Rosario, la violencia a la vista

La escena ocurrió a media tarde, cuando el microcentro todavía está lleno y nadie espera sorpresas. En la plaza Sarmiento, dos mujeres comenzaron una discusión que, en pocos minutos, se volvió física y terminó con una de ellas herida con un arma blanca. No hubo robo ni un ataque planificado. Hubo algo más difícil de clasificar: una violencia expuesta, sin resguardo, en el corazón de la ciudad.

El episodio se desarrolló frente a peatones, comerciantes y transeúntes ocasionales que intentaron, primero, intervenir. Cuando apareció el cuchillo, el impulso cambió. La gente se corrió. La plaza quedó suspendida en una tensión breve y cruda, como si el espacio público hubiera dejado de ofrecer protección.

Según testigos, la pelea comenzó con gritos y empujones. Una tercera mujer alentaba desde un costado. El conflicto escaló rápido. “Cuando vimos que una estaba armada, nadie se quiso meter”, relató un comerciante de la zona. No fue miedo abstracto: fue cálculo inmediato.

Efectivos de la Policía Motorizada llegaron mientras la agresión continuaba. Al advertir la presencia policial, una de las mujeres arrojó el cuchillo al suelo. El arma quedó a la vista. La herida, debajo de la axila, resultó superficial. La víctima —una mujer de unos 30 años— fue asistida dentro de una ambulancia del Sies y se encontraba fuera de peligro.

La agresora fue aprehendida en el lugar. El procedimiento siguió el manual: secuestro del arma, traslado, denuncia. En términos judiciales, el hecho no se extendió más allá de lo esperado. En términos urbanos, dejó otra marca.

No fue un caso de “inseguridad” en el sentido clásico. Nadie fue elegido al azar. No hubo un delito previo. Y, sin embargo, el impacto fue el mismo: una sensación de vulnerabilidad compartida. La violencia no apareció en un pasillo oscuro ni de madrugada. Apareció en una plaza céntrica, a plena luz, en una ciudad que ya no distingue con claridad dónde termina el conflicto privado y dónde empieza el riesgo público.

Rosario carga con esa ambigüedad. Cada episodio aislado se suma a un clima más amplio, donde la agresión se volvió visible y frecuente, incluso cuando no responde a las categorías habituales del delito. Lo que inquieta no es solo el hecho, sino el escenario: que ocurra en el centro, frente a todos, sin mediaciones.

Minutos después, la plaza recuperó su ritmo. Gente caminando, persianas que se levantan, conversaciones que continúan. La escena se diluyó rápido. Pero la pregunta quedó flotando: cuánta violencia puede volverse cotidiana antes de que la ciudad empiece a naturalizarla.

 

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