. Esa lógica daba densidad. El intendente podía gustar o no, pero tenía algo que mostrar. Hoy, en muchas ciudades, la secuencia se invirtió sin éxito: primero el contenido, luego el gesto, pero sin hechos detrás. El saldo es doblemente negativo: no hay conducción y tampoco hay impacto digital.
Este punto suele pasarse por alto. Cuando el intendente no lidera la gestión, el contenido no funciona. No ordena conversación, no genera adhesión, no construye sentido. Se vuelve repetitivo, irrelevante o directamente objeto de ironía. La política no fracasa en redes por exceso de gestión dura; fracasa por su ausencia.
Gobernar una ciudad exige conducir mecanismos complejos y poco visibles: servicios que no pueden fallar, sistemas que operan en tiempo real, flujos financieros ajustados, decisiones técnicas con impacto inmediato. Cuando esos engranajes no están bajo conducción política clara, la experiencia cotidiana se resiente. Y esa experiencia aparece, inevitablemente, en redes. No como relato oficial, sino como contraste.
Ahí se rompe la fantasía del intendente-influencer. El like no compensa el trámite que no avanza. El video cercano no tapa el servicio que falla. La respuesta simpática no sustituye la resolución. La ciudadanía no compara al intendente con otros creadores de contenido; lo compara con el funcionamiento real de la ciudad. Cuando ese funcionamiento es débil, la comunicación queda desnuda.
Por eso las redes no validan: desmienten. Cada intento de mostrarse cercano sin resultados detrás amplifica el problema. No construye empatía; construye descreimiento. El intendente aparece mucho, pero no pesa. Habla seguido, pero no incide. La exposición sin gestión no suma presencia política: la vacía.
Ahí está el núcleo de la crisis de autoridad. No es estética, no es generacional, no es tecnológica. Es política. El intendente pierde relevancia cuando deja de ejercer liderazgo sobre la gestión y pretende reemplazarlo por visibilidad. En ese intercambio, pierde dos veces: pierde poder real y pierde capacidad de comunicar con eficacia.
La paradoja es evidente. Nunca hubo tantos intendentes produciendo contenido y nunca fue tan bajo el rendimiento político de ese contenido. No porque las redes no sirvan, sino porque sin gestión no hay nada que comunicar. La red no fabrica autoridad. La expone.
Recuperar relevancia depende de comunicar mejor, no de exponerse más. Comunicar mejor implica volver a poner la gestión en el centro, mostrar resultados verificables, explicar decisiones difíciles y asumir conflictos reales. Ahí sí las redes funcionan, porque dejan de actuar como maquillaje y vuelven a ser lo que siempre debieron ser: validación pública de un poder que existe.
Mientras el intendente intente ser influencer en lugar de dirigente que gobierna, no sólo seguirá importando menos. Seguirá comprobando, post a post, que ni siquiera la simpatía digital aparece cuando el poder está vacío.


