La historia se volvió viral por su crudeza: un grupo de egresados se enteró horas antes de la fiesta de que gran parte de lo recaudado durante el año no estaba. Pasó en Eldorado, Misiones, con estudiantes de la Escuela Provincial de Comercio N.º 19. La mujer señalada como responsable de administrar el dinero quedó en el centro de la denuncia y de una búsqueda policial, mientras el curso intentaba salvar, a contrarreloj, una noche que para muchos es irrepetible.
En la reconstrucción que hicieron las familias, el problema no fue solo la desaparición del fondo común. Fue la secuencia: proveedores sin cobrar, servicios clave sin contratar y una situación que se destapó cuando los padres fueron al salón y confirmaron que apenas se había pagado una seña. Algunas versiones agregaron que la acusada habría reconocido un problema de ludopatía; otras plantean que presentó asistencia letrada y buscó evitar una detención inmediata. En cualquier caso, el conflicto ya estaba consumado.
Lo más interesante, para una provincia como Santa Fe en pleno cierre de año, es lo que la escena deja a la vista sin nombrarlo. La fiesta de egresados se transformó, en muchas escuelas, en una microeconomía: rifas, ventas, cuotas, billeteras virtuales, acuerdos con salones y proveedores. Montos grandes, expectativas altas, y un circuito de decisiones donde, muchas veces, una sola persona queda a cargo por practicidad, por confianza o por agotamiento del resto.
Ese mecanismo funciona… hasta que deja de funcionar. Y cuando falla, no solo cae una organización: cae un pacto. La bronca no es únicamente por la plata. Es por la sensación de haber delegado en alguien “de los nuestros” sin herramientas mínimas de control, como si la transparencia fuera un rasgo moral y no un sistema.
La reacción también explica por qué el caso pegó tanto. El curso finalmente tuvo su fiesta porque hubo renegociación de urgencia y nuevos pagos para sostener el evento. La escena invierte la lógica: el esfuerzo de un año se vuelve a pagar, en parte, en cuestión de horas. Ahí es donde el episodio deja de ser anécdota misionera y se vuelve espejo nacional, con traducción directa a Santa Fe: cuando la vida social se financia con fondos comunes, la confianza no alcanza. Hace falta método.
No es una discusión para arruinar celebraciones, sino para evitar que la próxima termine igual. Doble firma, cuentas separadas, comprobantes compartidos, pagos escalonados con validación colectiva. Lo básico, sin épica. Porque si el único control es “yo te creo”, el daño no llega con la estafa: llega cuando la comunidad descubre que no tenía red.

