En la Nº 518, de barrio Toba, en la zona sudeste de la ciudad, sostienen desde el inicio de la pandemia a sus 380 alumnos y familias.
Directivas, profesoras y auxiliares sostienen las actividades pedagógicas, contienen la angustia y entregan ayuda alimentaria.
No importa cómo, hubo que sostener el vínculo y para eso prepararon clases, y más. “Cuando a estos chicos les soltás la mano, los perdés”, dice Julieta Ferreyra con la certeza de quien conoce el escenario que pisa. Es profesora de psicología, filosofía y construcción de ciudadanía en la Escuela Nº 518 Carlos Fuentealba, un establecimiento bilingüe e intercultural que es una de las referencias centrales en el barrio Qom de Rouillión y Aborígenes Argentinos. Ahí los docentes entendieron en las primeras semanas a prueba y error que no habría horario para responder los mensajes porque la única posibilidad de sus alumnos que acceden a un celular es a la tardecita cuando sus padres están en casa, o incluso los sábados desde el playón del barrio donde hay el wifi. Entendieron que no podría haber ni largos videos ni archivos pesados en los trabajos porque los estudiantes apenas si acceden a dispositivos con tarjeta y se quedan sin crédito, y que así y todo, apenas un 35% responderían y para el resto no habría otra virtualidad que el papel impreso. Y cuando la pandemia bloqueó la posibilidad de trabajo, en muchos casos el cirujeo, tomaron nota de que era hora de sumar a la asistencia alimentaria del Estado que no alcanzaba y armaron “bolsones solidarios”. La última vez entregaron 50. “Hay 80 chicos en lista espera”, sumó Sol Froia, secretaria de la escuela.
El edificio que está en el límite suroeste de la ciudad aloja a 380 chicos que desde el día cero del aislamiento pasaron a buscar a diario su ración de comida, un sándwich las más de las veces, hasta que eso se convirtió en módulos alimentarios que llegaban de la provincia para toda la familia. “Ese fue el contacto que mantuvimos siempre, sobre cuando todo estaba por verse y organizarse”, señaló la directora Marcela Hasin y admitió que en ese momento nadie imaginó la escuela sin chicos por más de siete meses.
Con cuatro comisiones de 1º año a las que muchos profesores no vieron siquiera una vez este año, tres de 2º año, dos de 3º, una de 4º y una de 5º año, la presencialidad que no volvía obligó a repensar los contenidos de las 11 materias en una virtualidad que apenas sostienen el 35 por ciento de los chicos con teléfonos celulares.
“Nosotros tenemos el privilegio que en nuestras casas haya más de un teléfono, con abono y la mayoría con internet”, admite la vicedirectora, Fabiana Cohen, y señala la brecha que hay en las casas de sus alumnos: apenas un teléfono por familia que en la mayoría de los casos es la única herramienta para varios chicos del hogar, y que están disponibles cuando los padres vuelven a la vivienda de sus trabajos. A eso se suma que las empresas de internet no llegan hasta el barrio y la mayoría de ellos no cuentan siquiera con abono sino con tarjeta.
Eso obligó no solo a responder mensajes hasta entrada la noche, e incluso los fines de semana cuando los alumnos se trasladaban al playón deportivo del barrio donde hay wifi libre. “No se podían pensar contenidos con videos ni PDF porque sabíamos que no los podían descargar, nos dimos cuenta que sólo podíamos trabajar a través de fotos y resumiendo textos”, explicó Ferreyra.
Así y todo no llegaban a todos. Entonces imprimieron materiales hasta que llegaron cuadernillos del Ministerio de Educación. “Hacemos un seguimiento, uno por uno, llamando y mirando quién se lo llevó, quién no y a quién le falta entregar”, contaron.
Sostener la red
Contener la ansiedad de los padres, las preguntas de los chicos y de las familias por sus maestros cada vez que retiran la comida fue parte del trabajo. Y ahí está Ivone, una de las auxiliares, brasileña arraigada a la ciudad “desde hace mucho mucho tiempo” a través de su matrimonio con un rosarino.
“Los chicos vienen y preguntan por sus maestros, ellos son la referencia siempre”, explica la mujer, una de las apenas dos porteras que tiene la escuela para los 380 chicos y que ya se pregunta si entre ambas podrán sostener los protocolos de higiene que serán necesarios para volver al aula.
Trabajan con otros organismos del barrio para insistir en los cuidados por la pandemia, y con el centro de salud y el maestro de lengua qom Angel Ferreyra, que armó videos cortos para llevar los cuidados a toda la comunidad. En septiembre los docentes protagonizaron otro para motivar a los alumnos para el Día del Estudiante y hasta hubo celebración del virtual del 11 de octubre, “El último día de la libertad”.
“Todo es prueba y error”, dicen incluso muchas veces con “la sensación de hacer poco”. Y Ferreyra insiste: “Es que acá cuando a estos chicos les soltás la mano, los perdés. Y es inevitables pensar qué es lo hace si no está en contacto con la escuela”.
La urgencia del alimento
Que muchos de los alumnos trabajan o empezaron a trabajar para ayudar a la familia era una realidad que preexistía al Covid, pero se profundizó. Al igual que la necesidad de ayuda en muchas casas. Sin embargo, fue un mensaje que Sol, la secretaria, recibió un viernes de junio, a las diez de la noche, el que las sacudió.
“«Seño, le quiero avisar que esta semana no pude hacer nada, estoy sin trabajo y en mi casa no hay para comer», me escribió. Sabíamos que el bolsón de la provincia no alcanzaba, pero eso nos conmovió”, contó. Lejos de quedarse de manos cruzadas, desde entonces arman lo que llaman “bolsones solidarios” para las familias en situaciones más complejas.
Primero en colectas entre los 60 docentes del plantel que permitieron entregar una decena de cajas con mercadería en las primeras dos semanas, después sumaron donaciones y rifas, ahora están entregando 50, y hay 80 familias en lista de espera.



