El Día Internacional de la Mujer Trabajadora se instituyó a nivel mundial por la Organización de las Naciones Unidas (ONU) en 1975, año que había sido instituido como «de las mujeres» por el organismo internacional. Cuatro años después, en 1979, el organismo emitió la declaración conocida como CEDAW -por sus siglas en inglés- que es nada más ni nada menos que la carta de los derechos humanos de las mujeres. Sí: 31 años después de la Declaración Universal de los Derechos Humanos, una universalidad que no contemplaba las formas específicas de violencia que tienen su raíz en motivos de género.
La elección del 8 de marzo como fecha para recordar a las mujeres trabajadoras remite al feminismo de las llamadas sufragistas, aquellas que peleaban por el voto universal. También, a la lucha de las obreras por mejores condiciones laborales. Ambas reivindicaciones no eran paralelas, se intersectaban en los inicios del siglo XX, en la previa de la Primera Guerra Mundial, de la expansión del socialismo como partido internacional y de los aportes de feministas como Rosa Luxemburgo o Clara Zetkin por el derecho al voto. En nuestro país, ese reclamo tuvo su correlato en la misma época, a través de mujeres como Alicia Moreau o Julieta Lanteri.
Hacia 1909, de conformidad con una declaración del Partido Socialista de Estados Unidos, el 28 de febrero se conmemoró en ese país el primer Día Nacional de la Mujer. Un año después, la Internacional Socialista reunida en Copenhague, proclamó el Día de la Mujer, de carácter internacional como homenaje al movimiento en favor de los derechos de la mujer y para contribuir con la demanda del sufragio femenino universal. La propuesta fue aprobada unánimemente por la conferencia de más de cien mujeres procedentes de 17 países. Sin embargo, no se estableció una fecha fija para la conmemoración.
En 1911, como consecuencia de la decisión adoptada en Copenhague el año anterior, el Día Internacional de la Mujer se conmemoró por primera vez (el 19 de marzo) en Alemania, Austria, Dinamarca y Suiza, con concentraciones a las que asistieron más de un millón de personas. Además del derecho de voto y de ocupar cargos públicos, exigieron el derecho al trabajo, a la formación profesional y a la no discriminación laboral.
Ese mismo año -el 25 de marzo- se incendió la fábrica de camisas Triangle Shirtwaist de Nueva York. Un total de 129 mujeres y 23 hombres murieron. La mayoría eran jóvenes inmigrantes de entre 14 y 23 años. Las trabajadoras y sus compañeros no pudieron escapar porque los patrones habían cerrado todas las puertas de escaleras y de las salidas, una práctica habitual entonces para evitar robos.
Un 8 de marzo, pero de 1857, las obreras textiles de Nueva York habían realizado una huelga por mejores condiciones laborales.
Feminismos sin fronteras
La declaración de la ONU en 1975 no solo implicó que las demandas de los movimientos de mujeres habían escalado a los organismos internacionales. También significó el reconocimiento de sus derechos a través de diferentes mecanismos del derecho internacional, como la ya mencionada CEDAW. El 8 de marzo se extendió a todos los territorios a nivel mundial.
Una de las fotos más icónicas del feminismo argentino posdictadura data precisamente de esa fecha: el 8 de marzo de 1984, en las puertas del Congreso. En esa instantánea pueden rastrearse una genealogía de frases que se escriben en carteles hasta la actualidad. Ese día fue la última vez que la sufragista Alicia Moreau asistió a un acto público, antes de su muerte en 1986.
Con la masificación del movimiento de mujeres, lesbianas, travestis y trans desde Ni Una Menos, las calles se poblaron de nuevas consignas y de pertenencias feministas cada vez más diversas. Los #8M se convirtieron en una fecha convocante para visibilizar el trabajo precarizado y muchas veces no pago y otras formas de violencia que sufren las feminidades en nuestro país y en todo el mundo.


